Capítulo 6 – Presas al redil 48
La comisaría de distrito de Nueva Gades tenía mientras anochecía una tristeza de edificio cansado.
Los fluorescentes parecían más bajos, los pasillos más largos, y hasta las mesas viejas del grupo de investigación daban impresión de resignación.
A esas horas, además, el calor no se había ido.
Solo había cambiado de forma. Ya no caía desde arriba como una bofetada, pero se quedaba pegado a las paredes, en las camisas, en el aliento de la gente.
Brais estaba de pie en mitad de la sala común, con las manos en la cintura y una vena marcada en la sien, mientras Perico y Vanesa lo miraban desde sus sitios.
—¡Que salgan ya! —rugió, sin dirigirse a nadie en particular y a todos a la vez—. ¡Quiero patrullas en casa del consignatario y del estibador! ¡Y que se pregunte a vecinos, porteros, niños! ¡Hasta al apuntador si hace falta!
Una pareja de agentes uniformados que pasaba por allí se detuvo un segundo, solo para confirmar que el vendaval iba con ellos.
—Y si no están —continuó Brais, girándose como una hélice mal engrasada—, que me lo digan al momento. No dentro de media hora. Al momento. ¿Está claro?
—Sí, inspector —dijo uno.
—Pues mueve el culo.
Los dos echaron a andar a trompicones. Brais seguía encendido.
Había llamado un rato antes al comisario Agustín, que no estaba oficialmente de vacaciones, pero había cambiado el despacho de la comisaría de distrito por su chalet de la urbanización Roche.
La conversación había sido breve y estéril.
Brais, que estaba lo bastante quemado como para no disimular, le había resumido la jugada y le había dicho que los dos hombres a los que acababan de dejar salir les habían mentido a la cara y que ahora no aparecían por ninguna parte.
El comisario, desde la distancia cómoda de quien no suda en aquella ratonera, había soltado dos o tres obviedades y había terminado la llamada con una frase que a Brais le había sonado a lavarse las manos: “Haced lo que estiméis oportuno, pero con prudencia”.
Con prudencia. Le daban ganas de arrancarle el teléfono de la mano a alguien.
—Me cago en mi puñetera cama —murmuró, ya por tercera vez en menos de un minuto—. Tenía que haberme dado cuenta. Estaban mintiendo los dos. En mi cara. Y yo allí, haciéndome el listo.
Perico, que lo conocía de sobra y sabía que después de la furia le venía siempre la autoflagelación, bajó la voz.
—No eres omnisciente, picha mía.
—Ya, ya, pe-pero… —tartamudeó de rabia.
—Pero nada. Te la jugaron. Punto. Y ahora toca arreglarlo. Lo otro no sirve.
Brais lo miró, resoplando. Aún estaba rabioso, pero esa frase le hizo de ancla. Bajó apenas un grado. No mucho. Lo justo para no ponerse a patear sillas.
—Quería cenar en mi casa —se quejó de pronto, en un giro que solo a él le parecía lógico—. Estaba mi hijo allí. Se iba a quedar a dormir aunque no le tocaba en principio. Y mírame.
Perico se encogió de hombros con una mueca.
—Pues yo tampoco iba a quedarme a hacer amigos. Llevo una racha de mierda con mi mujer. Dice que no estoy nunca, que apenas hacemos nada juntos, que se siente sola.
Brais, todavía atravesado, intentó una broma que ya salió nacida muerta.
—Bueno, mejor sola que mal acompañada.
No se rió nadie. Ni Perico. Ni Vanesa. Ni el par de agentes del fondo que fingían no estar escuchando. Ni siquiera él.
Brais se dio cuenta al segundo y chascó la lengua. Vanesa, sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador, intervino con total naturalidad:
—Yo también tenía planes.
Brais la miró.
—¿Con el poeta? —preguntó con una sonrisilla torcida—. Estáis muy acaramelados últimamente. Tiene que ser un fiera.
Se rió él solo. O lo intentó. Porque la sonrisa se le borró de la cara enseguida. Vanesa se había girado muy despacio en la silla. No estaba enfadada a voces. Estaba peor: seria de verdad.
—En el trabajo puede pedir, con respeto, lo que quiera —dijo, con una frialdad casi quirúrgica—. Sobre mi vida privada se abstiene de hacer comentarios.
El golpe fue limpio y certero. Brais agachó un poco la cabeza. No en plan humilde, porque eso en él hubiera sido un milagro, pero sí con ese gesto de quien sabe que la acaba de cagar y no encuentra una forma decente de salir.
Perico, enfurruñado todavía por lo suyo y encantado a la vez de ver que no era el único al que le tocaban los huevos, tomó el mando sin pedirlo.
—Voy a llamar primero al abogado. —Se dirigió a Vanesa con un tono mucho más civilizado—. Vanesa, por favor, ¿serías tan amable de pasarme el teléfono del picapleitos que vino antes con el consignatario y luego con el estibador?
—Por supuesto, subinspector Vélez —contestó dirigiendo la vista a Brais.
Perico levantó una ceja y miró a Brais con toda la mala idea del mundo. La mirada decía, sin molestarse en ocultarlo: ¿ves? Así se hace. Así se trata a la gente para que te respondan en condiciones. Brais le contestó moviendo solo los labios, sin voz:
—Me cago en tus muertos.
Perico respondió en voz alta, casi canturreando:
—Los tuyos.
Vanesa soltó una risa mínima, apenas una exhalación por la nariz, mientras sacaba el teléfono del abogado de la ficha.
