Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 8 – Latrocinio vs. turisteo 69
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Capítulo 8 – Latrocinio vs. turisteo 69

El bar de Juaqui llevaba abierto desde antes de que amaneciera.

Era uno de esos sitios que se empecinan en ser auténticos.

Uno de esos lugares que se centra en lo que hace, no en lo que vende.

Un local que no ha cambiado porque no le ha dado la gana.

Un bache viejo incrustado en lo más sincero de Nueva Gades, donde siempre acababa cayendo alguien que necesitaba café, pan, aceite, compañía o mala leche ajena.

Las mesas eran antiguas, de base de hierro forjado y mármol blanco ya veteado de café y años.

El suelo, de baldosas desportilladas, parecía haber vivido tres guerras, dos inundaciones y medio maremoto sin inmutarse demasiado.

En las paredes, entre azulejos desconchados y un espejo con una grieta vertical, colgaban carteles de películas de otros tiempos, con nombres que ya nadie recordaba.

Brais estaba sentado junto a la ventana, desayunando a las doce y media como si el reloj fuese una imposición que no iba con él.

Tenía delante un plato con pan tostado, tomate restregado sin demasiada convicción, aceite y un café americano ya medio frío.

Iba vestido de negro, como casi siempre, aunque sin la chupa.

Lo de la chupa seguía escociéndole por dentro.

Juaqui, que secaba vasos con un trapo gris y tenía la mala costumbre de hablar como si estuviera regañando al mundo entero, lo miró desde la barra.

—¿Tú vas a almorzar a las seis de la tarde como los guiris o qué, picha? —le espetó con su voz de lija.

Brais levantó la vista cuando terminó de masticar.

—Ya te he pagado, así que déjame desayunar tranquilo, Juaqui.

—Es que me preocupas. Luego te me desmayas aquí y tengo que llamar a la policía.

—Yo soy policía. Nacional para más señas.

—Aro, pero en verano quedáis muy pocos. Voy a tener que llamar a los locales.

—Pues llámalos a ellos, que les gusta mucho venir a poner multas.

—No veas cómo viene hoy el inspector jefe.

—Me voy a atragantar por tu culpa, cojones. Tus muertos —gruñó Brais mientras trataba de engullir un trozo de pan.

Juaqui soltó una risotada corta, nasal, de esas que parecían un escupitajo con buen fondo.

—Muertos no. Los vivos, que son más pesados.

Brais fue a darle otro bocado al pan y justo entonces sonó el teléfono. Miró la pantalla y torció la boca.

—¿Qué quieres, Perico? —contestó con casi media tostada dentro de la boca.

—Buenos días para ti también —dijo Perico al otro lado—. Hay un nuevo robo. Y otra denuncia.

Brais cerró los ojos un segundo.

—Ni un rato de tranquilidad —se quejó con más amargura que el café que tenía delante.

—Esto no para. Han llamado cabreados de otro piso turístico.

—Claro. Otro más. Maravilloso.

—¿Vienes o qué?

—Sí, sí. Déjame vivir treinta segundos y voy.

Colgó. Miró lo que quedaba de tostada. Miró el café. Juaqui lo observaba desde la barra con esa curiosidad agresiva que tienen los camareros de barrio que conocen a sus clientes mejor que sus madres.

—¿Otro marrón? —preguntó.

—Marrón oscuro, casi negro.

Fue a llevarse la tostada a la boca y volvió a sonar el teléfono. Esta vez ni miró. Contestó mascando.

—¿Qué pasa ahora?

—Señor inspector jefe —dijo la acelerada voz del poeta—. Me he incorporado ya. Hay un nuevo robo.

Brais dejó el pan en el plato con un golpe seco.

—¿Tú me llamas para decirme lo que me acaba de decir Perico hace veinte segundos?

—Bueno… quería que viera que ya estoy aquí y que…

—Pásaselo a Vane —lo cortó Brais—. Que vaya juntando información.

—Vanesa no está aquí, creo que…

Pero Brais ya había colgado. Cogió la taza. El café estaba frío, amargo y con ese sabor a tubo metálico que tienen algunos bares cuando el día ya ha corrido demasiado para la cafetera. Pese a todo, dio un sorbo. Y el teléfono volvió a sonar. Se puso el teléfono en la oreja de una sentada.

—Me cago en mi cama —refunfuñó a voz en grito con el gesto ya torcido—. ¿Qué quieres ahora?

—¿Cómo dice? —respondió una voz seca, conocida, desagradablemente jerárquica.

Brais se atragantó con el café.

—No… nada —le contestó a Agustín, el comisario de distrito—. Buenos días, comisario.

Juaqui, desde la barra, levantó las cejas con deleite.

—A ver, Brais, ¿qué pasa con la ola de robos? —preguntó Agustín directo.

Brais miró al plato, al café, al techo. Algo mareado, terminó por contestar.

—En resumen. Por lo que estamos viendo, deben ser profesionales. Nadie ve nada, no dejan rastros, es todo muy metódico, muy limpio. Ni siquiera la Científica ha encontrado nada en los dos pisos turísticos a los que ha ido. Ni huellas, ni fibras, ni entradas forzadas, ni una mierda.

—Ajá.

—Así que, si quieres mi opinión, esto no lo está haciendo un cualquiera con una ganzúa del chino.

Hubo un pequeño silencio que Brais decidió aprovechar.

—¿Y a quién le vas a ceder el caso, Agus? Porque no damos abasto.

—Déjate de mierdas, Brais —dijo Agustín de golpe—. Y ponte con los robos. Es prioritario.

