Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 2 – Cadáver en conserva 16
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Capítulo 2 – Cadáver en conserva 16

El calor no era calor. Era una cosa pegajosa, espesa, como si alguien hubiera decidido freír el aire y luego volver a meterlo en Cádiz para ver qué pasaba.

—Treinta y siete grados —dijo Perico, cerrando la puerta del Dacia—. Treinta y siete… y subiendo.

Brais no contestó. Se quedó un segundo con la mano apoyada en el techo del coche, respirando hondo, como si el gesto sirviera de algo.

El aire acondicionado llevaba muerto desde hacía semanas, y el Logan era ahora una especie de horno portátil con ruedas.

Lo había aparcado fuera del recinto de la conservera, porque aquello estaba ya montado como una romería policial.

Se inclinó hacia el asiento trasero y sacó la chupa de cuero.

—¿En serio? —Perico lo miró como si acabara de ver a alguien encender una chimenea en agosto—. ¿Te la vas a poner?

Brais dudó medio segundo. Luego se la echó al hombro.

—No me la voy a poner… pero me la llevo.

—Claro, claro. No sea que cojas frío en la garganta.

Brais le lanzó una mirada de esas suyas, medio torcida.

—Es… es como un amuleto.

—¿Un amuleto? —Perico ya se estaba riendo—. ¿Pero tú te escuchas?

Brais murmuró algo.

—¿Qué?

—Que era de mi madre —dijo, más bajo.

Perico dejó de reírse un instante. Solo uno.

—Pues vaya amuleto más caluroso, cabrón.

—No sé de qué te ríes —Brais se le adelantó, con ese arranque suyo cuando se le cruzan los cables—. Que venimos a ver dos muertos.

Avanzaron hacia el cordón policial. Y aquello, sí, era un despliegue curioso.

Cinta por todos lados, hitos marcando recorridos, perímetro cerrado desde la entrada.

La conservera al fondo, una nave grande con una puerta metálica verde que parecía más nueva que todo lo demás, como si la hubieran pintado para una foto y luego se hubieran olvidado de ella.

—Menudo tinglado —dijo Perico—. Menos mal que aquí no pasa ni Dios.

—Si no… —Brais miró alrededor— esto estaría lleno de curiosos.

A un lado, fuera del perímetro, estaba la furgoneta de la científica. Blanca, con los distintivos bien visibles.

—Han llegado antes que nosotros —dijo Brais.

—Eso ya es raro —respondió Perico.

Brais entrecerró los ojos, mirando más allá.

—¿Ves eso?

—¿El qué?

—La moto.

A lo lejos, apoyada cerca de una farola, una chopper reluciente.

—El poeta tiene una así —dijo Brais—. Dijo que se había comprado una…

—No es la suya —respondió una voz.

Ambos se giraron. Vanesa acababa de bajarse de un coche patrulla. Garrido ya estaba caminando en dirección contraria, sin saludar, como si aquello fuera su forma de saludar.

—Está de vacaciones —añadió ella.

Brais se quedó un segundo en silencio.

—Ah.

No le dio tiempo a procesarlo. La puerta de la nave se abrió desde dentro y apareció Lorena. Y entonces sí que Brais se puso tenso.

Perico lo miró de reojo, sin disimular nada. Lorena se quitaba los guantes con un gesto rápido, profesional, mientras caminaba hacia ellos.

—Buenas.

—Ho… hola —dijo Brais, y se le trabó el saludo en la garganta.

—¿Qué tal? —Lorena lo miró directamente—. ¿Venís por lo mismo que yo?

—Sí, bueno… —Brais se aclaró la voz—. ¿Qué nos puedes decir de los cadáveres?

—¿Qué cadáveres? —preguntó Lorena con gesto de incomprensión y el ceño apretado.

Brais parpadeó.

—¿No… no eran dos?

—Yo solo he visto uno —respondió ella—. Y con uno tengo suficiente, gracias.

