VENENO Y ESPINAS Capítulo 31. Amor o permanencia #3
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Capítulo 31. Amor o permanencia #3

El interior no era una sala limpia ni un nido vegetal reconocible.

Era una acumulación densa de restos orgánicos, madera vencida, piedra húmeda y una masa de raíces gruesas entretejidas con algo que había sido, en otro tiempo, mobiliario, suelo y quizá cuerpos deshechos hasta resultar irreconocibles como individuos.

Pero allí, en el centro de esa penumbra palpitante, había un punto distinto: una especie de engrosamiento nodular, oscuro y brillante, del que salían raíces hacia el suelo, hacia el agua y hacia varios de los muros.

No era un corazón. No era una mente. Era un anudamiento.

El lugar donde la permanencia se hacía materia.

Mara lo supo de inmediato y deseó no saberlo.

—Eso —dijo.

Lemn no perdió tiempo en preguntarle cómo lo sabía. Ya estaban más allá de la explicación.

Se lanzó hacia el nudo con la hoja larga.

El primer corte no lo abrió. Arrancó una capa exterior fibrosa que rezumó una savia espesa, casi negra.

El refugio entero tembló. Afuera, los enraizados respondieron con una tensión tan visible que hasta Lía emitió un sonido bajo y roto.

Mara sintió la respuesta del lugar recorrerle el cuerpo como una corriente.

Si seguían, el bosque iba a devolver el golpe a través de todo lo conectado.

—Otra vez —dijo, no sabía si animándolo o condenándolo.

Lemn levantó la hoja de nuevo. Esta vez Mara vio, o creyó ver, una línea de apertura mejor en la base del nudo, donde las raíces más gruesas se unían al suelo de piedra vencida. Dio un paso y le guió el brazo con la mano.

—Aquí.

El contacto fue brevísimo. Le rozó la muñeca y parte del antebrazo. En otro momento habría retirado la mano por miedo a espinas, veneno, a esa carga corporal todavía no resuelta entre ambos. Allí no pudo pensar en ello. Solo sintió el estremecimiento de él y la obediencia exacta del movimiento.

Lemn clavó la hoja donde ella indicaba.

El nudo se abrió.

No de forma limpia. Se rajó con un sonido viscoso, a medio camino entre madera húmeda y carne vieja.

Una sacudida recorrió el edificio. Afuera, el agua de la balsa golpeó con una violencia nueva.

Mara cayó de rodillas un instante, aturdida por la respuesta que le atravesó como si el lugar entero hubiera intentado expulsarla de su comprensión con un solo golpe.

Aun así, supo, en ese mismo segundo, que habían tocado el punto correcto. No el definitivo quizá. El correcto.

—Lemn —logró decir.

Él ya iba a hundir la hoja otra vez cuando el bosque respondió de la forma que más había estado evitando: a través de Lía.

Su grito no fue el de una criatura vegetal, ni el de una víctima lejana integrada del todo.

Fue un grito humano. Corto, desgarrado, tan inequívocamente suyo que a Lemn se le quebró el cuerpo entero antes de que Mara pudiera detenerlo.

Se volvió hacia el claro con una expresión que ella no olvidaría jamás.

En un solo instante, el hermano, el hombre enamorado, el guía, el superviviente y el ser usado por el lugar se estrellaron todos entre sí.

Ahí estaba la elección en su forma final: amor o permanencia. Si seguía cortando, quizá rompería el anudamiento que mantenía la red y con ello también la forma en que Lía seguía presente. Si se detenía por su grito, entregaba de nuevo la decisión al mecanismo que acababan de herir.

Mara lo vio. Lo vio todo. Y comprendió que ya no quedaba ninguna palabra suficiente.

Lo único que hizo fue agarrarle la cara con ambas manos y obligarlo a mirarla. No con ternura. Con una desesperación limpia.

—Mírame.

Lemn respiraba mal. Tenía los ojos llenos de una violencia quebrada que no era llanto, ni rabia sola, ni pánico aislado. Era amor en el punto exacto donde debe decidir si conserva una forma de presencia querida o si la deja ir para que el horror no la siga administrando.

—Lemn.

Él la miró.

Mara sintió que el mundo entero se reducía a esa mirada.

A la hoja en la mano de él. Al grito de Lía todavía vibrando en el claro.

Al nudo abierto bajo la savia negra. Al campo de enraizados tensándose como una comunidad que presiente una pérdida.

Al cuerpo de Oren arriba, sin tiempo. A la anomalía de ella, a su claridad, a su amor por el hombre al que iba a obligar a perder de la forma más real posible.

—Elígela tú —murmuró Lemn, casi sin voz.

La frase la destrozó porque era la forma más extrema de confianza y de rendición que podía ofrecerle. Le estaba entregando el gesto final.

Mara comprendió entonces que no podía hacerlo por él. Ni el bosque, ni Lía, ni el amor entre ellos debían decidir eso. Si Lemn tenía que seguir siendo alguien reconocible después de aquella jornada, el acto final debía nacer de donde aún le quedara voluntad propia.

Le soltó la cara. Dio un paso atrás. Lo miró de frente, llorando ya sin haber notado cuándo empezó.

—No —dijo—. Elígela tú.

El claro entero pareció detenerse un segundo imposible.

Y allí, exactamente allí, terminó el amor de Lemn por la permanencia de su hermana y comenzó la forma más brutal del amor que aún podía darle.