Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 4 – Otra extraña pareja 31
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Capítulo 4 – Otra extraña pareja 31

Brais llegó a la comisaría casi al trote, sudado como si en vez de venir del hospital hubiera hecho la media maratón de Nueva Gades con botas de trabajo.

Aunque ya pasaban de las seis de la tarde, el ambiente seguía siendo un infierno carente de la más mínima brisa.

Entró por el patio central con el volante de la prueba médica de su padre doblado en el bolsillo trasero y la cara de quien viene mascando calor, tráfico y mala leche desde hacía media hora.

Perico lo vio aparecer al fondo del pasillo y levantó las cejas.

—Menos mal que has llegado.

Brais se secó la frente con el dorso de la mano, todavía jadeando.

—No me jodas, que he tardado… —indicó mirando el reloj— nada.

—Sí, claro. Nada. —Perico lo miró de arriba abajo y añadió—: Y menos mal que no traes ya la chupa de cuero.

Brais parpadeó. Luego volvió a parpadear. Después se miró el hombro izquierdo, luego el derecho, luego dio una vuelta sobre sí mismo con un movimiento torpe, absurdo, como un perro grande intentando morderse el rabo.

—¿Dónde está? —dijo.

Perico sonrió.

—¿El qué?

—La chu… la chupa. Mi-mi chu-chupa. ¿Dónde co-coño está mi-mi chupa?

Voceaba ya con un tono alarmado, como si acabara de descubrir que se había dejado a un niño en una gasolinera.

Se palpó el pecho, los costados, volvió a girarse, miró hacia la entrada, hacia el patio, hacia las escaleras. Su respiración se aceleró a ojos vista.

—No me jodas. No me jodas. No me jodas.

—Brais…

—En el coche no la llevaba. Creo que no la llevaba. ¿O sí? No, no… al salir del hospital no. En el hospital no… —empezó a hablar solo, en voz alta, ordenando a trompicones sus propios recuerdos—. Antes. Ha tenido que ser antes. Joder. Joder. Joder.

Perico dejó de sonreír. Ya lo conocía bastante para distinguir cuándo estaba haciendo el payaso y cuándo, de verdad, estaba a medio paso de que le diera un ataque de los suyos.

—Tampoco pasa nada —dijo su colega, más serio—. Ya aparecerá.

Brais lo fulminó con la mirada.

—¿Cómo que no pa-pasa nada? —preguntó con la mirada encendida de odio y el tartamudeo a cien—. Claro que-que pa-pasa. Esa chu-chupa es importante.

—Pues por eso mismo no la habrá cogido nadie. Y encima sudada —se arriesgó Perico con la broma.

—Me da-da igual. Me-me siento… —hizo un gesto vago, torpe, golpeándose el pecho con dos dedos— me siento desnudo sin ella.

A Perico se le escapó una carcajada, casi por inercia.

—Con la calor que hace, no está mal sentirse desnudo.

Pero Brais ya no estaba para bromas. Tenía los ojos fijos en ningún sitio, metidos en ese trabajo suyo de rebuscar hacia atrás.

—Cuando hablé contigo… —murmuró—. Espera. Espera. Cuando hablé contigo desde el parking… estaba con Beli. La dejé… —cerró los ojos con fuerza—. La dejé encima de un coche. Encima del coche de los guiris, o del mío, o del de al lado. Mierda. Mierda.

Perico alzó una mano, cortándole el aire.

—La chamarreta vieja esa ya la buscarás luego.

Brais abrió la boca para protestar, pero Perico no lo dejó.

—No me toques los huevos ahora con eso, picha. Tenemos dos interrogatorios. Ellos son dos, nosotros somos dos, la comisaría está vacía y no damos abasto ni de coña.

Brais seguía con la respiración alta, pero la parte profesional, por mala hostia que tuviera, empezó a abrirse paso.

—¿Cómo están?

—Trabajosos y malajes. —Perico se apoyó en la pared, cansado solo de pensarlo—. Los he estado curioseando un poco por allí, por el calabozo, y te digo una cosa: aunque los hemos dejado cocerse en su jugo, todavía están crudos. Sobre todo el consignatario.

Brais se pasó la mano por la cara.

—¿Es un crecidito, no? Ya vi cómo miraba por encima del hombro en la conservera.

—Más subido que un santo. Y ahora más todavía, porque ya ha venido su abogado.

—Mejor.

—No, mejor no. —Perico negó con la cabeza—. Está gritando para que se le oiga en toda la planta. Que esto es un error, que él no tendría que estar aquí, que por qué no se le ha tomado ya declaración, que esto es intolerable, que no sé qué.

Brais notó cómo se le recolocaba la mala leche dentro, como un perro que vuelve solo a su caseta.

—Pues ahora se va a esperar más.

—¿Ah, sí?

—Sí. Primero nos ponemos con el estibador. Y así el picapleitos de lujo le cobra más tiempo de trabajo al empresario de éxito y trajeado.

Perico sonrió por fin.

—Eso sí me gusta.

Caminaron por el pasillo con ese paso lento del final del día, cuando las piernas pesan y la ropa estorba.

La sala de interrogatorios cutre y desconchada, la de siempre, estaba al fondo, con su fluorescente enfermizo, su mesa coja y sus dos sillas desparejadas que parecían elegidas aposta para deprimir a cualquiera.

Iban directos hacia allí cuando Brais se detuvo. Perico casi se lo comió.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó con la cara a dos milímetros del omóplato del inspector jefe.

Brais frunció el ceño, pensando.

—Mejor no. Primero el consignatario.

—Aclárate, macho.

—Sí. Quiero tener un detalle con el abogado.

Perico soltó aire por la nariz.

