Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 1 – Bienvenidos al paraíso 9
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Capítulo 1 – Bienvenidos al paraíso 9

El paraíso, cuando de Cádiz se habla, está siempre a un soplo de convertirse en un infierno. Uno seductor, atractivo y lleno de un embrujo sobrenatural, como dijo aquel, pero infierno al fin y al cabo.

Es cierto que en verano, el calor —la caló— no aprieta tanto como en otras ciudades merced al frescor que regala el mar —la mar—. Pero cuando el viento de levante lleva de la mano a un sol justiciero y, de repente, frena en seco su marcha, la vida gaditana se vuelve un suplicio bochornoso.

—Picha mía, a quién se le ocurre coger la chaqueta de cuero en julio.

Que son las doce de la tarde. Y encima vas de negro.

Todo el sol se te pega a saco, cojones —le restó Perico, que sufrió enseguida las consecuencias de hablar mientras subía las empinadas escaleras de una finca rehabilitada en el centro de Nueva Gades.

Tuvo que parar para recuperar el resuello en un descansillo, doblado como un avestruz en busca de la salvación.

—Por la mañana refresca —trató de justificarse Brais, que miró hacia atrás y vio a su compañero, el subinspector Pedro Vélez, dando boqueadas como un pez fuera del agua—. Pero al menos lo mío no viene de serie —terminó diciendo con una sonrisilla malévola.

El calor de julio en Cádiz estaba siendo una condena. Con cambio climático o sin él, la realidad era que se había convertido otra vez, como el anterior año, en el mes más caluroso de la historia en la ciudad.

Y, para colmo, el mediodía no ayudaba. Ni siquiera en Nueva Gades, donde la estructura de calles cuadriculadas solía facilitar el tránsito de un aire que en verano siempre refrescaba, viniese de donde viniese.

Pero el viento no corría. Las persianas bajadas trataban de guardar el poco frescor, las gentes se refugiaban en cualquier sombra y las gaviotas, rendidas, se quedaban clavadas en las cornisas, con el pico abierto como si fueran a hablar para quejarse del bochorno y la falta de peces.

El inspector jefe Brais López subía con más clase y menos esfuerzo, pero también resoplaba.

—Joder —se quejó—. Mucha rehabilitación del casco histórico, pero ni un puñetero ascensor.

Y encima nos encasquetan la ola de robos de guante blanco solo porque el primero fue en un piso de Nueva Gades.

Bueno, por eso y porque, con las vacaciones, hay menos policías disponibles que sitios en la playa de la Caleta un domingo de verano.

¿Tú qué opinas, Perico? —le preguntó con malicia, sabedor de su falta de oxígeno.

—Tus muertos… a caballo…

Perico jadeaba tocándose el costado y mirando hacia el techo con la boca abierta para facilitar la entrada de aire en sus pulmones.

—Pero qué triste, de verdad —sentenció Brais en un tono más serio y hosco.

—¿A qué… te refieres? ¿A… la… falta de… personal? —preguntó el subinspector con su último estertor, parado en el rellano entre el tercer y el cuarto piso.

—No, coño. Aquí antes vivía gente de verdad —refunfuñó Brais—. Vecinos que se saludaban, niños jugando a la pelota en la calle, olor a berza a las dos. Ahora, turistas con chancletas, calcetines y neveras de playa que llegan a las tres de la mañana como si la ciudad fuese su frigorífico.

—¡Los muertos del turismo! —exclamó alguien.

Inspector y subinspector se asomaron a través del barandal de la escalera.

—Sí, sí. Aquí abajo —dijo un hombre que rondaba los setenta, calvo, bajito y con bigote, asomado a la puerta de su casa, en la tercera planta—. Soy el último galo libre, como la aldea de Astérix. El único vecino autóctono que queda en el bloque.

—¿Está usted bien, señor? —preguntó Perico, empático como siempre.

—Por el momento. Hasta que me suba otra vez el alquiler uno de esos jodidos asustaviejas y me eche de mi casa para vender el edificio a un fondo buitre —respondió con un tono sombrío en la voz—. ¿Ustedes son policías?

El hombre, que vestía camiseta de tirantes, barriga descolgada y una mirada que mezclaba dignidad y cansancio, dio un par de pasos hasta salir del todo de su domicilio. Allí plantado, con los brazos en jarra, esperaba la respuesta a su pregunta.

—Sí, somos policías —contestó Brais—. ¿Le podemos ayudar en algo?

—Pues sí. Podrían hacer algo con esta invasión.

¡Que le den a los guiris, sean nacionales, comunitarios o extracomunitarios!

—reivindicó de repente casi a voz en grito—.

Mucho hablar de que el turismo es la panacea y que deja dinero, pero estos ni un euro dejan.

Traen la compra de su tierra, comen en casa y solo van un día a por pescaíto frito al freidor para poder subir la foto a esas mierdas de “istagrá” o “feisbú” o como coño se llamen.

—Señor, tomamos nota. Incluso puedo llegar a estar de acuerdo —añadió Brais—. Pero venimos por el robo que han denunciado.

—¿Qué robo? —preguntó sorprendido el viejo.

—En el cuarto derecha. ¿Ha visto usted algo raro?

—Sí, a una familia de pijos malajes con niños repipis y porculeros que van con cangrejeras y calcetines. Una monería, vamos. Con la caraja que llevan encima, seguro que se han dejado la puerta abierta.