Brais giró la cabeza hacia Perico y le hizo un gesto con los dedos: uno, dos.

Perico se encogió de hombros.

—Mujer —continuó Lorena—. Joven. Todo apunta a estrangulación.

—¿Manual o…?

—Manual. Pero ya sabes cómo va esto —se encogió de hombros—. Hasta la autopsia, nada es definitivo.

—¿Hora de la muerte?

—Anoche. Entre las diez de la noche de ayer, domingo, y la una de la madrugada, más o menos —contestó. Tras ello consultó su reloj y se puso en marcha—. Tengo que irme. Tengo a los nuevos en el anatómico y si los dejo solos me desmontan el laboratorio.

Se despidió con un gesto rápido y se fue sin esperar respuesta. Brais se quedó mirándola marcharse.

—Vamos —dijo Perico—. Que se nos enfría el cadáver.

—Tú me dijiste dos —insistió Brais mientras avanzaban.

—Eso me dijo Garrido.

—Pues a ver si alguien se aclara.

Entraron por el acceso de vehículos. El suelo cambiaba de asfalto a un camino de baldosas mal puestas, con huecos y tierra entre medias.

Dentro del recinto, todo parecía más abandonado. Más muerto, incluso antes del muerto. Un tipo de la científica salía en ese momento por la puerta peatonal, quitándose el gorro y las gafas. Brais lo paró.

—Oye, ¿ya habéis terminado?

El hombre lo miró como si le molestara la pregunta en sí.

—No —respondió abruptamente.

—Ah.

—Me voy a un domicilio. Robo. No damos abasto.

—Ya… —Brais sonrió de medio lado—. Pensaba que hoy habíais corrido.

El otro no le devolvió la sonrisa, pero a cambio le ofreció unos cubrepiés.

—Póntelos si quieres entrar en la escena del crimen —le espetó y se fue sin más.

—Qué simpático —murmuró Brais.

—Le caes bien —respondió Perico.

Se calzaron los cubrepiés y pusieron rumbo hacia el crimen.

—Por cierto —dijo de repente Vanesa, que se había acercado sin hacer ruido—. Fuera hay marcas de ruedas.

Ambos se giraron.

—¿Dónde?

—En una zona de tierra. Dentro del recinto, pero fuera de la nave.

—¿Grandes? —preguntó Perico.

—Sí. De coche grande. No hay muchas más.

—Será de un camión —dijo Perico, quitándole importancia.

—Puede.

—Si no, los de la científica ya lo tendrán —añadió—. Son muy gilipollas para algunas cosas, pero hacen bien su trabajo.

Se adentraron en el interior de la factoría a través de la puerta para personas incrustada en la puerta principal, una lámina metálica y verde preparada para aceptar vehículos de gran tamaño.

Ya dentro, los focos de la científica peleaban contra la penumbra.

Brais y Perico enseguida se acostumbraron a la luz a tiempo de presenciar la habitual danza de los de la científica pululando de un lado para otro, disparando con sus flashes hacia cualquier posible elemento interesante alrededor del crimen para, a continuación, ir quitando ya algunos de los hitos que habían colocado.

—Vamos a esperar a que acabe esta gente. Ya están terminando —dijo Brais.

—Ya, sí… —corroboró Perico, distraído, mientras echaba un vistazo general al lugar—. Parece que no se han gastado mucho en adornar la factoría. Está casi en bruto.

—Lo que es mayormente un negocio fantasma. Leí en la Gaceta de Gades…

—¿El diario gratuito de tu amigo Luis Aguirre? —le interrumpió el subinspector.

—Sí, ese —contestó Brais, que retomó el hilo, mientras no dejaba de escrutar a su alrededor con lentitud—.

Por lo que trata de demostrar en un artículo que leí el otro día en su periódico, la conservera se montó con el único objetivo de cobrar ayudas públicas; pero en realidad, el tiempo que estuvo de verdad en marcha, nunca funcionó con visos de aguantar en el tiempo.

