Capítulo 5 – Estaba la estiba 40
La sala de interrogatorios tenía esa temperatura rara de los sitios cerrados donde el aire no circula pero tampoco termina de estar caliente del todo. Un punto muerto. Como si el tiempo allí dentro se quedara atascado en algún sitio entre el fluorescente y la pared desconchada.
Brais y Perico, con la frente sudorosa, ya estaban sentados cuando todavía no había entrado nadie.
Y no era casualidad. Encima de la mesa, una carpeta con el logotipo de la Policía Nacional abierta a medias.
Un par de folios dentro, sin orden aparente.
Un bolígrafo colocado en diagonal, como si alguien lo hubiera dejado caer sin querer.
Todo ligeramente descuidado… pero no del todo.
Los dos miraban hacia la puerta cerrada. Y sonreían. No una sonrisa amplia. Ni siquiera cómoda. Era otra cosa. Más fina. Más torcida. Más de hiena, como si se estuvieran relamiendo antes de empezar.
—Se lo ha tragado —murmuró Perico, sin mover apenas los labios.
Brais no apartó la vista de la puerta.
—Claro que se lo ha tragado.
—Lo de ponerlo en el pasillo…
—Tenía que verlo. —Brais apoyó los codos en la mesa—. Tenía que presenciar cómo se iba el otro tan tranquilo.
—Y el gesto ese que le ha hecho el consignatario…
—Ese ha sido la guinda.
Perico soltó aire por la nariz.
—Va a entrar ya con la cabeza hecha un lío.
—Ahí vamos.
A continuación se quedaron callados. Los pasos empezaron a oírse en el pasillo. Lentos. Pesados. Arrastrados. Luego el ruido de las llaves. El roce metálico. La puerta que se abre despacio.
Francisco, “el Gordo”, Lozano entró con las esposas puestas delante, escoltado por un agente. La cara ya no era la misma que en el pasillo. Algo se le había movido dentro desde que vio marcharse al consignatario.
Algo incómodo. Algo peligroso.
El agente lo sentó frente a ellos y salió sin decir nada. La puerta se cerró. Brais y Perico no hablaron. Simplemente lo miraron. Lo dejaron ahí, en medio de ese silencio espeso, como si fuera una cosa más de la sala.
Tras unos segundos el estibador carraspeó mientras alternaba su mirada en uno y otro policía. Y ante la falta de respuesta, empezó a sudar. Brais inclinó la cabeza ligeramente, como quien observa un insecto interesante.
—Señor Lozano… —dijo al fin—. ¿Y el abogado?
Lozano parpadeó.
—¿Qué abogado?
Brais abrió mucho los ojos, teatral.
—El que tengo aquí colgado. ¿Cuál va a ser? —se inclinó hacia delante—. Que si alguien va a representarte, cojones.
Perico dejó escapar una risa corta. Brais continuó, con ese tono suyo que podía ser medio broma o medio amenaza, según cómo lo cogiera el otro:
—Tu jefe ha venido con uno de los caros. Y ya se ha podido marchar. Se ve que sabe qué decir… y a quién cargarle el muerto.
Hizo una pausa.
—O la muerta, en este caso.
Lozano frunció el ceño. Dudó. Miró a un lado, como si el abogado fuera a aparecer por la pared.
—Yo… he llamado a uno.
—¿Ah, sí?
—Sí. Un amigo conoce a un abogado.
—Un abogado de amigos —repitió Brais—. Ya.
Lozano se encogió de hombros, incómodo.
—No me cogía el teléfono.
—Normal.
—Le he dejado un mensaje. Vendrá.
Brais apoyó la espalda en la silla y cruzó las manos sobre la mesa.
—Ya… un abogado de tiesos problemáticos. De los que se reparten a los que se meten en líos todos los fines de semana.
—Es bueno —dijo Lozano apretando la mandíbula.
—Claro que sí —asintió Brais, con una sonrisa torcida—. Yo que tú me buscaba otro. Aunque sea de oficio.
—No hace falta.
—¿No?
—No —repuso tratando de mantener la mirada.
Perico intervino, con un tono más seco.
—¿Te crees que podemos estar aquí todo el día esperando a que te venga el abogado ese?
Lozano no respondió.
—Vamos a tramitar uno de oficio —añadió Perico—. De hecho, hay uno ahora mismo en el edificio.