Brais apartó el plato como si de pronto le diera asco.

—¿Qué? —protestó—. ¿Qué político te ha dicho eso? ¿Y el asesinato de la chica? —preguntó, ya con el in crescendo —. ¿Qué hago con eso? ¿Lo meto en una carpeta y lo guardo en el congelador?

—Primero, las preguntas las hago yo —advirtió el comisario—. Y segundo, no eres el único de la comisaría.

Aquello le tocó la fibra a Brais, que se incorporó en la silla y casi tira el café.

—¿Cómo que no soy el único? Si aquí no queda ni Dios, Agustín. Está todo el mundo entre vacaciones, bajas y jubilaciones. ¿Cuándo van a reponer personal? ¿En Navidad?

Al otro lado de la línea, el comisario se quedó callado. Y ese silencio le dio alas a Brais, que era precisamente lo peor que podía pasar.

—Estamos Perico y yo, aunque se va esta semana de vacaciones.

Garrido ya se ha pirado. Después está Vanesa, que está en prácticas.

Y el agente García, que ha vuelto antes de tiempo para echar un cable.

No se incorpora nadie. Nadie. Voy a tener que meter a la agente en prácticas a ayudarme con los robos porque no hay otra cosa.

Y, para colmo, es de lo mejorcito que tenemos ahora mismo por allí, así que ya me dirá.

Volvió el silencio. Esta vez más largo. Brais hasta se relajó un poco. Pensó que quizá, solo quizá, el comisario iba a darle la razón o, por lo menos, a fingir que la tenía.

—Lo entiendo —dijo Agustín por fin.

Brais se apoyó en el respaldo y parpadeó.

—¿Cómo? —preguntó Brais echando la cabeza hacia atrás y abriendo los ojos mucho.

—Que lo entiendo perfectamente. Falta gente y es necesario sacar el trabajo. Me ocuparé de ello.

Brais abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. No sabía qué decir. El comisario colgó y Brais se quedó mirando el móvil alelado.

—Me cago en la puta cama de los políticos, de los jefes, del turismo y de la globalización mundial.

Juaqui dejó un vaso sobre la barra con un golpe seco.

—Te has dejado a los toreros, que esos también dan por culo bastante.

Brais levantó la vista.

—No me calientes, Juaqui.

—Tú vienes ya calentito de serie, picha —culminó mientras pasaba el paño a unos vasos recién lavados.

- o -

Brais salió del bar intranquilo. La mañana ya se había convertido en mediodía y Nueva Gades iba a su ritmo de julio: persianas a medio bajar, turistas colorados, señoras con carro buscando sombra y el mar ahí al fondo como si todo aquello no fuera con él.

Iba andando hacia la comisaría cuando Perico volvió a llamarlo.

—¿Qué quieres? —respondió, todavía con ese tono agrio de quien viene de discutir con un superior.

—Aguanta el genio, picha —dijo Perico—. Te llamo porque ha llegado el informe de la Científica.

—Espérate. Estoy ya casi ahí.

—Venga, cojones.

Colgaron. Y, por primera vez desde que había salido del bar, Brais notó que la cabeza empezaba a reordenarse sola. Robos. Científica. María. Lozano. Félix. El comisario tocando los cojones. Todo a la vez. Todo mezclado.

Cuando entró en la comisaría, Perico ya lo estaba esperando con el informe en la mano.

—¿Lo leemos juntos? —preguntó.

—Sí.

Se metieron hacia la zona de las mesas. El poeta estaba sentado en la suya, muy recto, demasiado atento a todo lo que pasaba para no ser sospechoso de novato voluntarioso.

Y justo cuando Brais iba a coger el informe, sonó su teléfono. Miró la pantalla, resopló y contestó sin parar de andar.

—¿Y tú por qué coño no me hablas en persona, si te estoy viendo en tu mesa?

El poeta se levantó al instante y se acercó con el teléfono ya en la mano.

—No es para mí, inspector. Es una persona a la que han robado.

—¿Y por qué no se lo pasas a Vanesa?

—Acabó su turno.

Brais cogió el teléfono. Suspiró antes de hablar, como para coger fuerzas.

—Sí.

La voz al otro lado sonó alterada, con ese acento andaluz afilado de quien mezcla indignación con miedo.

Era la dueña de un piso turístico de Airbnb.

O de “unos apartamentos boutique”, como los llamó ella con una solemnidad que a Brais le repelió.

En dos minutos confirmó que el modus operandi era el mismo de los otros robos.

Nada forzado. Nada roto. Nada visible hasta que faltaban cosas.

—Voy a mandar una patrulla —dijo por inercia.

Perico, que estaba escuchando, negó con la cabeza.

—Están todas ocupadas —dijo el subinspector Vélez—. Las pocas que tenemos, claro. Hay un evento en el Ayuntamiento.

Brais lo miró con odio administrativo.

—Pues vamos nosotros.

Colgó. Perico frunció el ceño.

—¿Nosotros a dónde?

Brais levantó el informe de la Científica y empezó a ondearlo.

—Nos llevamos esto puesto.

—¿El qué?

—El informe.

—¿Y a dónde vamos?

Brais dobló el informe, sacó su libreta, la abrió y señaló un par de direcciones. Las que había apuntado momentos antes y que eran los epicentros de los dos últimos robos denunciados.

—Ahí vamos.

- o -

Salieron del Dacia Logan de Brais quince minutos después. El coche había hecho el trayecto protestando en cada giro y en cada cambio de marcha, como si también él estuviera harto del verano y de todo lo demás.