—Gracias por la información, caballero —le dijo Perico con una sonrisa forzada—. Lo tendremos en cuenta.

El viejo resopló; parecía que iba a decir algo, pero finalmente desistió; simplemente se limitó a dedicarles una mirada frustrada y dio media vuelta con gesto de capitán de navío que abandona el barco a su suerte.

Arriba, en el cuarto, la puerta del piso turístico tenía un cartelito con el logotipo de un sol sonriente y un código QR.

Llamaron e inmediatamente abrieron. Dentro, la familia esperaba alineada como en una foto de comunión.

El padre, repeinado, con polo rosa Lacoste y cuello levantado.

La madre, delgadísima, gafas de sol enormes tipo máscara que no se quitaba ni bajo techo.

Y dos niños hiperactivos que enseguida empezaron a orbitar en círculo alrededor de sus padres, que permanecían impasibles al caos.

—¡Por fin! —saltó la madre—. Llevamos más de media hora. Esto en Boadilla no ocurre. ¡Nos han robado!

Un silencio incómodo, que rompió Perico.

—¿Qué les han robado? —preguntó mientras abría la libreta y empuñaba su bolígrafo.

—Dinero en efectivo, dos mil euros. Y unos pendientes de oro y zafiros de mi señora —dijo el pater familias, con uno de sus inquietos retoños abrazado a la pierna—. Estaban en una maleta de mano que guardamos bajo la cama.

Señaló una pequeña Samsonite impoluta de carcasa rígida que yacía en la esquina de la entrada.

Mientras Perico se acercaba a la familia para concretar detalles con los padres, Brais se agachó para revisar la maleta.

Palpó con los dedos la cerradura y el contorno de la goma.

Ni un arañazo. Luego se dirigió a la puerta de la entrada.

Miró, buscó, examinó. Igual: limpia, sin marcas en el bombín ni cerco alguno.

—Con permiso —dijo Brais, que se encaminó al salón del piso.

Fue directo al balcón, que permanecía cerrado, con los topes puestos y cierres nuevos e impecables.

—¿Las ventanas del cierro estaban abiertas? —preguntó elevando el volumen de su voz.

El padre se acercó al lugar en el que el inspector jefe continuaba examinando los ventanales.

—No. Cerradas. Ya sabe, para que no se vaya el frío del aire acondicionado.

La madre también se unió al examen, junto con Perico, que siguió a la dama, libreta en mano. La mujer se cruzó de brazos y apretó los labios. Su lenguaje corporal hablaba bien fuerte, pero se empeñó en verbalizar su desconfianza.

—¿Van a detener a alguien o no? Porque nos vamos en dos días.

—Claro, señora —dijo Brais con una mueca—. Ahora mismo le iba a escribir a los ladrones un mensaje de Whatsapp diciéndoles que se den prisa y que traigan lo robado. Haremos lo que podamos —concluyó mirándola de frente.

La mujer apretó los labios aún más. Parecía que iba a explotar. Y cuando lo hizo descargó su furia sobre los niños, que a grito pelado se perseguían entre sillas.

—¿A qué hora salieron esta mañana del piso? —preguntó Perico, sin levantar la vista.

—A las diez —contestó el padre—. Fuimos a la playa de la Victoria y hemos vuelto hace cosa de una hora. Lo justo para darnos cuenta de lo que faltaba y llamarles.

—¿Cerraron con llave?

—Por supuesto. Dos vueltas. No somos lerdos —espetó la madre—. Nosotros trabajamos mucho como para dejar puertas abiertas como se hace por aquí. Supongo que es una cuestión de idiosincrasia y… ya saben.

Uno de los rapaces golpeó a Brais en la espalda con un flotador.

Este lo recogió y con los ojos fijos en el niño, lo dejó clavado en la lámpara del techo, como quien cuelga un trofeo.

Luego, le dedicó una sonrisa malévola a ambos churumbeles, que se marcharon raudos a otra estancia con el susto en el cuerpo.

Pero el inspector regresó a la madre cuando creyó entender lo que insinuaba.

—Sí, seguramente, señora. Aquí somos muy flojos y no tenemos dónde caernos muertos —ironizó.

—Disculpe, señor agente —intercedió el padre—, pero…

—Inspector jefe y subinspector, respectivamente, si no le importa —le corrigió Brais.

—Perdón, señores. Es que nos alarma todo esto. No nos sentimos seguros.

—Es comprensible —medió también Perico para aliviar el ambiente enrarecido entre la mujer y Brais, que se miraban con algo más que cariño—. Pero tenemos que hacer preguntas.

—Sí —intervino Brais—. Y la cuestión es que aquí tampoco hay indicios de cerraduras forzadas, bumping ni nada por el estilo.

—¿Tampoco? ¿Es que ha habido más robos? —preguntó el matrimonio a coro, desconcertado.

Se disponían a responder con vaguedades y lugares comunes, pero un fogonazo desvió su atención.

—Heraldo de Gades —se presentó un hombre con cámara réflex y una acreditación al cuello.

—¿Quién carajo es este? —tronó Brais.

—Lo manda Agustín —susurró Perico, encogiéndose de hombros—. Lo escuché decir que hay que dar buena imagen para el turismo.

Brais clavó los ojos en el fotógrafo, pendenciero.

—Dos fotos y te largas. Dos —le advirtió.