Capítulo 3 – Comisaría en cuadro 23
Brais y Perico, tanto monta, monta tanto, habían caminado unos metros en silencio.
La extraña pareja, un rockero decadente con chupa de cuero a treinta y siete grados y un tipo bajito y fornido al estilo Donkey Kong con traje de Galerías Preciados andando sobre un asfalto que reverberaba casi incandescente.
—Lo del tipo de la mañana… —dijo Perico al fin, mientras se quitaba un “paluego” de la boca sin ningún pudor—. No me cuadra.
Brais negó con la cabeza sudorosa.
—Nada cuadra. Y encima me toca los huevos lo que me comentaste.
—¿El qué? —preguntó Perico intrigado—. ¿Te crees que te leo la mente o qué?
—Perdona. Estaba pensando para mis adentros sobre una cosa que vi en la conservera y no te comenté. O mejor dicho, algo que no vi.
—Joder, macho. A veces te explicas como un libro cerrado a cal y canto.
—Es que no me siento escuchado en esta relación —dijo Brais poniendo cara de triste enamorado.
—Déjate de pamplinas y cuenta de una vez.
—Valeeee —admitió Brais—. Me refiero a lo de que no hubiese ni una puñetera cámara funcionando ni en la conservera ni en los alrededores.
—Ya ves. No querrán gastar en una factoría que no funciona. No siempre hay suerte. Como ahora, que son las tres y medía de la tarde y no hay ni una puñetera sombra hasta la comisaría.
En esos momentos el calor (la caló) ya no apretaba: aplastaba.
No corría ni una mijita de aire. Levante en calma: el terror de los gaditanos en periodo estival.
Porque cuando el viento de Levante se queda quieto, es como si alguien hubiera cerrado la tapa de una olla y se hubiera olvidado del fuego encendido.
Brais y Perico avanzaban hacia la comisaría con sendos bocadillos en la mano, envueltos en papel grasiento del bar de Juaqui.
—La berza hoy estaba buena —dijo Brais, con media boca llena.
Perico lo miró con asco.
—Tú tienes un problema serio.
—¿Por? —preguntó Brais.
—Porque con este calor te metes eso entre pecho y espalda y te quedas tan ancho.
Brais dio otro bocado.
—Eso da fuerza.
—Eso da gases.
—También. Pero yo no soy de esos.
—No, que va. Tú eres un espíritu puro que no expulsa metano por sus orificios. Vete al carajo —terminó de ironizar lanzando una mano hacia el cielo.
—Pues ahora que lo dices, me está doliendo la barriga. Prepárate.
Entraron en el patio de la comisaría. El eco de sus pasos sonó hueco, como si el edificio estuviera medio vacío. Y, en cierto modo, lo estaba. Garrido estaba en una mesa, solo, con una cerveza sin alcohol y un paquete de patatas fritas al ajillo. Brais lo vio y resopló.
—Mira tú… ¿qué celebrará este menda?
—Está de vacaciones en un rato —dijo Perico.
—Ahora lo entiendo. ¿Y nosotros qué? ¿Los últimos de Filipinas?
Se acercaron.
—¿Te vas a quedar tú solo aquí o qué? —preguntó Brais al afortunado, sin saludo adicional.
Garrido levantó la mirada despacio.
—Es mi rito de paso hacia la libertad estival.
—¿El qué?
—Que me voy —zanjó Garrido con un tiento a la birra.
Perico intervino.
—No te flipes, Brais. Que yo en una semana también me largo.
Brais lo miró con cara de perro.
—Claro. Me dejáis aquí… de guardia. Al jefe no se le hace eso.
—Te veo bien —dijo Perico—. Te pega estar aquí. A tus anchas.
Brais bufó y miró a Garrido.
—Cuéntame lo del otro tipo, anda. Lo del que estaba medio muerto fuera de la conservera.
Perico añadió:
—Y explícate bien, que tú fuiste el que dijiste que había dos muertos.
Garrido levantó una mano, pidiendo turno como si estuviera en clase. Terminó de masticar una patata frita y comenzó a hablar:
—A mí me llaman y me dicen que hay un posible cadáver. —Engulló unas cuantas patatas más y dio un nuevo buche a la sin alcohol.
—Sigue —dijo Brais, impaciente.
—Voy, voy. A ver. Un policía portuario haciendo su ronda matutina. Vio a un hombre tirado. El portuario llama a la Nacional, uséase, nosotros. Un par de compis de los nuestros se pasa y pone en marcha operativo para que una ambulancia atienda al colega del traumatismo.
—Podía haber llamado a la Benemérita el portuario… —se quejó Perico—. ¿Y?
—Luego me vuelven a llamar. Ahora dicen que hay dos.
—¿Dos cadáveres? —preguntó Perico.
—Sí. Y luego dicen que uno otra vez.
Brais se quedó mirándolo.
—¿Pero tú te estás escuchando?
