Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 1 – Bienvenidos al paraíso 9 #2
4%

Capítulo 1 – Bienvenidos al paraíso 9 #2

El fotógrafo, sonrisa forzada, agachó un poco la rodilla y disparó dos veces. En la segunda, Brais salió con los ojos como platos y el dedo corazón fingiendo rascarse la nariz. El tipo guardó la cámara con una mueca de triunfo y salió silbando, tan contento.

—Ya verás dónde acaba esa mierda —dijo Perico.

—En la portada, fijo —respondió Brais—. Con un titular bonito: “La Policía, al día con los robos: hasta el dedo lo investiga”.

La madre volvió al ataque.

—¿Nos van a decir quién ha sido o no? No podemos irnos sin saberlo y sin que nos devuelvan lo robado. Además, ha estado tocando con esas manazas suyas las cerraduras y los pomos.

—Mire, señora —Brais respiró hondo—. Esto no es CSI. No tengo a Grissom en el maletero ni a Horatio en la guantera.

—Lo que mi compañero quiere decir es que esto lleva su tiempo, no como en la tele —medió de nuevo Perico—. Este es un piso turístico. Pasan decenas y decenas de personas al mes, sin contar con el personal de limpieza. Por mucha huella que tomaran de la científica, no sería de mucha utilidad.

El padre se puso digno, hinchando el pecho.

—En nuestra ciudad la policía es mucho más profesional.

—Pu-pues vuelva a su ciudad —sonrió Brais con ácido en la voz—. A lo me-mejor allí le está espe-perando el CSI al completo.

Perico, consciente del tartamudeo de Brais y lo que significaba, se aclaró la garganta para salvar el momento a la vista de la borrasca que se avecinaba.

—Estamos investigando varios casos iguales. Todos a turistas, sin forzar puertas, sin señales. No es el primero y me temo que tampoco será el último, por desgracia.

—¿Pero van a hacer algo? —bufó el padre.

—Sí —dijo Brais—: anotar todo y analizar toda la información que recabemos; y, de paso, recomendarles que guarden el efectivo en una caja fuerte o similar. No sé dónde viven, pero una maleta de mano es el primer lugar donde mira hasta un ladrón con ética.

Revisaron de nuevo ventanas, marco a marco, el pasador del balcón, los alfeizares, el rodapié bajo el mueble de TV. Nada. El ladrón trabajaba limpio; tan limpio que, al principio, más de uno en comisaría pensó en denuncias para cobrar el seguro. Pero ya iban once con ese mismo calco.

—Total, que vamos a tragarnos robos todo el verano —murmuró Perico.

—Con la mitad de la plantilla de vacaciones —añadió Brais—, tú dirás…

De la cocina salió un golpe seco. El crío del flotador colgante había tirado una sartén. Brais cerró los ojos un segundo.

—O los ata o llamo a Menores —dijo sin mirar a los padres.

La madre se apresuró a atrapar a los dos niños como si fueran gatos mojados.

—Vamos a necesitar que redacten un inventario de lo sustraído, ¿de acuerdo? —señaló Perico.

El matrimonio asintió con el rostro aún contraído por la irritación.

—¿Y han visto a alguien sospechoso últimamente? ¿Alguien cuyo rostro se repitiera en sitios distintos? ¿Alguien que no les cuadrara? —preguntó Brais.

—Ummm —el padre se llevó la mano al mentón. Que yo sepa, nadie —concluyó—. ¿Verdad, Sonsoles?

—No sé. Creo que no. Si somos gente maja.

Brais esbozó una mueca indescifrable.

—A veces los ladrones escuchan y observan a sus objetivos a cierta distancia, pero sin estar demasiado lejos. Puede ser cualquiera —dijo Perico.

El matrimonio dio muestras de buscar en sus recuerdos. Ambos miraban hacia el techo, en estado de arrobamiento y con las manos entrelazadas, con los dos niños a sus pies. Una estampa religiosa contemporánea que se rompió con los golpes que empezaron a darse los chiquillos.

