VENENO Y ESPINAS Capítulo 31. Amor o permanencia
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Capítulo 31. Amor o permanencia

La decisión no llegó de una sola vez ni con la limpieza de una revelación.

Llegó como llegan las cosas verdaderas cuando ya se ha sufrido demasiado para seguir adornándolas: por agotamiento de todas las vías falsas.

Mara lo comprendió antes del amanecer, mientras aún permanecían tendidos entre piedra, hambre y respiraciones vigilantes, con el campo de enraizados extendido más abajo como una arquitectura dormida que en realidad no descansaba nunca.

No había dormido apenas. Tampoco Lemn. Y, sin embargo, en aquella vigilia gris, pegajosa de restos de ámbar y de agua retenida en la oscuridad, notó que algo se había desplazado al fin dentro de él.

No el amor por Lía. No el dolor. Eso seguiría entero.

Lo que había cambiado era otra cosa: la posición desde la que estaba dispuesto a sufrirlo.

Ya no como hermano que aún espera arrancar a la hermana del lugar donde la han fijado, sino como hombre obligado a decidir si la última forma de amor que le queda hacia ella consiste precisamente en no dejar que el bosque la siga utilizando para abrirlos a todos.

Cuando se incorporó, Lemn ya estaba sentado con los codos sobre las rodillas, mirando hacia un punto del suelo que no veía.

Narel dormía mal, con la boca apretada y un brazo sobre el arma.

Oren, en cambio, estaba despierto. No hacía ruido.

Tampoco fingía dormir. Observaba el interior del refugio con esa calma cada vez más cortante que le había dejado el avance del proceso.

Mara pensó, no sin una tristeza que empezaba a parecerle estructural, que el cuerpo de Oren se estaba convirtiendo poco a poco en una especie de reloj siniestro del tiempo moral del grupo.

Cada tregua de su pierna era una prórroga.

Cada nuevo retardo en la mano, cada pequeña rigidez ganada por el muslo o la cadera, una reducción del margen que ya no podía seguir ignorándose.

La revisión de la mañana confirmó lo que el miedo había estado anunciando durante la noche.

La línea insinuada en la parte alta del muslo ya no era una sospecha.

Estaba allí, tenue, pálida, pero neta. No había corrido con violencia hacia la ingle, que era el punto que Oren les había señalado como límite final para seguir considerándose todavía en disposición de decidir algo por sí mismo.

Pero había avanzado. Lo justo para que nadie pudiera ya seguir usando la palabra tregua sin sentir que mentía un poco.

Oren no apartó la vista de la pierna mientras Mara y Lemn terminaban de vendarla otra vez. Cuando hablaron, lo hizo con una serenidad tan seca que el dolor de oírlo aumentó precisamente por eso.

—No me quedan muchas rondas de conversación.

Narel cerró los ojos un momento, todavía medio tumbado.

—No empieces.

—No estoy empezando nada —respondió Oren—. Estoy dejando de fingir que esto aguanta al ritmo que nos gustaría.

Lemn terminó el vendaje y tardó un instante más de lo necesario en retirar las manos. Mara lo vio. No era compasión torpe. Era la conciencia exacta de que, si seguían postergando la decisión sobre Lía y la balsa, también estaban decidiendo por Oren sin llamarlo aún por su nombre.

Narel se incorporó por fin y apoyó la espalda en el muro con una brusquedad cansada.

—Pues dilo ya claro, porque me estoy hartando de que todos sepamos las cosas y nadie las termine.

Oren levantó apenas la cabeza hacia él.

—Claro, entonces. Si hoy no resolvéis lo del centro de una forma o de otra, yo dejo de ser compañero de viaje y me convierto en una variable más del sitio.

Lo dicho dejó el refugio en silencio absoluto.

Mara sintió el golpe en el estómago más que en la cabeza.

Porque, aunque era algo que llevaban días bordeando, oírlo así, sin decoración y sin alivio, obligaba a ordenar toda la historia de otro modo.