Eso le tocó. El estibador tragó saliva. Miró a uno. Miró al otro. Sus manos, esposadas, se movieron ligeramente sobre la mesa.
Brais, por contra, no dijo nada. Solo lo miraba. Perico tampoco. Y el silencio, otra vez, empezó a hacer su trabajo.
—Yo… —empezó Lozano—. Yo no he hecho nada.
Nadie respondió.
—Nos encontramos con el cadáver —añadió, más rápido—. Yo y Félix. Yo me asusté mucho. Nos asustamos.
Brais ladeó la cabeza.
—Curioso.
—¿El qué?
—Tu jefe parece que no ha hecho nada tampoco.
Lozano lo miró, desconfiado.
—¿Cómo?
—Nos ha dicho que tú llegaste antes.
El estibador se incorporó en la silla.
—Eso es mentira.
—¿Ah, sí?
—Yo estaba fuera. Esperando.
—Claro.
—Llegué un minuto antes que él. Lo vi venir en el coche.
—¿Y entonces?
—Entonces metí la llave.
Brais aprovechó el hueco.
—¿Tienes llaves de la conservera?
Lozano bajó la mirada un instante, pero contestó rápido.
—Sí, claro.
—¿De dónde las has sacado?
—Me las dio él.
—¿Quién?
—Félix.
—¿El consignatario?
—Sí.
—¿Y a él quién se las dio?
Lozano levantó la vista otra vez, esta vez con algo más de seguridad.
—El dueño de la fábrica.
Perico intervino:
—¿Alfonso Rivas?
Lozano asintió con la cabeza. Brais y Perico intercambiaron una mirada breve y volvieron al interrogado.
—¿Qué? —saltó Lozano—. ¿Qué pasa?
Brais volvió a mirarlo de frente, ya sin rastro de amabilidad.
—Aquí las preguntas las hacemos nosotros.
Brais le sostuvo la mirada unos segundos más. Luego, sin cambiar el gesto, prosiguió:
—¿Dónde estuviste anoche?
—Trabajando.
—¿Hasta qué hora?
—Tarde.
—¿Tarde cuánto es tarde?
—Hasta las doce. Igual un poco más.
—¿Por qué?
—Un problema con un carguero. Un contenedor mal colocado hizo que una grúa se quedara pillada.
Brais apuntó sin mirar.
—¿Conocías a la mujer?
—¿A quién? —preguntó Lozano con una confusión que no iba a calar.
Brais levantó la cabeza despacio. Lo observó doblando la cabeza un poco. Y después dijo, muy tranquilo:
—¿Eres subnormal?
El tipo luchaba por encontrar una buena réplica cuando la puerta se abrió en ese mismo momento. Era Vanesa. Se quedó un segundo en el marco, como si hubiera entrado donde no debía.
—Perdón… —dijo con su habitual formalidad.
Brais ni se giró del todo.
—¿Qué pasa, Vanesa?
Antes de que ella contestara, otra figura apareció detrás. Un abogado habituado a encontrar resquicios legales, aprovechó el hueco. Era el mismo picapleitos de antes. En cuanto lo vieron, la escena se tensó de golpe.
—Esto es irregular —empezó a decir el letrado, avanzando un paso—. Mi cliente…
Perico se levantó ligeramente, cortándole.
—El interrogado ha empezado a hablar motu propio —repuso—. Mientras decidía si aceptaba representación de oficio o una particular que no ha comparecido.
Brais añadió, sin levantar la voz:
—Y, además, usted no es su abogado. Es el del consignatario. Hay un conflicto de intereses bastante evidente.
El abogado sonrió, con esa sonrisa que no llega a los ojos.
—La cuestión es que yo estoy aquí. Él es mi cliente, de momento. Y eso que usted afirma… lo tendrán que dirimir otras instancias.
Brais giró la cabeza despacio.
—A mí no me venga con verborrea de leguleyo venido arriba.
—Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la mesa—.
Y, en cualquier caso, el señor Lozano está declarando voluntariamente —dijo mirando al estibador—.
De hecho, le estaba preguntando si conocía a la mujer fallecida… y presuntamente asesinada.
Brais hizo una pausa, saboreando el momento. Entonces se dirigió a Lozano.
—¿Sabe ahora ya a quién me refiero?
Lozano dudó. Miró al abogado. El abogado asintió abiertamente con un gesto ostensible.
—No —respondió el estibador.