Y, de hecho, aunque digan oficialmente que está parada supuestamente por problemas de provisión de género, al parecer tampoco ponen interés real ninguno en traer material.

—Han cogido todo el dinero que querían y después cerrarán —apuntilló Perico mientras negaba con la cabeza para mostrar su indignación—. Si todo lo que traen viene del Mar Cantábrico y más para arriba; no es lógico ubicar una empresa así aquí.

—Exacto. Hace falta más tejido productivo y más empresas, pero de verdad, no como esto —aseveró señalando a su alrededor—. Pero como no hay, nos tenemos que conformar con el turismo, que cada vez se está poniendo más chungo.

Perico echó la vista atrás, afuera del edificio. Las voces de gente hablando llamaron su atención.

—Mira, Brais —le espetó mientras le tocaba el brazo—. Mira, mira. Justo ahí fuera. Creo que es precisamente el dueño de la conservera fantasma, Alfonso Rivas. Como un pincel va el tío. De etiqueta.

—¿Dónde?

Perico señalaba con insistencia al exterior.

Pero Brais, con la luz del sol pegándole en los ojos, lo único que pudo identificar fue la silueta de alguien pasando delante de la puerta; alguien altivo y con paso solemne, acompañado de lo que parecía, por el tipo de gorro que cubría su cabeza, uno de los guardias civiles que cubría la entrada al puerto industrial de Nueva Gades.

—Habrá venido para cuidar de su propiedad antes de venderla —señaló Perico—. Querrá controlar daños.

—¿Controlar daños? —Brais apretó los ojos para significar su falta de entendimiento.

—Claro —dijo Perico—. Se rumorea que va a ser candidato a Alcalde, ¿no? Pues entonces no querrá que lo relacionen con muertes y cosas desagradables como esta. Ya sabes, los sesgos relacionales y demás.

—¿Estás estudiando otra vez psicología o qué?

—Vete a la mierda.

—No te me enfades, Pedro. Ya te entendí.

—Pues eso —continuó el subinspector Vélez enfurruñado—. Este tipo tiene muy buena prensa entre mucha gente, gracias a un tipo de medios de comunicación y habrá venido para mover sus hilos.

—Bueno, bueno. Vamos a ponernos a trabajar, que me está entrando hambre y cada vez que me da la gazuza me da un dolor por aquí por las tripas. ¿No sé si a ti te ha pasado? —preguntó Brais con cierta ansiedad.

—Vas a tener que ir a un psicólogo para lo de tu hipocondría, picha mía.

—Pero titulado. No como tú, que no aprobaste ni tres asignaturas cuando te pusiste a estudiar.

—Anda, dale, cojones, que ya han terminado los de la científica.

Reemprendieron la marcha y se ubicaron ambos ante el cadáver. La mujer estaba boca arriba. Brazos abiertos. Piernas cruzadas de forma rara, como si alguien las hubiera colocado sin mucho cuidado. Vestido rojo. Un bolso pequeño. Gafas de sol. Y un pañuelo tirado a un lado.

—Con esa ropa que llevaba la muchacha… —dijo Perico— tenía que llamar la atención. Y más en una zona como esta, donde apenas hay movimiento.

—Le falta un trozo al vestido —intervino uno de la científica sin mirarles—. Hemos cogido muestras.

—¿De qué parte? —preguntó Brais mientras azuzaba a sus ojos para encontrar la parte ausente de tela.

—Es mínimo. Por la parte baja, en un lateral.

Brais rodeó el cuerpo. Se detuvo al otro lado. Buscó, pero a simple vista no encontró esa porción de vestido que ya no estaba. Alargó la mirada y se centró en la cara de la chica muerta.

Rostro joven. Rasgos… sí, probablemente sudamericana.

