Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 6 – Presas al redil 48 #2
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Capítulo 6 – Presas al redil 48 #2

Brais se apoyó en el borde de una mesa.

—Que es provisional, lo primero. —Alzó un dedo—. No me vengáis luego con que si cambió algo.

—Sí, sí. Provisional. ¿Y?

—Causa de la muerte: estrangulamiento manual.

—Eso ya lo dijo Lorena —dijo Perico.

—Sí, pero ahora consta por escrito. Hora aproximada de la muerte: entre las nueve y media de la noche y la doce y media de la madrugada. —Vanesa dejó de teclear.

—No hay signos de violencia sexual —continuó Brais—. Eso también lo deja claro. Y hay arañazos llamativos en el cuello. De defensa, seguramente. Ah, y se confirma lo de la uña. Le faltaba una. De estas extensiones que se ponen ahora. Es posible que la perdiera en la refriega.

Perico se irguió un poco.

—¿Rastros? ¿Sangre, piel, algo bajo las uñas?

—Lorena dice que no ha encontrado restos orgánicos. Nada de sangre ni tejido. Pero sí le ha comunicado a Científica que ha detectado algo parecido a una fibrilla mínima. Casi microscópica. Parece que en una uña había un pico mal cortado, se enganchó y se quedó ahí una fibra.

Perico hizo una mueca.

—A ver… ni el consignatario ni el estibador iban de etiqueta, pero no parecían dos tíos que hubieran estado en una pelea de las gordas.

—Ya, ya. —Brais se pasó una mano por el cuello—. Pero cuando los encontraron junto al cadáver era ya bien entrada la mañana. La muerte fue la noche anterior. Han podido cambiarse, lavarse, ponerse colonia, ir a misa y volver.

Vanesa, que llevaba un rato callada, levantó la vista del monitor.

—Quiere decir que pudieron matar a María Gualpa un domingo por la noche, dejarla allí y volver por la mañana, a plena luz del día, para sacar el cuerpo.

Perico la miró.

— Touché .

—Pero sí —respondió Brais, antes de que Perico encontrara otra forma de decirlo—. Es una posibilidad que no podemos descartar, aunque es bastante… —hizo una pausa buscando la palabra exacta— incréible.

Brais giró hacia Vanesa con un tono que intentó ser serio y no sabiondo.

—Vanesa, gracias por tu eficiencia y tus dotes investigadoras.

—Muchas gracias, inspector jefe López —respondió ella, con sinceridad impecable.

Brais la miró un segundo.

—Joder… ahora sí lo decía con ironía.

Perico soltó una carcajada.

—Gilipollas.

—Bueno, bueno, que era una broma, coño. —Brais levantó las manos—. No os vengáis arriba. Tenemos que encontrar a esos dos pájaros mentirosos.

—¿No ves que estamos trabajando en eso? —refunfuñó Perico—. Mira, picha mía, me voy a tomar un café a la máquina del patio.

Brais torció la boca.

—Coño, Perico, que yo tampoco estoy aquí por gusto.

—Ya, pero eres tú el que tiene despacho.

—Despacho dice… —Brais soltó un bufido que casi fue una risa amarga—. Te acompaño a por un vasito de laxante con cafeína y luego me pongo con la denuncia nueva de los robos.

Vanesa, que ya se estaba levantando, intervino.

—Voy también. Y, por cierto, me gustaría enterarme bien de lo de los robos. Me tiene muy interesada ese modus operandi y la ausencia de pruebas. Ha de ser un ladrón muy preparado y cuidadoso. Una especie de Lupin a lo andaluz.

Perico sonrió.

—Me encanta la serie. Pero no veo yo a alguien con la pinta de ese tío por Cádiz.

Vanesa lo corrigió sin el menor asomo de superioridad, que era su manera de dejar aún más claro que sabía de lo que hablaba.

—Sabe usted, subinspector, que Lupin, en las novelas originales, no era negro, ¿verdad?

Perico se quedó un instante con la boca abierta.

—Esto…

Brais se echó a reír. Esta vez de verdad.

—Por mí, Vanesa, te cedía el caso. Pero sigues en prácticas y el comisario… en fin. Ya hablaremos. —bajó la voz, más pensativo—. Por cierto, ¿tú también piensas que es solo uno?

Vanesa asintió sin dudar. Perico los miró a uno y a otro.

—¿Uno qué?

—Un solo ladrón —dijo Brais.

—Ah. —Perico se encogió de hombros—. Yo no sé. Puede.

—Yo diría que sí —dijo Vanesa—. Demasiada homogeneidad en las entradas, en la selección de botín, en la limpieza. Dos personas tienden a dejar dos estilos, aunque no quieran. Aquí no veo eso.

Brais la miró de reojo.

—Te estás ganando el café.

Bajaron los tres por la escalera que daba al patio. La barandilla quemaba todavía al tacto.

Y entonces Vanesa cambió la cara. Fue una cosa instantánea. Un brillo. Una sonrisa involuntaria. Como si alguien hubiera encendido una luz nueva justo delante de ella. Perico siguió la dirección de la mirada y lo vio.

—Anda —dijo con una media risa—. El poeta.

Federico García, el agente ya no tan nuevo, el que tenía pinta de no haber roto nunca un plato con intención, estaba al fondo del patio junto a la máquina de café, inclinado hacia ella mientras daba golpes suaves al lateral, quizá porque se había tragado una moneda o quizá porque le gustaba tratarlas con más paciencia que a las personas.

Llevaba una camiseta clara y una chupa fina doblada en el brazo.

De vacaciones, se suponía, pero allí estaba.

Perico volvió a mirar a Vanesa, que disimuló tarde y mal. Luego se giró hacia Brais y de inmediato se le borró la sonrisa.

Porque la cara de Brais no era la que tocaba. No era cara de fastidio corriente ni de ironía. Ni tan siquiera de ira y mala leche. Era otra cosa. Más tensa. Más dura. Como si acabara de ver venir una desgracia con piernas.

—¿Qué te pasa, cojones? —murmuró Perico—. Que es el poeta. No lo mires así, que parece que lo vas a matar.

Brais ya no lo estaba escuchando. Todo en él se volvió súbito. Un resorte. Se llevó la mano a la cartuchera. Sacó la pistola. El gesto fue tan rápido que Perico tardó una décima de segundo en entenderlo. Y esa décima bastó para que el cuerpo se le helara.

—¡Brais, picha! —soltó, abriendo mucho los ojos—. ¡Que es de los nuestros!

Pero Brais ya había dado un paso al frente, con el arma baja pero preparada, la mandíbula trabada.

—Mira detrás del poeta.

Perico miró. Y lo vio.

Detrás de Federico, medio tapado por la columna del patio y por la propia máquina, había un hombre que no debía estar allí…

O sí. Uno de esos tipos que no hace falta haberlos visto antes para saber que sobran.

Corpulento, con gorra oscura, sudadera pese al calor y una mano escondida en el bolsillo delantero.

Estaba quieto. Demasiado quieto. Y observaba con esa fijeza que no es curiosidad.

El poeta todavía no se había dado cuenta de nada. Vanesa dejó de sonreír en seco. El mundo, durante un segundo, se estrechó muchísimo. Se oyó una lata caer al suelo en alguna parte. Y luego, nada.

El desconocido movió apenas el hombro, como si fuera a sacar algo del bolsillo o a darse la vuelta.

Y Brais dio un paso más, con la voz convertida en un latigazo que rebotó en las paredes del patio:

—¡Policía! ¡Quieto ahí!