Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 4 – Otra extraña pareja 31 #2
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Capítulo 4 – Otra extraña pareja 31 #2

El consignatario miró al abogado. El abogado volvió a asentir, permitiéndole seguir.

—No. Lozano estaba ya en la puerta cuando llegué.

Brais levantó la cabeza.

—¿La puerta estaba abierta o cerrada?

Félix parpadeó.

—Abierta… —paró de hablar y apretó los ojos antes de seguir—. O cerrada. No lo sé. No me acuerdo.

Brais anotó algo más.

—Entiendo que el estibador tiene llaves.

—Supongo. No me consta con seguridad, pero…

—Qué bien le constan unas cosas y otras no. —Brais cerró la libreta un segundo, sin apartar la vista de él—. ¿Y el señor Alfonso Rivas? ¿Y los compradores?

—¿Qué pasa con ellos?

Perico respondió antes de que Brais le mordiera:

—Que si alguno había llegado ya.

—No. No vi a ninguno. Como he dicho, habíamos quedado Lozano y yo antes, para revisar el sitio. Con Alfonso y con los compradores a las once.

Cuando terminó de hablar, silencio. Pesado. Tenso. De esos que empiezan a hacer ruido por sí mismos. Brais se lo quedó mirando. Félix intentó sostenerle la mirada, pero solo lo consiguió a medias.

—Bien —dijo por fin Brais—. ¿Conocía a la mujer?

—No.

La respuesta salió seca. Brais insistió.

—¿Y por qué no llamaron a la policía?

Félix soltó aire, molesto.

—Porque no nos dio tiempo —contestó a regañadientes e hizo una pausa antes de continuar—. La vimos. Entramos en shock. Yo no había visto un cadáver así en mi vida. Pero, claro que habríamos llamado. Se nos adelantó el agente que entró y nos detuvo sin miramiento alguno.

Brais se recostó apenas.

—Entiendo. ¿Y cómo sabe que era un asesinato? —preguntó Brais.

Félix tardó demasiado para su gusto.

—No sé… en un sitio así… y desmadejada… No sé. Se supone.

—Se supone.

—Sí.

—¿Dónde estuvo usted anoche?

—Ya lo he dicho. En la reunión con los compradores.

—Usted ha dicho que quedó por la tarde.

—Con Alfonso Rivas, sí. Yo estoy llevando los negocios de mi socio y amigo Alfonso. Después estuve con los compradores hasta… las dos o las tres de la madrugada, no lo sé exactamente. Llegué bastante perjudicado a casa. De hecho me llevaron ellos en su coche.

Brais miró a Perico.

—¿Te encargas?

Perico asintió apenas ante la mirada atónita de Félix Róvalo y su letrado, entendiendo que tocaba rascar por ahí después. Fue entonces cuando intervino el abogado, por fin. Engoló su voz pulida, de hombre que cobra por cada sílaba.

—Mire, con todos los respetos, mi cliente está colaborando en todo momento.

Lleva aquí horas. No hay una sola prueba que lo relacione con la muerte de esa señora y, además, tanto los compradores como el señor Rivas podrán corroborar lo que ha dicho.

Y, sinceramente, lo que tal vez deberían comprobar es por qué a escasos metros del cadáver apareció un hombre medio muerto que, según la información que manejamos, intentó salir del recinto por el murete lateral.

Brais lo miró como si acabara de interrumpirle una mosca.

—Solo estamos hablando amistosamente —le soltó Brais con mala lecha contenida.

—No me parece que… —empezó el abogado.

—Y, del mismo modo que yo no le digo cómo hacer su trabajo, absténgase de decirme cómo hacer el mío.

El consignatario, quizá creyéndose protegido, masculló:

—Eso de amistosamente no es verdad.

Perico fue a abrir la boca, pero el abogado se adelantó:

—Solicito formalmente que se ponga en libertad a mi cliente.

Brais respondió al instante, casi alegre:

—Claro. Sin problema.

Perico lo miró como si se hubiera vuelto loco. El abogado pestañeó. Félix Róvalo también. Brais ya estaba levantándose.

—Esperen un segundo. Voy a avisar para que preparen el papeleo y se podrán marchar.

—¿Voy yo? —preguntó Perico, sin creérselo todavía.

—No, subinspector Vélez. Yo haré los honores —dijo Brais improvisando una mueca de disgusto estoico.

Brais salió. Tardó poco menos de dos minutos. Cuando volvió, venía con una cara distinta. Más amable. Hasta educada.

—Disculpen las molestias —dijo—. Ya está todo. Si me acompañan.

Perico no dijo nada. Porque a veces conocía a Brais, y otras no. Los cuatro salieron al pasillo. El abogado al lado de Félix. Perico algo rezagado. Brais delante, guiándolos como un azafato.

Al doblar el recodo, se vieron las sillas pegadas a la pared, el fluorescente medio muerto del techo y, allí, al fondo, al estibador sentado con las esposas puestas y un agente custodiándolo.

El consignatario hizo una seña rara con la cara. Ni un saludo ni una orden. Más bien un gesto automático, de esos que se hacen cuando uno quiere decir “tranquilo” sin hablar. Brais se volvió hacia Félix con una sonrisa discreta y siniestra.

—De verdad, disculpe. Me ha quedado todo muy claro. Si hace falta aclarar alguna cosa más, llamaré a su abogado.

Luego miró directamente al letrado.

—Le agradecería, eso sí, que me pasara el nombre completo y los teléfonos de contacto de los compradores. Solo para confirmar un par de detalles y cerrar esto cuanto antes.

El abogado asintió.

—Por supuesto.

—Se lo agradezco —repuso Brais, todo cordialidad.

Brais les estrechó la mano esta vez. A ambos.

Hasta acompañó al abogado un par de pasos más, con una cortesía casi obscena.

Perico, detrás, ya empezaba a entender por dónde iba el tiro.

Cuando la puerta exterior se cerró y los dos se perdieron escaleras abajo, Brais se giró.

Toda la amabilidad se le cayó de la cara de golpe. Miró al estibador.

—¿Tú sabes que estás detenido?

Lozano, el estibador, grande y gordo, que hasta entonces aparentaba una tranquilidad de bestia enorme y lenta, levantó la cabeza.

—Sí. Sí… —musitó.

—Pues venga conmigo.

El estibador no se movió.

—Mi abogado ya está aquí.

—Lo vas a necesitar —dijo Brais, seco—. Así que levanta el culo y entra.

Y entonces se notó. El cambio. El pequeño temblor en la mandíbula. El modo en que los hombros se le vinieron un centímetro abajo. La mirada rápida a la puerta por la que acababa de salir Félix.

Lo había entendido justo como Brais quería que lo entendiera. Que el otro, el poderoso, había largado algo. Que el otro se había ido. Y que él se quedaba dentro. Solo tenía que sumar dos y dos.

Lozano se levantó con más torpeza de la que había mostrado hasta entonces. Brais pasó junto a Perico y, cuando ya lo adelantaba, le guiñó un ojo. Perico no pudo evitar la sonrisa.

—Qué largo eres, cabrón.

Brais no contestó. Solo siguió andando hacia la sala de interrogatorios, con el estibador detrás, cada vez menos tranquilo.

La noche aún no había caído sobre Nueva Gades, pero en aquella planta de la comisaría empezaba a oler ya a lo de siempre: a café de máquina, a sudor viejo, a miedo y a una verdad que, cuando quería salir, siempre hacía el mismo ruido. Uno pequeño. Casi ridículo: el ruido de alguien tragando saliva.