Capítulo 31. Amor o permanencia #2
Lo dicho le atravesó a Mara el cuerpo entero. Porque no la estaba diciendo como amenaza ni como promesa heroica. La estaba diciendo desde la aceptación de que ya no quedaban formas honorables de seguir prolongando aquello.
Lía cerró un instante los ojos. Cuando los abrió, la mirada pasó de él a Mara y luego, apenas, al edificio hundido detrás de ella.
Ese gesto bastó para que Mara sintiera de nuevo el latido horrible de la entrada, la conexión entre el agua, los enraizados orientados y lo que “quedaba” allí dentro.
No una cosa viva en el sentido antiguo. No una entidad separada.
Más bien el núcleo material donde la presencia de la zona profunda se anudaba con mayor densidad.
—No… ella… —murmuró Lía, esforzándose hacia Mara.
Lemn volvió la cabeza al instante.
—Lo sé.
Por primera vez desde que habían empezado a descender juntos, Mara entendió que él ya había tomado también esa parte de la decisión.
No iba a permitir que ella se convirtiera en el instrumento ideal de la entrada solo porque el sitio la leyera mejor.
Y sin embargo, precisamente por esa razón, el amor entre ellos se convertía también en obstáculo.
Si él la apartaba del todo, corría el riesgo de obedecer al otro extremo de la trampa: la nobleza inútil que deja al ser querido fuera de la decisión común y, con ello, también fuera de sí mismo.
—No me apartes ahora —dijo Mara, en voz muy baja.
Lemn no la miró.
—No si puedo evitarlo.
La respuesta tenía una sinceridad tan exacta que habría resultado casi tierna en otro lugar. Allí sonó como parte misma de la elección.
El agua respondió justo entonces. No con ondulaciones menores ni con pequeños círculos de escucha.
Esta vez la superficie de la balsa se abrió en una franja más amplia, desplazando varias flores y dejando ver, por un instante alarmantemente largo, una oscuridad densa bajo la membrana.
No era profundidad simple. Era materia. Un espesor moviéndose desde abajo con una lentitud que le dio a Mara una intuición física casi insoportable: lo que había bajo el agua no esperaba absorber cuerpos uno a uno.
Esperaba continuidad. Persistencia. Permanencia.
Y ahí comprendió por fin aquella oposición con una claridad brutal.
La verdadera oposición no era entre amor y violencia, ni entre salvar y destruir, ni siquiera entre irse o quedarse.
Era entre amor y permanencia. El bosque ofrecía permanencia.
Quedarse, integrarse, seguir siendo útil dentro de algo mayor, no desaparecer del todo.
El amor, en cambio, exigía a veces lo contrario: cortar, perder, dejar de permanecer para que lo amado no siguiera siendo utilizado contra sí mismo y contra los demás.
—Lemn —dijo, y esta vez su voz no tembló.
Él la miró.
—No quiere matarnos. Quiere que nos quedemos en alguna forma.
La frase entró también en él como una pieza que encajaba al fin con demasiadas otras.
Permanecer. Lía permanecía. Los enraizados permanecían.
Oren corría el riesgo de permanecer en otra lógica si seguían demorando.
El amor fraterno podía tentar a Lemn a permanecer un poco más allí, lo suficiente para volverse ya parte del campo.
Incluso lo que nacía entre él y Mara podía retorcerse hacia una permanencia falsa, una forma de quedarse donde el dolor lo justificara todo.
Lemn cerró la mano sobre el arma. No con gesto teatral. Con una tristeza casi insoportable.
—Entonces no le vamos a dar eso.
Lía entendió antes de que nadie explicitara nada.
Mara lo vio en la forma mínima en que la cabeza se inclinó y en cómo la mirada de la muchacha buscó de pronto, no a Lemn, sino el agua.
Había miedo, sí. También una aceptación hecha de agotamiento y de algo peor: la clase de valentía que solo le queda a quien ha sido demasiado usado.
—No… agua… —murmuró con un esfuerzo visible—. Abajo… no…
Mara siguió el sentido antes que la forma. No debían actuar contra la balsa desde el agua ni buscar un centro líquido. El corte real, si existía, estaba en otro sitio.
—La entrada —dijo.
Lemn asintió una vez.
El edificio hundido seguía allí detrás de Lía, con su boca oscura a medio colapsar y los enraizados orientados hacia ella como si custodiaran, más que un acceso, una articulación esencial del lugar.
Oren había dicho antes que no le quedaban muchas rondas.
El bosque había respondido al asedio. Lía pedía que eligieran bien. Ya no había nada que posponer.
—Yo entro —dijo Lemn.
Mara negó antes incluso de pensar.
—No solo.
—Mara.
—No.
La palabra le salió con una firmeza antigua, más fuerte que el miedo.
—Esto no va de protegerme para ser mejor que el sitio. Va de no dejar que el sitio use lo que somos de dos formas distintas.
Lemn apretó la mandíbula. Lo sabía. Y la odiaba un poco por tener razón en el punto exacto donde más quería desobedecerla.
Lía volvió a hablar, apenas un hilo.
—Poco… tiempo…
La frase fue suficiente. Todo el claro se redujo de pronto a una geometría insoportable de urgencias: el agua, la entrada, la muchacha atrapada, el núcleo material de la presencia, Oren esperando más arriba con el cuerpo cada vez menos suyo, y entre Mara y Lemn la certeza de que cualquier cosa que hicieran a partir de ahí les arrancaría una parte que no iba a volver.
No hubo más deliberación.
Mara y Lemn se movieron a la vez. No hacia Lía. Hacia la entrada.
El claro respondió enseguida. Dos enraizados del lateral tensaron el torso con una velocidad que ya no se parecía a la quietud funcional de otros días.
El agua de la balsa lanzó una ondulación más brusca contra el borde y varias flores pálidas se hundieron, arrastradas por una presión interior.
La presencia, al verse contrariada en la dirección prevista, dejaba por fin la economía de lado.
—Ahora —gritó Narel desde arriba, aunque nadie necesitaba ya esa orden.
Lemn avanzó primero, abriéndose paso hacia la entrada por el lado más seco.
Mara lo siguió un paso por detrás, leyendo el suelo con esa claridad que la horrorizaba y que ahora ya no podía permitirse rechazar.
No tenía el lujo. Las raíces intentaron cerrarse por el lado izquierdo.
Ella lo vio antes y lo desvió. Una rama de uno de los enraizados cayó torpemente hacia el paso.
Lemn la apartó de un golpe seco con la culata.
El agua golpeó otra vez. El bosque respondía.
Ya no modulaba. Ya no afinaba. Estaba intentando conservar.
Llegaron a la entrada.