—En los primeros pisos que vimos —continuó Perico obviando el escándalo infantil— llegamos a pensar que no había robos, sino gente buscando que el seguro pagara.

Pero cuando se repitió el modus operandi , con todo limpio, sin desorden, sin nada forzado…

nada de nada… Solo alguien que entra y sale como Pedro por su casa. Ahí, todo cambió.

—El que sea —añadió Brais— es un crack de las cerraduras. O eso o tiene una llave maestra de todos los pisos de Cádiz. Así que…

El móvil de Brais comenzó a vibrar en su bolsillo, pero no hizo siquiera el ademán de mirarlo.

Le estaba pesando demasiado la mañana y el resto de días que llevaban de avisos de robos encadenados.

Y, encima, su amigo Agustín, el comisario de distrito, dándoles más calor aún con los “robos a turistas”, como si con eso se fueran a arreglar todos los problemas de la ciudad.

—Pues no sé a qué esperan. Deberían estar en la calle buscando a los ladrones —insistió la madre.

—Señora, en eso estamos —respondió Brais antes de ser interrumpido.

El vecino autóctono del tercero se había asomado de lejos por la puerta entreabierta.

—¡El turismo es la ruina! ¡La ruina!

—Cierre, hombre —gritó Brais sin volverse—. Que entra la caló.

Perico hizo fotos con el móvil: cerradura, ventanas, la maleta Samsonite… El ambiente olía a aire acondicionado mezclado con crema solar con aloe vera y colonia Varón Dandy descatalogada.

Entretanto, el padre esbozó una sonrisa diplomática mientras contenía a su ofendida esposa.

—Nos vamos pasado mañana —dijo—. Si no se sabe nada hasta después, ¿cómo nos avisan?

—Al número de teléfono que faciliten en la denuncia formal que interpongan en comisaría —respondió Perico.

—¿Cómoooooo? —gritó la mujer, desatada—. Yo no voy a ir a ninguna parte.

—Pues si no ponen denuncia…

—¡Esto es inconcebible! ¡Un despropósito! ¡Un…!

—¿Me permite, señora? No escucho el teléfono y me están llamando de comisaría —le soltó Perico, al que también se le había agotado la paciencia.

El subinspector se puso el móvil en la oreja y contestó. Su expresión cambió de repente.

—¿Qué pasa? —preguntó Brais.

—Espera —le dijo Perico, que aún escuchaba concentrado lo que le decían por teléfono. Levantó la mano y, tras unos segundos, se despegó un poco del móvil y sin dejar de atender habló telegráficamente y en susurros a su compañero—: de comisaría. Muelle industrial. Conservera. Dos muertos.

Brais se quedó un segundo en blanco. El calor le quemó, el sudor invadió su frente, los gritos infantiles le cegaron y los párpados cayeron a plomo.

—¡Me cago en mi cama!

—Encima vamos a hacer doblete —dijo Perico tras colgar, a medias entre la broma y la derrota.

Brais ni siquiera se despidió de la sagrada familia.

Simplemente alargó la mano para recoger el flotador, que seguía clavado en la lámpara; a continuación se limitó a dejar su tarjeta en el recibidor de la entrada.

Tras eso, salió por la puerta cabizbajo, sin mirar siquiera al vecino del tercero, que continuaba allí plantado con la indignación tatuada en su rostro. Perico le siguió.

En la calle lo primero que recibieron fue una bofetada de fuego. El aire olía a fritura de alguno de los bares especializados en turistas a la brasa. Otra familia anunciaba su llegada al bloque con el chirriante sonido de las maletas a ruedas lijando los adoquines de la acera.

—A este paso, nos vamos a comer todos los delitos de la ciudad, Brais, picha —se quejó Perico.

—¿Acaso lo dudas? Somos los únicos pringaos que no se han cogido vacaciones.

—Bueno. Los ladrones y los asesinos también siguen trabajando.

—Quien no se consuela es porque no quiere.