Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 7 – Puñalada de pícaro 56 #3
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Capítulo 7 – Puñalada de pícaro 56 #3

—Entiendo. —Brais hizo una pausa larga—. Pero menuda casualidad que la encontrase muerta, ¿verdad?

—Deje explicar a mi cliente —saltó el abogado.

—Esto no es un juicio, pero adelante —dijo Brais, sin moverse.

Félix siguió:

—Le aseguro que nos quedamos de piedra cuando la vimos ahí tirada al entrar.

—¿Lozano también la conocía?

—Sí.

—¿Él también contrataba sus servicios?

Félix hizo una mueca.

—No lo sé. Yo no le pregunto a la gente con quién…

—No sea mojigato, señor Róvalo —le espetó Brais con crudeza.

Félix se molestó de verdad.

—Entiendo que es posible. Lo que sí puedo asegurar es que fue él quien me la recomendó. Él conoce muchas chicas.

La sala se quedó en silencio.

—De hecho, me dijo que esta chica… —siguió Róvalo.

—María. María Gualpa —cortó Brais—. No tenga miedo de verbalizar.

—María, sí. Era amiga de una que le gustaba mucho a Lozano. Así que…

Dejó la frase colgando.

—Me dijo: “he dado con una morocha guapísima”.

Brais hizo una mueca.

—Él sabe de sus gustos, ¿no?

Félix le devolvió una mirada malísima.

—¿Dónde la conoció? —retomó Brais, que no quería desviarse ni un milímetro de su objetivo.

—Quedé con ella en un pisito que tengo libre.

—¿Una vez?

Félix guardó silencio otra vez. Su abogado también estaba incómodo ya, aunque intentaba disimularlo.

—Esto… Más.

Brais movió la mano para empujar al interrogado a concretar su respuesta.

—No sé… tres o cuatro veces. Quizá cinco.

—Comprendo. ¿Cómo se ponía en contacto con ella?

—Por teléfono. Supongo que habrán comprobado mi número y por eso…

Brais sonrió con retintín.

—Claro, claro. Supone. No que se lo ha adelantado su otro abogado aprovechando que el estibador Lozano trabaja para usted.

—Eso lo dice usted —saltó el abogado, ya de mal talante.

—Claro que lo digo yo, pedazo de…

—¿Pedazo de?

Brais miró alrededor, cogió un folio en blanco y lo levantó.

—… folio. Este que tengo aquí para apuntar. —Dejó el papel en la mesa con una beatitud falsa—. Bueno, señor Róvalo. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo relaciones con María Gualpa?

Félix miró a su abogado. El abogado abrió las manos, como dando a entender que ya estaba en el barro hasta las rodillas.

—Hace unos días.

—¿El domingo quizá?

—No, no. El domingo yo tuve…

—¿Qué tuvo?

—Estuve con los compradores de la conservera. Primero de reunión y luego fuimos a cenar y a tomar copas. Es lo que se estila en acuerdos de este tipo.

—Ya, ya. ¿Y?

Félix tragó saliva.

—Estuve con otra chica. Nos fuimos de noche a un club.

—A un puticlub, querrá decir.

—Llámelo como quiera.

Brais empezó a contar con los dedos.

—Mancebía. Lupanar. Burdel. Casa de lenocinio. Prostíbulo.

Félix se puso rojo.

—Señor Róvalo, no se acalore —añadió Brais—. ¿Podremos corroborarlo?

—Los compradores estaban allí —dijo Félix, con media sonrisa de suficiencia.

Brais abrió mucho los ojos.

—Menudo hijo de…

—¿De nuevo insultando? —saltó el abogado—. Daré parte.

—…la luna —canturreó Brais—. Me encanta Mecano. ¿Pasa algo?

Luego se inclinó otra vez hacia Félix.

—Bueno. ¿Y Lozano dónde conoció a María?

—No lo sé. Eso debe preguntárselo a él.

—¿No lo sabe?

El abogado respondió por él.

—Como ya ha dicho mi cliente, eso deberían preguntárselo al propio Lozano. Seguro que su versión coincide con la de mi cliente.

—Claro, claro… hijo de la luna —repitió Brais, casi para sí.

El abogado, harto de no sacar nada mejor, tiró la pregunta que le interesaba.

—¿Va a liberar a mi cliente entonces?

Brais abrió la boca, sonrió y respondió:

—Y una… —frenó otra vez más sus ansias de hablar demasiado claro— digo, por supuestito que no. Antes tendremos que comprobar las versiones, aunque coincidan, tal y como usted, gran leguleyo, adelanta.

Se levantó cansinamente.

—Esperen aquí hasta que vengan a llevarlo al calabozo, señor Róvalo.

Y dejó al abogado con la palabra en la boca.

Cuando salió, Perico ya estaba fuera esperándolo.

—¿Algo que no supiéramos? —preguntó Brais.

Perico se rascó la barbilla.

—Que Lozano conocía a otra chica sudamericana que se dedicaba a lo mismo. Y a través de ella conoció a María. Que se la presentó a su jefe. Que con ella no tuvo relaciones. Y que, si hay llamadas en los últimos tiempos, que las habrá, es porque él hacía de contacto a su jefe.

Brais asintió despacio.

—¿Algo más?

—Dijo una cosa rara. Que los jefes ricos tienen eso… que siempre le dicen lo que no se puede tocar. Lo dijo con disgusto. Brais se tocó el mentón.

—No veo yo al estibador sin tocar la mercancía.

—Yo tampoco.

—Usaremos eso. Entre la espada, es decir, su jefe. Y la pared, o sea nosotros.

Perico lo miró.

—¿Y bien?

Brais tardó un segundo en reaccionar.

—¿Y bien qué?

—Qué más quieres saber.

Brais soltó una exhalación cansada.

—Perdona. Sigo en modo combate. Pensaba que estaba en el interrogatorio todavía. ¿Te ha dicho dónde conoció a María?

—Sí.

—Escupe, cojones.

—En la cara te voy a escupir yo. —Perico sonrió—. Dice que la conoció en una web de citas.

Brais hizo una mueca.

—Vaya. Eso es nuevo.

—Qué anticuado eres.

—¿Acaso tú las usas, guarrón?

Perico levantó las manos.

—Noooo. Yo esas cosas no las he usado nunca ni las volveré a usar…

Y, por primera vez en muchas horas, los dos se quedaron un instante medio riéndose, medio muertos de sueño, en ese punto raro en que una investigación empieza a abrirse por donde nadie esperaba y todavía no sabes si eso es una bendición o una condena.