—Qué detalle ni qué niño muerto.

—Haz que lo saquen.

Perico pegó una voz a un agente nuevo que estaba al final del pasillo, tieso como una mojama, cerca del recodo que llevaba a los calabozos. El joven policía levantó la cabeza y asintió.

Justo entonces Brais se dio con la palma en la frente.

—Por cierto, picha… ¿alguna novedad de los robos? No sé por qué me ha venido a la cabeza.

Perico lo miró raro.

—Nada. Sin novedad, que yo sepa.

—Vale. Vale.

Siguieron andando. En voz más baja, ya cerca de la puerta, Perico añadió:

—Por cierto. El estibador ha soltado una cosa en el coche patrulla. Que, de facto, el dueño de la consignataria de buques es su jefe.

—¿Su jefe cómo?

—Ya sabes. A los estibadores los contrata el centro portuario, pero al final quien les mueve faena, quien cuenta con unos u otros, quien los llama siempre… son las consignatarias. Y este, por lo que sea, trabaja casi siempre con la suya. Brais asintió despacio.

—O sea, que el estibador gordo ese lo mira a él antes de respirar.

—Más o menos.

—Bien —concluyó Brais.

Cuando entraron, el abogado ya estaba de pie, con media sonrisa profesional y la mano extendida. El consignatario, sentado, aparentaba estar tranquilo, pero tenía un tic pequeño en la mandíbula y había sudado la nuca de la camisa.

Brais no le dio la mano al abogado. Ni Perico tampoco. De hecho, ni los miraron. Simplemente se sentaron. El abogado retiró la mano con una elegancia estudiada, como si aquello no le importara.

Brais abrió la libreta, apoyó el bolígrafo y, sin saludar ni tomar carrerilla, miró al dueño de la consignataria a los ojos.

—Nombre y ocupación.

El hombre se recolocó en la silla y miró a su abogado. El abogado le hizo un gesto mínimo, casi invisible, de calma. Entonces el consignatario se recompuso un poco y sonrió con superioridad.

—Menuda mierda de policía si no sabe eso. Y, en cualquier caso, no tengo nada que ver con la muerte de esa mujer.

Brais alzó la vista despacio. Muy despacio.

Asintió con calculada lentitud. Y se quedó callado.

No hizo nada más. Solo mirarlo. Uno. Dos.

Tres. Cuatro segundos… Cinco. La sonrisa del otro empezó a desinflarse sola.

Seis. Siete… Brais seguía con aquella cara beatífica, casi amable, que en él era peor que un grito. Ocho…

—Le he hecho una pregunta —dijo al fin, en el mismo tono, sin mover apenas los labios—. ¿Cuál es su nombre y a qué se dedica?

El consignatario volvió a mirar al abogado. Esta vez el abogado negó con la cabeza, muy leve, reprobándole la salida anterior.

—José Félix Róvalo Gámez —dijo el hombre, tragándose el resto del orgullo—. Soy dueño de la consignataria Transfélix S. L.

—Gracias —dijo con tono cansino.

Brais apuntó el nombre con calma. Dejó pasar otro par de segundos. Y, de pronto, cambió la cara. Se le endureció entera.

—¿Qué hacía usted al lado de un cadáver, José Félix?

La pregunta cayó como un ladrillo. El hombre se removió incómodo. Miró al abogado otra vez. El otro asintió.

—La gente me llama Félix.

—Claro, claro —dijo Brais con desgana—. Continúe.

—Habíamos quedado allí por un asunto de negocios —empezó—. El domingo por la tarde estuvimos reunidos con unos representantes de un fondo inversor interesado en comprar la factoría.

—¿Qué factoría?

—La conservera —respondió como si se tratara de una obviedad.

—La conservera está inactiva.

—Sí. Bueno. Digamos… en desuso. Precisamente por eso.

Perico intervino, seco:

—No diga “digamos”. Diga lo que es.

Félix se aclaró la garganta.

—Está inactiva desde hace tiempo, sí.

—Siga —arremetió Brais.

—El tema estaba bastante avanzado. Ayer terminamos de perfilar varias cuestiones, las bases de la compraventa y demás, y quedamos hoy a las once de la mañana en la propia factoría, para verla sobre el terreno.

—¿Todos quiénes? —preguntó Perico.

—Los representantes del fondo, Alfonso Rivas, como propietario… y yo.

—Continúe.

—Yo llamé a Francisco Lozano, un estibador de mi confianza y amigo, para que se viniera conmigo antes. Queríamos abrir antes de la hora, echar un vistazo, comprobar que todo estaba… en orden.

Aquella última expresión quedó flotando unos segundos, ridícula. Brais la dejó flotar. Luego preguntó:

—¿A qué hora quedaron ustedes dos?

—A las nueve y media.

—¿Y?

—Abrimos la puerta. Entramos. Y… eso.

—¿Eso qué quiere decir? —dijo Brais, con la voz más agria—. Explíquese.

Félix notó la trampa de su propia vaguedad y se irritó un poco.

—Pues que nos encontramos el cuerpo de esa… de esa mujer.

A Brais le supo a desprecio la manera de hablar del consignatario.

—¿Cuánto tiempo estuvieron allí antes de que el policía los viera? —preguntó Perico adelántandose a su compañero.

—Muy poco. Dos minutos. Tres. No sé. Muy poco.

—¿No vieron el coche de policía al otro lado del muro?

—Vi un coche, sí. Pero por allí patrullan a veces. Los de la policía portuaria o quien sea. No me llamó la atención.

Brais hizo una anotación.

—¿Y el estibador? —intervino Brais.

Félix frunció el ceño.

—¿Qué pasa con él?

—¿Llegaron a la vez?