Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 7 – Puñalada de pícaro 56 #2
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Capítulo 7 – Puñalada de pícaro 56 #2

—Muy bien. ¿Quieres cambiar algo más de lo que dijiste? Por ejemplo… que llegaste un minuto antes a la escena del crimen. Que no habías abierto la puerta de la conservera antes de que llegara el consignatario. Que no conocías a la mujer.

Lozano esquivó la pregunta entera con una maniobra torpe.

—Todo eso es verdad. Pregúntenselo a mi compañero de la estiba.

Brais soltó una exhalación por la nariz, casi una risa.

—Claro, claro. A tu compañero.

No esperó respuesta. Metió la mano en una carpeta gris que tenían sobre la mesa y sacó varios folios grapados. Los dejó delante de Lozano y les dio un golpecito con la yema de los dedos.

—Mira esto.

Lozano bajó la vista. Era un listado de llamadas. Entrantes, salientes, horas, duración, números. Su expresión cambió al segundo. No sabía lo que era todavía, pero supo que era malo.

—¿Sabes de quién es este teléfono? —preguntó Brais.

Sus ojos seguían enfocados en los papeles. No contestó.

—De María Gualpa Cedeño —afirmó con rotundidad el inspector jefe.

Ahí el estibador levantó la mirada. Se había quedado congelado.

Perico, que no apartaba la vista de él, vio cómo se le vaciaba la cara. No fue dramático. Fue peor. Fue como si por un momento se apagara.

—No sabías que lo habíamos mirado, ¿eh? —dijo Brais con voz casi suave—. Ni que habíamos descubierto las llamadas tuyas en el móvil de María.

Lozano abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. No le salía nada. Luego tragó saliva y miró hacia la cámara, hacia Vanesa, hacia ningún sitio. Al final, lo único que acertó a decir fue:

—Ahora sí quiero un abogado.

Brais y Perico se miraron. Había algo casi infantil en aquella reacción. Algo de niño que, cuando le descubren la mentira, pide a un adulto.

—Muy bien —dijo Perico—. ¿Cuál?

Y entonces vino lo inesperado. Lozano, que parecía a punto de hundirse del todo, sonrió. Una sonrisa pequeña, sin ganas, pero sonrisa al fin y al cabo.

—Quiero al mismo abogado de mi jefe. Debe estar ahí fuera esperando.

Brais abrió mucho los ojos. Perico también. Durante un segundo, los dos se quedaron literalmente sin palabras. Brais apretó la mandíbula. Miró a Lozano como si estuviera intentando decidir si el otro era muy listo o él había sido muy tonto.

—¿Nos la has jugado? —dijo, en voz baja, casi para sí.

Lozano bajó la vista al suelo. Y eso fue toda la respuesta.

Perico se levantó, fue a la puerta y la abrió. Allí estaba el abogado. De pie, bien vestido, con la misma sonrisa pícara de quien sabe algo que el otro todavía está terminando de entender.

—Han vuelto a caer en la misma irregularidad —dijo al entrar, como quien saluda comentando el tiempo.

Perico lo miró con ganas de estamparle la puerta en la cara.

—Ha hablado por voluntad propia —gruñó el subinspector—.

—Eso ya lo valorará quien deba valorarlo —respondió el letrado—. Y ahora quiero hablar con el señor Lozano a solas.

Brais se puso en pie tan despacio que daba más miedo que si hubiera pegado un salto. Pero no dijo nada. Él y Perico salieron al pasillo. En cuanto la puerta se cerró, Brais soltó entre dientes:

—Nos la han jugado como si fuéramos gilipollas.

Perico se pasó una mano por la barbilla.

—¿Por qué?

—Porque el consignatario, Lozano y ese hijo de puta son muy listos. Y porque han venido con la lección mejor estudiada que nosotros. En ese momento la puerta volvió a abrirse. El abogado sacó solo la cabeza.

—Por cierto —dijo—, el señor Róvalo va a presentarse en breve voluntariamente. Para que quede constancia. Veo que la videocámara sigue grabando —finalizó con un gesto de condescendencia.

Perico alzó la barbilla.

—¿Lo va a representar usted también?

—No —dijo el abogado con una rotundidad casi ofendida—. No quiero que haya dudas de nada en una posible investigación. Al señor Róvalo lo va a asistir otro letrado.

Y justo entonces, como si la mañana se hubiera coreografiado en un despacho con persianas bajadas, Félix Róvalo, el dueño de la consignataria, apareció por el pasillo acompañado de un agente uniformado y otro abogado de punta en blanco.

Más joven que el otro, más tieso, más de corbata bien anudada y cara de haberse tragado el palo de una escoba.

El primer abogado, el del estibador, sonrió un poco más.

—Entonces —preguntó el letrado—, ¿qué van a hacer? ¿Interrogar primero correctamente a Lozano o, por el contrario, al señor Róvalo, que se ha presentado por voluntad propia?

La presión del momento, más que el volumen de gente en el pasillo, era lo que llenaba el aire.

Dos abogados, dos sospechosos, Perico mirándolo con preocupación, un agente uniformado esperando instrucciones y la sensación clarísima de que, si daba un paso en falso, aquellos dos iban a echarse encima como notarios del fin del mundo.

Brais se quedó quieto. Evaluó el escenario un momento y entonces dijo:

—A la vez.

Perico lo miró.

—¿Qué?

Brais le agarró del brazo y se lo llevó dos metros aparte, lo justo para que los otros no los oyeran bien.