Brais frunció el ceño. La mirada del estibador se fue otra vez al abogado. Huidiza. Perico lo vio. Y Brais también.
—¿Lo van a acusar de algo? —intervino el abogado.
Perico miró a Brais. Brais respondió:
—De momento, no. Pero tenemos que hacerle más preguntas.
—¿Lo van a retener más tiempo?
—Necesitamos que esté disponible —dijo Brais—. Y que nos facilite los datos de los compañeros con los que trabajó anoche.
El abogado asintió con rapidez.
—Se facilitarán ahora mismo. Como muestra de buena fe de mi cliente.
—¿Qué cliente? —preguntó Brais con la ceja arqueada.
—¿Perdón?
—Porque está representando a dos. Ya se lo advertí.
—¿Están acusados de algo?
—De momento, no.
Un silencio denso se apoderó del momento.
—De todas formas —añadió Brais a regañadientes—, tendrán que volver a declarar.
—Me parece conforme a ley —dijo el abogado.
—¿Algo más? —preguntó Brais.
—Nada.
—Muchas gracias por todo.
Lo dijo con una cara que era justo lo contrario de un agradecimiento.
- o -
Tras lo ocurrido, no hablaron durante un buen rato. Brais y Perico, callados, salieron al patio a respirar y a poner en orden ideas. El aire de fuera no era mejor, pero al menos se movía. Aunque solo un poco. Perico bebió un buche de una botella de agua metálica y habló por fin.
—Vaya dos piezas.
Brais se apoyó en el murete. Miraba a la cristalera del techo.
—Nos faltan cosas.
—¿Con cuál te quedas?
—Con ninguno. O con los dos.
—Qué claro lo tienes.
Brais negó.
—No. No tengo ni puta idea.
Se quedó mirando al suelo.
—Lo único que podemos hacer es pinchar. A ver quién salta antes.
—Encontrarse un cadáver no es delito —dijo Perico.
—Ya.
—Y no podemos gastarnos balas sin más.
—No.
Vanesa apareció casi corriendo.
—¿Ya se han ido?
Los dos la miraron.
—¿Quiénes? —preguntó Brais.
—Los dos investigados que fueron hallados en el lugar donde se encontró el cadáver de María Gualpa Cedeño.
Perico levantó las cejas.
—Ah… esos.
—Sí —afirmó la agente.
—No están a disposición judicial —dijo Perico—. De momento no hay nada.
Vanesa apretó los labios.
—¿Por qué? —preguntó.
Aunque en realidad no se trataba de una pregunta. Era una protesta. Brais la miró, sorprendido.
—Vane, no te pongas…
—No soy Vane —cortó ella—. Soy Vanesa. ¿De acuerdo, inspector jefe López?
Brais se quedó un segundo en blanco.
—Sí… sí.
—¿Por qué los han dejado ir? —insistió ella.
—Porque no hay pruebas —dijo Perico—. Ni indicios. Tenían una reunión allí.
—De hecho, en un momento entre los dos interrogatorios llamé al fondo inversor —añadió Vanesa—. Es cierto que están en la ciudad.
—Habrá que hablar con ellos —dijo Brais obviando a la agente.
—Claro —confirmó Perico.
Vanesa negó con la cabeza.
—Muy mal.
Los dos la miraron.
—Eso no es así —añadió la agente en prácticas.
Brais frunció el ceño. Empezaba a perder la paciencia.
—¿Por qué dices eso?
Vanesa dio un paso adelante.
—Porque conocían a la mujer.
—¿Qué? —dijo Brais tras un par de segundos muy largos.
—He hecho una comprobación preliminar en el móvil de la víctima —explicó, rápida, precisa—. No tenía bloqueo. He accedido sin problema.
Perico ya estaba atento.
—¿Y?
—He cruzado los números que figuran en sus llamadas recibidas con los teléfonos del señor Róvalo y del señor Lozano.
Brais la miraba sin pestañear.
—¿Y? —insistió, pero a un volumen más alto.
—Aparecen.
—¿Cuántas veces?
—Varias.
Brais inspiró con fuerza. Apretó la boca y luego soltó aire.
—Me cago en mi cama…
Se pasó la mano por la cara, más despacio esta vez. Y, por primera vez en todo el día, sonrió. Pero no era una sonrisa buena. Era de las otras. De las que significan que algo, por fin, empieza a encajar. Aunque sea para mal.