Verano de muerte (Brais López 3) Epílogo 373
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Epílogo 373

Epílogo

Pese a todo, Brais salió del edificio con una sonrisa.

La reunión a la que le habían convocado se celebró en el despacho del nuevo Comisario Provincial.

También estuvo presente el de Distrito, Agustín.

Caras serias, voces agrias, palabras necias.

La reunión no fue para felicitarle y darle una palmadita en la espalda por haber resuelto en tiempo récord un caso de asesinato y otro de desaparición.

Al contrario, Brais tuvo que soportar un rapapolvos administrativo.

¿El motivo? No haberse centrado en los casos de robos.

Unos robos que, por cierto y por arte de birlibirloque, habían cesado cinco días atrás.

Brais no se quejó. Solo advirtió que esas entradas limpias y fugaces en pisos de turistas, en su humilde opinión, habían terminado, eran pasado.

No pudo citar a su fuente ni tampoco sus razones reales.

Se limitó a utilizar algo que, por otra parte, le desagradaba: los lugares comunes tales como “por mi experiencia”, “según mi intuición” y “a la vista de los hechos”.

Pero, por lo que fuera, no caló. Quizás la cosa habría cambiado si sus superiores hubieran sabido que en esos precisos instantes, los objetos robados estaban siendo entregados, por un mensajero de pies pequeños y gorra muy calada, en la Comisaría de Distrito de Nueva Gades.

Pero daba igual. Sus jefes, la pareja de comisarios, soportaban —o más bien, se dejaban llevar— demasiadas presiones políticas del ayuntamiento y demás fuerzas vivas de la ciudad, para frenar una ola de robos que temían que ahuyentara la gallina de los huevos bañados en oro del turismo local.

La sensación que Brais no pudo evitar sentir tras aquella encerrona con el nuevo Comisario Provincial fue la decepción.

Una primera —no sería la última— gran desilusión que arrasó con el recuerdo del primer encuentro con aquél, Juan Andrés Halcón, y que le hizo albergar expectativas positivas.

La realidad fue rápida a la hora de quitarle la máscara y descorrer el velo de una realidad que se empeñaba en confirmar casi siempre lo establecido por la Ley de Murphy.

Aún así, Brais se marchaba feliz. Incluso se atrevió a tararear una canción de Extremoduro mientras iba en pos de su coche portando una bolsa de tela en la que el tiempo pesaba más que otra cosa.

Se iba de allí contento porque, entre otras cosas, su amigo Beli iba a poder abrir una cerrajería en lugar de quedar encerrado entre unas rejas que no le permitirían sacar cabeza y vivir sin más necesidad de delitos y penas.

Tampoco se olvidaba de que, antes de irse de vacaciones, quería dejar cerrados unos flecos muy importantes que colgaban del caso principal: la trama de trata de blancas (o no tanto) en la que estaban involucrados, en mayor o menos medida, el estibador Javier Lozano, alias “el gordo”; José Félix Róvalo, dueño de la consignataria TransFélix; Franco Gámez, propietario del hotel Astarté; y José Ernesto Delano, segundo de a bordo del crucero Sovereign Coasts.

Gracias a las dotes informáticas de la agente en prácticas Vanesa Remigio, se habían podido unir las líneas, los unos y los ceros que conformaban una red —mitad virtual, mitad real—que se aprovechaba de chicas de diversas nacionalidades que tenían en común un gran atractivo y escasos ingresos.

Unas mujeres, tripulantes de cruceros con escala en Nueva Gades, que terminaban siendo ofrecidas como prostitutas de lujo low cost. El low cost, por supuesto, era solo para ellas, porque los organizadores de aquel sistema de proxenetismo obtenían pingües beneficios.

Pero lo que completaba la santísima trinidad de hechos causantes del inédito optimismo de Brais tenía que ver con una mujer también muy atractiva.

El inspector jefe la había llamado antes de reunirse con sus dos jefes.

Quería gestionar la entrega de un elemento probatorio.

Por eso le había dicho que se trataba de una cuestión de trabajo. Una excusa como otra cualquiera.

Cuando Brais llegó, ella ya le esperaba. El misterio le había podido a Lorena, que aguardaba extrañada por lo críptico del mensaje de Whatsapp del inspector jefe más borde de Nueva Gades.

—¿A qué venía eso de que “nunca el tiempo es perdido” que me has escrito? —le preguntó nada más verlo— ¿Acaso ahora no solo te gusta el heavy metal, sino que también te gusta la música de Manolo García? Pues que sepas que no te pega nada.

A Brais no se le borró la sonrisa tontorrona de la cara.

—Yo nunca he dicho que no me gustara El último de la fila —dijo guiñando un ojo—. Pero no van por ahí los tiros.

—Si hay disparos de por medio, te advierto que no me va a gustar —bromeó la forense—. Las heridas que provocan me dan mucho trabajo.

—No es un tema estrictamente laboral —continuó Brais aún con el mismo gesto ufano y divertido.

—No es lo que me decías en el mensaje. Aunque creo que eso me asusta más.

Tras hablar fue ella la que dedicó un guiño. Brais se puso nervioso ante el gesto, pero se obligó a tomar las riendas de la situación.

—Bueno, sí… —dijo Brais algo dubitativo—. Tiene que ver con los robos a turistas.

—¿Qué pasa con eso? ¿Has pillado a los ladrones?

—No. Pero sé que no se volverán a repetir esos robos.

—¿Entonces? —volvió a preguntar la forense con el ceño fruncido por la extrañeza.

—Entonces… toma —dijo Brais que le ofreció la bolsa de tela de la que no se había despegado desde que salió de la Comisaría Provincial.

Lorena la agarró sin dejar de interrogar a Brais con la mirada. Brais se limitaba a sonréir.

—Lo único —prosiguió él— es que ahora tengo prisa.

Tengo que recoger a Samuel. Me lo llevo a la playa y no quiero llegar tarde.

Pero cuando quieras podemos quedar para charlar y eso…

—Brais se pensó si decir lo siguiente, pero no supo contenerse— aunque no sea un auxiliar forense musculitos y con moreno de piscina.

Lorena se quedó boquiabierta, ojiplática y patidifusa. Aún así, salió rápido de su enajenación transitoria.

—Lo que eres es tonto —le soltó—. Y no te vas de aquí hasta que vea lo que hay en la bolsa.

Cuando Lorena terminó de pronunciar esas palabras, Brais ya estaba saliendo por la puerta.

—Quedamos, Lore —le dijo en la distancia—. Un café, una copa, lo que quieras. Pero sin mirar ningún reloj. Esos los dejas en casa de recuerdo —añadió con un nuevo y último guiño lleno de significado.

Y allí dejo Brais a la forense, abriendo una caja en la que descansaban intactos todos los relojes de la colección de su padre que un ladrón de corazón y guante blancos se había llevado de su casa días atrás.

Varias lágrimas corrieron por las mejillas de Lorena al ver su tesoro,y también al pirata de negro y con chupa de cuero que se lo había traído, alejarse, quizás en busca de otro caso…

si las circunstancias y el tiempo —siempre el tiempo— lo permiten…

FIN