Garrido encogió un hombro.
—Eso es lo que dijeron —dijo tras un nuevo y estruendoso bocado al paquete de patatas chips.
—Explícalo bien, coño —insistió Brais.
Garrido bebió otro trago de cerveza.
—A ver. Os explico a mi manera. Uno de los agentes que va por el aviso… ve al hombre. Está junto al muro de la conservera. Inconsciente. Golpe fuerte en la cabeza.
—¿Se cayó?
—Golpe fuerte. Si se cayó o no…
—¿Y está vivo?
—De milagro. Lo han llevado a la UCI.
Brais se quedó un segundo pensativo.
—Sigue, anda —le pidió.
—Su compañero se queda con la ambulancia —continuó Garrido—. Él entra a mirar.
—¿Entra dónde?
—En el recinto interior de la conservera. La puerta corredera que da acceso estaba abierta.
Perico frunció el ceño.
—¿Abierta?
—Sí.
—Sigue —dijo Brais.
—Se acerca a la nave. Ve que la puerta también está abierta. Se asoma…
Garrido hizo una nueva pausa, pero en esta ocasión era más por dárselas de interesante que por comer o beber. Su rostro era el de alguien que sabe algo que los demás no saben: sonriente y henchido de satisfacción.
—Y ve el cadáver de la chica —anticipa Brais, emocionado y admirado por la capacidad minimalista para contar historias de Garrido.
—¿Y los otros dos? Los que detuvisteis —interviene Perico.
—Dentro. Todos dentro. Los tres.
—¿Haciendo qué? —preguntó Brais.
—Allí. La chica tirada en el suelo y los otros dos como pillados in fraganti por el agente de la policía nacional que se pasó. Los detuvo y hasta aquí puedo leer.
Perico negó con la cabeza.
—Esto no hay por dónde cogerlo. Tendrán que explicar mucho.
—Los dos dicen que no han sido —añadió Garrido—. Lo típico.
Perico se giró hacia Brais.
—Pues esos dos están arriba. Esperando con paciencia.
Brais no pudo evitar dar un mordisco al bocadillo. Masticó lentamente. Era verdad que le dolía la barriga.
—Vamos ahora —dijo.
—¿Ahora mismo?
—Ahora cuando termine esto y pase por el cuarto de baño.
—Vas a explotar de gula —dijo Perico.
Brais sonrió ligeramente.
—Hay obligaciones ineludibles. Además, hay que hacerse esperar. A mí me gustan los sospechosos así… en su tinta.
—Qué cabrón —le espetó Perico con una sonrisa de complicidad.
—Que suden un poco. Con esta caló… —miró hacia el techo del patio— van a cantar por peteneras.
Garrido se levantó.
—Yo me voy —El agente era la perfecta estampa de la felicidad estival.
—Claro que te vas —dijo Perico—. No te vayas a cansar de no hacer nada en vacaciones.
—No te preocupes por mí —se despidió con un saludo a la remanguillé y se fue sin más ni más.
Brais se limpió las manos en el papel del bocadillo.
—No quiero terminar muy tarde —dijo de pronto—. Tengo que pasar por el Puerta del Mar.
—¿Tu padre?
—Sí. Tengo que recoger una cosa. Un volante para una prueba de rutina.
—¿Cómo está Toño?
Brais hizo un gesto raro.
—Bien… demasiado bien.
—¿Eso es malo?
—Desde que está la Zuleidy en casa… —se encogió de hombros— está feliz como un gilipollas.
Perico soltó una risa.
—Qué hijo de puta eres.
—Yo digo la verdad —repuso Brais.
Perico lo miró con intención.
—Como tú, que estás solo, ¿no?
Brais ni contestó.
—Venga —dijo—. Vamos para arriba.
Empezaron a subir las escaleras, pero Brais se paró en seco. Perico casi se lo lleva por delante.
—¿Qué pasa?
Brais miró el reloj.
—Las cinco.
—¿Y?
—Tengo que ir ahora.
—¿Ahora?
—Antes de que cierren.
Perico abrió la boca.
—¿Me estás diciendo que me dejas solo con los dos pájaros?
—Ve mirando cosas —dijo Brais—. La chica, sus cosas, lo que sea.
—Vanesa dijo algo.
Brais levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Ecuatoriana. Camarera de piso. En un crucero en reparación.
Brais asintió despacio.
—Vanesa… —murmuró— siempre está en todo.
—No tardes —añadió Perico—. Que como venga un abogado listo…
Brais torció el gesto.
—Sí, sí… ya me acuerdo. Sería un… ¿cómo se dice?
— Déjà vu —contestó Perico con boca de francés acaramelado.
—Pues eso.
Brais empezó a bajar otra vez.
—Estoy quemado —dijo—. Con tanta calor y con esta comisaría vacía y con el aire acondicionado sin funcionar en condiciones.
Perico lo miró de arriba abajo.
—Con esa chupa estás cocío , mamón.