—¿Crees que era prostituta? —dijo Perico en voz baja.

Brais hizo un sonido raro.

—No lo sé… podría ser —añadió mientras se agachaba—. Pero no está maquillada.

Brais inició un diálogo consigo mismo. Afloraba en los momentos iniciales de una investigación. Pero las palabras que se podían oír solo eran la punta del iceberg del amplio monólogo interno que mantenía con el entorno y, sobre todo, con el cuerpo sin vida que tenía ante sí.

Mientras se tocaba la barbilla algo le llamó la atención. Miró hacia una de las manos del cadáver.

—Le falta una uña —dijo con gesto adusto. Tras eso se incorporó de golpe—. Bueno, ya nos dirán. —Dio un paso atrás—. ¿Sabemos quién es?

—No —respondió Perico—. ¿Para empezar a tirar del hilo?

Brais negó lentamente.

—No. Bueno, sí… pero no solo por eso.

Se quedó mirando el cuerpo un segundo más.

—Sin nombre… —murmuró— es… es solo un objeto.

Cuando tiene nombre… ya es otra cosa. Con el nombre empieza todo.

Mientras no hay individualidad es solo una etiqueta (mujer, cadáver, cuerpo…), todo se deshumaniza.

Cuando se individualiza, ya puedes empatizar.

Últimamente muchos usan esa estrategia de despersonalizar para conseguir lo contrario.

Perico asintió, serio, a la perorata.

—Acuérdate de preguntar qué hay en el bolso de la mujer —añadió Brais, que salió de repente de su ensimismamiento, y se giró hacia su compañero, el subinspector Vélez—. Y confirmar si llevaba o no teléfono móvil.

Salieron. El contraste de luz les obligó a entrecerrar los ojos. Se apoyaron en el murete de la verja. Y entonces Brais vio a Garrido, acompañado de otro agente y dos hombres más de paisano. Garrido paró para comentar mientras los otros tres seguían un poco más.

Brais entornó los ojos y observó con más detalle.

En esa segunda vuelta se percató del metal que refulgía en las esposas que cubrían las muñecas de ambos.

Uno de ellos iba con ropa de trabajo, cabeza gacha y la palabra “ESTIBADOR” en la espalda.

El otro era la antítesis: traje azul impoluto, altivez de pago y cara de no merecer estar allí.

—¿Qué pasa, Garrido? ¿Quiénes son estos dos?

—Estos —dijo señalándolos como un premio de caza— estaban por aquí. Los ha localizado un compañero policía. Estaba aquí por el aviso del tipo en coma.

—¿Qué aviso? —preguntó Brais con cara de incomprensión.

Garrido iba a contestar, pero le interrumpieron justo cuando preparaba los labios para emitir la respuesta.

—¡Señor! ¡Señor! —gritó el agente que custodiaba a los dos hombres—. La puerta, ¿cómo se abre? —El joven policía señalaba inquieto a uno de los dos coches patrulla que yacían aparcados en la calle.

—Perdona, López —se disculpó Garrido para pasar a dirigirse al novato—. ¡Voy, voy!

Garrido aceleró el paso.

—Garrido, cojones, no me dejes con la palabra en la boca. ¿A qué aviso te referías, joder?

—Al del que encontraron fuera del murete que cubre el perímetro exterior de la conservera —respondió en voz alta mientras tomaba del brazo al hombre del traje de chaqueta—. Luego comentamos, que este es nuevo y no quiero que se le escapen los detenidos.

Cada uno de los detenidos fue introducido en un coche patrulla distinto.

El tipo del traje, no obstante, se giró un segundo.

Miró a Brais abiertamente, sin esconderse.

Sin miedo quizás. Brais le sostuvo la mirada.

Perico, que conocía a su compañero, detectó peligro de explosión.

Pero Brais se limitó a sonreír. No era una sonrisa amable, pero valía para mantener la paz. Al menos de momento.