Capítulo 7 – Puñalada de pícaro 56
La detención de Lozano la noche anterior había sido de esas cosas que, contadas deprisa, suenan limpias y hasta espectaculares, pero vividas de cerca dejaban una resaca bastante menos heroica.
Lo habían trincado en cuanto cruzó la puerta de la comisaría. Tan simple como eso. Tan bruto como eso también.
El poeta acababa de aparecer por el patio central con esa pinta suya de muchacho que todavía no había decidido del todo si quería ser policía o guitarrista de un grupo de indie rock blandito.
Había ido a ver a Vanesa, cosa que no se molestó en disimular nadie porque, a esas alturas, ya se veía a la legua que aquellos dos se buscaban con una torpeza muy de oficina, muy de miraditas robadas delante del ordenador y de excusas pobres para coincidir en la máquina de café.
Vanesa, que llevaba allí bastante más allá de su hora de salida, había cambiado la cara en cuanto lo vio.
Se le había puesto un gesto tonto, de los buenos, de esos que hacen que una persona parezca más joven aunque no lo sea.
Y entonces Brais sacó la pistola.
Lo hizo tan rápido que durante dos o tres segundos nadie entendió nada. Ni Perico, que se llevó el susto padre y notó cómo el estómago se le subía hasta el pecho; ni mucho menos Vanesa, que se quedó blanca al ver a Brais apuntando en dirección al poeta.
Luego vino el grito… Y la aclaración.
—Mira detrás del poeta.
Detrás del poeta venía Lozano. Gorro calado, ropa oscura, cara de querer pasar inadvertido con sus casi cien kilos mal repartidos y sus andares de estibador cansado.
Había aparecido por allí como quien no quiere la cosa, seguramente convencido de que, entrando él solito, después de haberse hecho el longuis en casa cuando fueron a buscarlo, iba a poder recomponer algo.
Había elegido mal el momento, porque Brais estaba ya tan recalentado que veía fantasmas hasta en un monje en bañador, y el simple hecho de ver llegar a un sospechoso detrás de un compañero, aprovechando una escena de confianza y relajación, le disparó todos los resortes.
Luego todo pasó muy deprisa.
Perico juró después que, si llega a saber que el susto se lo iba a llevar por partida doble, se habría quedado mejor en su casa aguantando las pullas de su mujer.
Porque una cosa era ver a Brais ponerse bruto, que era costumbre, y otra verlo desenvainar el arma delante del personal y con Vanesa al lado, tiesa como una vela, y el poeta mirando como un pasmarote al que le acababan de cambiar el guion de la película sin avisar.
Lozano apenas tuvo tiempo de abrir la boca.
Dos pasos, un “quieto ahí” de Brais y el propio Brais, junto con Perico y otro compañero que andaba cerca, se le echaron encima y lo dejaron doblado contra la pared del patio, con la cara pegada al ladrillo y los brazos inmovilizados a la espalda.
No se resistió mucho. Más que nada porque no se lo esperaba.
Ni eso ni que el inspector jefe de Nueva Gades, con cuarenta grados a la sombra y cara de no haber dormido en meses, le estuviera apuntando como si fuera un atracador de banco.
Vanesa tardó un rato en recuperarse del susto. Perico también, pero el suyo lo convirtió enseguida en cabreo.
—A ti un día te va a dar un infarto de verdad —le había dicho a Brais cuando ya bajaban a Lozano al calabozo—. Y a mí me va a pillar al lado, que es lo que más me jode.
Brais no había contestado. Estaba demasiado ocupado en tragarse su propia adrenalina y en decidir si aquello había sido una genialidad de reflejos o una barbaridad. Al final, como solía hacer, optó por no decidirlo.
A Lozano lo dejaron toda la noche en el calabozo. Sin más teatro del necesario. Solo una frase, dicha con la voz neutra que usan los policías cuando quieren que el otro se la tome en serio:
—Piensa bien lo que vas a decir mañana. Porque como no sea verdad, estás en un lío más gordo que tú.
No hizo falta añadir mucho más.
- o -
A las ocho y cuarto del martes por la mañana, la comisaría todavía estaba despertándose a su manera. Una manera triste y desangelada. Pocas almas currando.
Garrido no estaba, así que ubicaron allí a Lozano de manera temporal.
No en una sala de interrogatorios al uso.
Antes de hacerles preguntas formales querían “charlar” con él amigablemente, que era una de esas expresiones policiales que a veces significaban lo contrario.
Aquella mañana, de hecho, Brais y Perico sí tenían intención de hablar con él sin apretarle demasiado al principio y así evitar que se cerrara en banda de primeras.
Lozano se sentó en la silla frente a la mesa con la cara amarillenta de quien ha dormido mal, poco o nada.
Tenía los ojos hinchados y una barba de sombra dura en el mentón.
No parecía un hombre peligroso a esa hora.
Parecía, más bien, un hombre derrotado, y a Brais eso le dio, por un momento, más desconfianza que pena.
Había visto muchas veces ese aspecto antes.
A veces era miedo. A veces teatro. A veces una mezcla que ni el propio detenido sabía desenredar.
Vanesa estaba a un lado, manejando la cámara de vídeo que habían traído para dejar constancia del posterior y verdadero interrogario.