- o -
La zona del hospital Puerta del Mar era otro mundo.
Gente con sillas de playa, mochilas, neveritas. El ir y venir constante. El autobús número 1 parando y arrancando, tragándose turistas y escupiendo más.
Brais salió del hospital con el volante en la mano. Lo había resuelto rápido. Y no había tenido ocasión de discutir con nadie.
—Milagro —pensó para sí mismo.
Cruzó hacia el parking. Y allí empezó la escena.
Un coche con el volante a la derecha bloqueaba la salida.
Dos ingleses delante de la máquina, tranquilos, como si estuvieran eligiendo vino, hablando entre ellos en inglés de Oxford.
Mientras, detrás una hilera de vehículos que esperaban colgados de sus respectivos cláxones a salir.
Brais llegó hasta su Dacia Logan, que, por arte del destino, se encontraba justo detrás del coche matriculado en la pérfida Albión. No podía ni abrir la puerta.
—Venga ya… hombre…
Los miró.
—¿Os vais a quedar a vivir aquí o qué?
Los ingleses ni se enteraron.
—¡Que esto es una salida, coño!
Nada. Ni le miraron. Brais dio un paso hacia ellos.
—¡Que hay más gente, joder! —bramó.
Uno de los ingleses levantó la vista, confundido.
—¿Ticket…?
—Ticket tu puta madre —murmuró Brais acompañado de un movimiento de manos que no auguraba nada bueno.
Los dos ingleses entendieron lo que los holandeses ante los tercios de Flandes y se encogieron en sus asientos. No atinaban siquiera a pisar el acelerador. En el inspector jefe más borde de Nueva Gades se acumulaban todas las señales de un ataque de ira…
Y entonces alguien dijo:
—Brais.
Se giró. Apretó la nariz y entornó los ojos. Tardó un segundo en reconocerlo.
—¿Beli?
Sonrió. De verdad.
—¡Hostia puta!
Se acercaron. Se dieron un abrazo torpe entre ruidos de bocinas quejumbrosas y enfadadas.
—Cuánto tiempo, quillo.
—Demasiado.
Brais señaló a los ingleses, que seguían a lo suyo, intentando marcharse de allí.
—Me están tocando los huevos estos.
—Déjalos, hombre —dijo Beli, con una sonrisa floja.
Brais le hizo caso y los dejó.
—¿Qué tal estás?
Beli se encogió de hombros.
—Tirando. Ya sabes… se me van las mejores.
—Sigues en la parra.
—Siempre.
—¿Y qué haces aquí? —le preguntó Brais aún con sincera alegría y emoción en su cara.
—Trabajo aquí… —Beli hizo una pausa y señaló la garita del parking— en el aparcamiento este.
Brais lo miró de arriba abajo.
—¿Tú?
—Sí, bueno…
Beli sonrió, pero se le notaba algo raro. Como si estuviera siempre a medio segundo de perder el hilo.
—Tengo lo mío —añadió—. La próstata…
—Joder.
—Pero no me agobio.
Brais asintió.
—Me alegro de verte, tío.
—Y yo.
Se quedaron un segundo en silencio.
—¿Y tú? —preguntó Beli—. ¿Sigues con lo tuyo?
—Sí. Madero. De los malos. Es decir, de los buenos. Ya sabes. Robos… y ahora un cadáver.
Beli se persignó automáticamente.
—¡Coño! —exclamó.
—Y uno medio muerto.
—¡Coño! —repitió Beli con más ímpetu.
Le sonó el teléfono a Brais. Era Perico.
—¿Dónde coño estás? —preguntó el subinspector Vélez.
—Aquí —respondió Brais.
—¿Aquí dónde?
—En el hospital. Es decir, en el parking de enfrente del hospital.
—¿Y piensas venir o qué?
—Si me lo permiten unos británicos gilipollas, salgo ya.
—Que se nos van a pudrir los dos. Se ponen nerviosos, sobre todo el del trajecito.
Brais sonrió.
—Que no, hombre. Tienen que hacerse por los dos lados.
—Date prisa, picha mía, que no quiero terminar muy tarde.
Colgó.
—Tengo que irme —le dijo Brais a su viejo amigo.
Beli asintió.
—Sigues igual de borde, ¿sabes?
Brais sonrió de lado.
—Y tú igual de perdido.
Beli lo miró un segundo.
—Pero yo sé que, aunque no quieres que la peña se cosque, tienes buen fondo.
Brais no dijo nada.
—Tenemos que quedar —añadió Beli. El típico comentario entre dos gaditanos que seguramente no volverán a verse en mucho tiempo.
—Sí.
Se dieron otro apretón de manos. Brais se subió al coche. Arrancó.
Y mientras salía del parking, ya sin el obstáculo del coche inglés, se quedó pensando en una cosa. No sabía muy bien por qué. Pero se alegró. Se alegró mucho. Y Beli tenía la culpa.