—Tú interroga a Lozano —dijo en voz baja—. Yo me quedo con el consignatario.

Perico asintió enseguida.

—Vale.

—No le regales nada.

Brais lo soltó y volvió con los otros. Los dos abogados estaban cuchicheando entre sí, muy juntos, con la discreción indecente de quien sabe que no le van a poder demostrar nada.

—Ya está bien —cortó Brais—. No se pasen información.

El abogado del consignatario respondió con una solemnidad ridícula.

—Eso es una falacia.

Brais lo miró. Se le veía en la cara el esfuerzo por no explotar. Tenía la mandíbula dura y el color subiéndole al cuello.

—Ti… tira padentro con tu-tu defendido a la sala de interrogatorios, anda —dijo al fin, tartamudeando levemente del cabreo—. Perico, ve tú a la sala pequeña, porfa.

Luego se volvió hacia Félix y su abogado, y los acompañó personalmente.

Antes de entrar en la sala, a la vista de otros policías y sin perder la oportunidad de humillar un poco al picapleitos, le leyó los derechos al consignatario con esa dicción suya demasiado clara cuando quería tocar las narices.

—Queda usted detenido…

Terminó la lectura y miró al abogado.

—¿Están bien leídos? No vaya usted a pedir un habeas corpus o a alegar una cuestión formal para que su cliente salga por la cara.

El letrado apretó los labios y Brais prosiguió.

—Y le digo también que, justo ahora, al mismo tiempo, vamos a interrogar a su trabajador, el señor Lozano. Pero eso ya lo sabe usted. Ya le habrá avisado su colega, ¿verdad? Y ya sabrá por qué está aquí. Porque está claro que todo esto es una estratagema de bajo calado moral y muy poca vergüenza.

El abogado adoptó una indignación de teatro.

—Eso no es así. Lo que ocurre es que mi cliente quiere modificar parte de la información que facilitó ayer. Existe una laguna en lo que manifestó.

Brais lo miró de lado.

—¿Qué laguna?

—Que sí conocía a la mujer fallecida.

Brais sonrió, pero fue una sonrisa mala.

—Perdone. Eso es incorrecto.

El abogado se giró hacia él.

—¿Cómo que incorrecto? Eso será un juez quien…

Brais levantó la palma de la mano, casi poniéndosela en la cara.

—Fallecida, no. Asesinada. —Se inclinó apenas hacia delante—. Es verdad que será un juez o jueza quien termine de dirimirlo, pero, en base a lo que tenemos, todo apunta a que fue un asesinato.

El abogado tragó la molestia.

—Lo que usted diga.

—No. Lo que dicen las pruebas, señor letrado. —Brais se acomodó en la silla—. Por cierto, le debo felicitar.

Eso descolocó al abogado. También a Félix.

—¿Disculpe?

—Sí, hombre. Es un buen subterfugio eso de que su defendido viene a modificar su declaración por una laguna de información. Muy bonito —se rió falsamente—. Todo para ocultar que nos mintió a la cara.

El abogado intentó meter baza, pero Brais repitió el gesto de la palma abierta, acompañado de un ruidito de negación con la boca, como si estuviera mandando callar a un perro pequeño.

—No, no, no. De hecho, usted y su colega han usado al estibador para obtener información y quedar bien, como que su cliente no quiere ocultar nada.

El abogado abrió las manos, tratando de parecer ofendido.

—El único interés de mi cliente es colaborar con la justicia para que se atrape al culpable o culpables de la muerte de esa desafortunada chica.

Brais ni lo miró. Tenía los ojos clavados en Félix con el mismo interés helado con el que uno mira una cucaracha patas arriba.

—Vale —obvió al abogado—. ¿Y de qué conocía usted, señor Róvalo, a María Gualpa Cedeño?

Félix se humedeció los labios.

—Ante todo, yo no he matado a esa chica. Yo no he matado nunca a nadie.

—Buena apreciación esa última —dijo Brais—. Pero está claro que teme algo, porque si no, no habría orquestado entre usted y su otro abogado este teatrillo para adelantarse información.

—No sé de qué habla —dijo Félix, negando. El abogado negó también, como por contagio—. Pero le repito que yo no he matado…

—Que sí, pero ¿de qué conocía a María? —Brais bajó la vista a los papeles y volvió a subirla esperando una respuesta.

—Esa chica es, era, prostituta.

Félix cerró la boca un segundo tras soltar aquello. Brais se limitó a mirarlo, sin decir nada, sin cambiar su expresión, sin juzgar, lo que se le hacía tremendamente difícil en aquellas circunstancias.

—Pues eso —terminó por decir el consignatario visiblemente incómodo.

—Continúe.

—No me gustaría que esto saliese a la luz.

Brais resopló, ya sin mucha paciencia.

—A ver, señor Róvalo —dijo dirigiéndose al abogado—, ¿qué espera? ¿Que le firme con sangre un papel comprometiéndome a que de aquí no va a salir nada? Hable de una vez. Esto es un interrogatorio policial.

—Ya, ya, pero yo…

—Pero nada. Soy funcionario público y no facilito información para vengarme de nadie. El único que puede declarar secreto algo es el juez y yo no lo soy. Así que siga de una puñetera vez, joder.

El abogado intentó intervenir.

—Señor Róvalo, voy a solicitar…

Pero Félix le puso la mano en el brazo.

—No, Arturo. Deja que responda.

Y entonces miró a Brais con una mezcla de vergüenza y cálculo.

—Yo estuve con María algunas veces. Era una chica agradable. Muy simpática. Yo nunca… ya sabe.