Perico se acomodó sobre el borde de la mesa con esa falsa relajación suya que solía ponerse cuando estaba muy atento.
Brais, en cambio, se quedó de pie unos segundos más, mirando a Lozano como quien mira un mueble que le suena de haber visto en otro sitio.
—Trae aquí esa cámara, Vanesa. Por favor —añadió antes de las previsibles protestas—. Vamos a grabas por si acaso este hombre nos la quiere jugar —dijo Brais, sin apartar la vista de Lozano—. Y ahora tú nos cuentas por qué viniste anoche a la comisaría como si fueras un alma en pena.
Lozano se humedeció los labios. Le costó empezar.
—Yo estaba en casa.
—Ya —dijo Perico—. Eso lo sabemos.
—Y… bueno… cuando fueron a buscarme… me agobié.
Se le trabó un poco la voz ahí. Intentó seguir, pero tuvo que tomar aire.
—No abrí porque… porque me entró miedo. Yo nunca he tenido antes problemas con la policía ni… ni he cometido delitos ni nada de eso, y claro, me vi…
—¿Asustado? —le ayudó Perico.
—Sí.
—Muy bien —dijo Brais—. ¿Y después?
—Después me devolvió la llamada el abogado amigo de mi amigo. El que llamé ayer para que me echara un cable y no pudo venir.
Perico asintió.
—Porque tenía problemas familiares, según dijo.
—Eso me dijo, sí —confirmó Lozano—. Me pidió disculpas y me aconsejó que, si yo no tenía nada que ocultar, me presentara por mi propio pie en la comisaría. Motu propio me dijo.
Lo dijo con cierta solemnidad, como quien repite una expresión que le ha dicho otro y que quiere usar para parecer más serio de lo que se siente. Perico lo miró de lado.
—¿Y no te vale con el abogado de tu jefe? El que vino ayer por la tarde, el fino.
Lozano soltó una risa muy breve, amarga.
—Ese no.
—¿Por qué?
—He visto la aguja mareada —dijo esbozando un gesto críptico.
Brais enarcó una ceja y puso cara de desconfiar. Perico, por contra, sonrió por lo bajo. La expresión castiza le había gustado.
—Explícate, anda.
—Que sí, que me sacó ayer… —el estibador levantó las manos y volvió a bajarlas, sin saber bien cómo seguir—.
Pero, con muy buenas palabras, con mucha frase de esas técnicas, lo que me venía a decir era que dijera que sí a todo lo que él y el consignatario me fuesen marcando.
Que no me saliera del carril. Y yo me huelo que lo que quieren es inculparme a mí si esto se pone feo.
Ahí Brais se movió. Dejó de apoyarse en la pared y se acercó un poco más a la mesa.
—Y el abogado que te recomienda tu amigo, ¿va a venir para que empecemos?
Lozano negó con la cabeza.
—No hace falta. Quiero terminar con esto cuanto antes.
Perico soltó un resoplido.
—Cualquier declaración que no sea con abogado no vale. Si quieres, tramitamos uno de oficio y dejamos de perder tiempo.
—No oculto nada —dijo Lozano, con una mezcla de resignación y obstinación—. Podemos charlar mientras. Y no me importa que me graben —añadió con una sonrisa.
—Adelante, entonces —dijo Perico.
Pero Brais levantó un dedo, interrumpiendo.
—No. Quiero dejar una cosa clara antes. Esto no es un interrogatorio al uso.
Y que conste en vídeo también. Las manifestaciones voluntarias y no provocadas por agentes policiales que haga un detenido antes de la advertencia formal de derechos o sin abogado pueden tenerse en cuenta…
pero no deben ir recogidas en un atestado firmado sin abogado. ¿Lo entiendes?
Lozano tardó un segundo, como si hubiera entendido solo la mitad, pero la mitad le bastaba.
—Sí. Vale.
—Vale —confirmó el inspector jefe, que se sentó por fin y abrió una libreta pequeña, muy gastada en las esquinas.
Perico fue al grano.
—¿Qué hiciste después de salir de comisaría ayer?
Lozano se pasó la lengua por los dientes y respondió con la sensación de estar repitiendo un deber aprendido.
—Ya he dicho que hablé con el abogado del consignatario.
—Eso ya lo sabemos —dijo Perico—. Te pregunto otra cosa. ¿Quieres cambiar lo que dijiste sobre dónde estuviste el domingo por la noche?
Lozano negó de inmediato.
—No.
—Pues repítelo.
Y Lozano repitió, casi palabra por palabra, lo mismo que el día anterior:
—Salí de currar a eso de las doce o un poco más, porque hubo un problema con un carguero. Un contenedor mal colocado hizo que una grúa se quedara pillada. Mi compañero, con el que voy siempre, lo puede decir.
Brais levantó apenas la cabeza de la libreta.
Aquello le llamó la atención de un modo desagradable.
No tanto por el contenido como por el modo.
No era normal que alguien, después de una noche entera en el calabozo, repitiera una frase con esa exactitud casi memorizada, sin mover ni una coma.
Sonaba ensayado. Sonaba a frase que alguien te ha dicho que no cambies, bajo ningún concepto.
Brais apoyó el bolígrafo sobre la libreta.
—Vaya memoria tienes, colega.
Lozano no respondió. Perico siguió.