Brais, viendo que allí iba a hacer menos bien que un ventilador roto, se refugió en su despacho mínimo, que no era un despacho sino un rincón con pretensiones.
Estaba en la esquina lateral de la sala grande, separado por un tabique bajo y una puerta que no cerraba bien.
Allí el aire acondicionado no llegaba ni en sueños.
Encendió el ordenador maldiciendo entre dientes. Se despegó la camiseta de la espalda al sentarse. Tenía la sensación de estar cociéndose por dentro.
En la bandeja de entrada había un correo nuevo. Lo abrió. Leyó el remitente y se quedó quieto un segundo. Informe preliminar. Autopsia. María Gualpa Cedeño.
—Coño —murmuró—. Qué pronto.
Lo leyó de arriba abajo a velocidad de policía que va buscando clavos en una caja de agujas. Luego asomó la cabeza fuera del cuchitril.
—¡Perico! ¡Vanesa! Ya tenemos resultados de la autopsia. Preliminares, eso sí.
Perico estaba de pie al lado del mostrador, donde Vanesa tecleaba con esa rapidez metódica que tenía ella, sin desperdiciar ni un movimiento.
—El abogado no coge el teléfono —dijo Perico.
—Mientras le echo un vistazo al informe de Lorena… —señaló Brais, y al instante se corrigió, algo azorado por la confianza involuntaria—, es decir… la forense… da parte a las unidades que tengamos por la calle. Que se pasen por las casas de esos dos mientras tanto.
Después carraspeó. Miró a Vanesa. Le vino a la cabeza, de manera ridícula, la colleja que le acababan de dar por lo del poeta y se dispuso a hacerlo bien esta vez.
—Ejem, ejem… Vanesa, querida, por favor, si eres tan amable y tan eficaz como siempre, ¿podrías encargarte de…?
Vanesa ni se molestó en dejarlo terminar.
—Mire, inspector jefe, no se cachondee de mí. Si quiere algo, pídalo sin más.
Brais se quedó a medio gesto, a medio parpadeo.
—Pe… pe… pero…
—¿Sí?
—Joder. Estoooo… ¿puedes llamar al abogado y a los dos interfectos para que se presenten aquí sin demora?
—Claro. —Vanesa siguió tecleando—. ¿Quiere que también llame a Policía Fronteriza, aeropuertos y autoridad portuaria de que tenemos dos posibles fugados?
Brais la señaló con el dedo.
—Mira, Vanesa, ahora no seas tú la que se cachondea de mí, que entre otras cosas soy tu superior y…
—Señor inspector —lo cortó ella, mirándolo ya de frente—, según el manual es lo que procede en estos casos. ¿No se lo ha leído?
Brais se quedó blanco de rabia y desconcierto.
—Yo-yo-yo…
Vanesa tardó un segundo más del necesario en mantener la cara seria. Luego se rindió y sonrió.
—Era una broma. Enseguida hago las llamadas.
Se levantó con esa sonrisa todavía puesta y se alejó dejando a Brais clavado en el sitio, tartamudeando a cámara lenta y a Perico, a unos metros, descojonado sin disimulo.
—Te está bien empleado —dijo Perico.
—Mecagüen… —masculló Brais, sin acabar la frase porque ya no sabía si estaba más ofendido o más agotado.
- o -
Ya eran casi las once de la noche. A esa hora la comisaría parecía otra y la misma.
La sala grande seguía encendida, pero con huecos.
Más sillas vacías, más tazas de café empezadas, más silencio entre llamada y llamada.
Fuera, por el patio de luz, llegaban a ratos voces sueltas, el motor lejano de una moto, un perro ladrando en algún punto del barrio.
Brais salió otra vez de su minidespacho, pegajoso, con la camiseta de Iron Maiden marcada de sudor por la espalda.
Se había pasado allí dentro un buen rato repasando el informe preliminar, el atestado, las horas, las contradicciones, y cuanto más miraba todo, más le costaba encajarlo sin que algo chirriara.
Se acercó a las mesas. Perico y Vanesa seguían allí, cada uno en la suya. El primero con el codo apoyado y una cara de cansancio de padre de familia en guerra. La segunda recta como una regla, con el monitor iluminándole la cara.
—¿Novedades? —preguntó Brais.
Perico negó.
—Del caso de la chica, nada.
—Nada de nada —añadió Vanesa.
—¿Ni abogado, ni consignatario, ni estibador gordo?
—Ni cogen el teléfono, ni estaban en sus domicilios, ni los han visto —enumeró Perico—. Y, por si fuera poco, ha entrado una denuncia nueva por robo del mismo estilo. Unos turistas. Mismo método. Nada forzado. La casa levantada sin parecerlo. Dinero y un portátil, y gracias.
Vanesa levantó un poco la mano, como quien pide turno en clase aunque no haga falta.
—He solicitado la ubicación del móvil de María Gualpa para reconstruir por dónde estuvo. Pero, como siempre, va a tardar lo que le dé la gana al sistema. El último que se pidió tardó más de una semana. A menos que sea urgente para un jefe de verdad.
Brais bufó.
—O sea, nunca.
—De todas maneras —siguió Vanesa—, hemos tenido suerte. Tiene número español. Compañía española. Eso simplifica algo.
Brais asintió, pero estaba ya pensando en otra cosa. Perico lo sacó del ensimismamiento.
—¿Y el informe de autopsia? ¿Qué pone? —preguntó el subinspector Vélez.