Ya no se trataba solo de lo que Lía era, ni de si el bosque les permitiría salir de la zona profunda, ni siquiera de la anomalía creciente de Mara.

Se trataba también de que seguir posponiendo una elección “por amor” o “por prudencia” estaba empezando a costarle a Oren su lugar entre ellos como hombre capaz de decidir.

Lemn respiró hondo. Cuando habló, la voz le salió áspera, pero por primera vez sin el temblor de la negación por debajo.

—Sí.

Mara lo miró de inmediato. Él seguía con la vista baja, pero ya no estaba discutiendo con la forma de la realidad. Solo con el modo de atravesarla.

—Hoy se acaba —dijo.

No era grandilocuencia. Era un agotamiento que por fin había encontrado estructura.

Narel tardó en reaccionar. Luego preguntó con una seriedad poco habitual en él.

—¿Se acaba cómo?

Lemn alzó la cabeza. Lo hizo primero hacia Oren, luego hacia Mara, y solo por final hacia Narel, como si necesitara asumir delante de cada uno una parte distinta de lo que iba a decir.

—Se acaba de una forma que no le sirva al sitio —respondió—. Eso ya lo sabemos. Lo que nos queda es aceptar que no va a parecerse a salvarla.

La frase cayó con una claridad casi obscena. Mara sintió un dolor hondo y limpio al oírla. Porque sabía lo que le había costado a él llegar a decir eso sin romperse del todo en el acto.

Oren asintió una sola vez.

—Bien.

Narel no tuvo la misma rapidez. Se frotó la cara con ambas manos y soltó el aire despacio.

—Pues no sé si eso me tranquiliza o me jode más.

—Las dos —murmuró Mara.

Nadie la contradijo.

La mañana siguió sin pausa decorativa. Prepararon lo poco que quedaba con una economía casi humillante.

El hambre ya no se presentaba como punzadas grandes, sino como un vaciado constante, una reducción del pensamiento a líneas más básicas y más fáciles de torcer por el entorno.

Mara lo notaba especialmente esa mañana porque algo peor que el hambre se le superponía: la conciencia de Lemn.

No como simple presencia amorosa o sexual, sino como medida del daño por venir.

La oposición se le estaba formando dentro incluso antes de descender: amor o permanencia.

Permanecer podía significar muchas cosas allí.

Permanecer en el amor a Lía de una forma que la siguiera usando.

Permanecer en el centro de la zona profunda hasta convertirse en otra parte del mecanismo.

Permanecer lo bastante humano para salir.

Permanecer junto a Lemn sin dejar que el bosque leyera su vínculo mejor de lo que ellos mismos lo hacían. Todo estaba mezclado.

Salieron antes de que el ámbar reapareciera con fuerza.

El campo parecía extrañamente contenido de nuevo, como si el bosque hubiera gastado parte de su respuesta la jornada anterior y ahora aguardara la dirección de la suya.

O quizá eso mismo fuera la respuesta: dejarles espacio para creer que aún actuaban con margen propio. Mara ya no confiaba ni en las treguas.

Esta vez bajaron los cuatro. Oren lo impuso con una calma feroz que nadie pudo discutir sin humillarlo.

No iba a entrar hasta la balsa. Lo sabían.

Pero quedarse otra vez en la altura, reducido a testigo pasivo de una decisión que afectaba también a su supervivencia, le resultaba ya una forma de exclusión intolerable.

—No os voy a dejar decidir quiénes seguís siendo mientras yo me convierto en lo que quede de fondo —dijo cuando Lemn quiso objetar.

Y no hubo argumento limpio contra eso.

Lo llevaron hasta un punto más bajo que los días anteriores, protegido por una curva de muro desde la que aún podía ver la línea del edificio hundido y parte de la balsa sin quedar del todo expuesto al radio más activo.

Narel se quedó junto a él, aunque ambos sabían que, si el sitio respondía de forma brusca, el margen de ayuda real sería escaso.

Mara y Lemn continuaron solos los últimos metros.

El descenso final tuvo una cualidad distinta a los anteriores.

No porque el lugar se hubiese vuelto más seguro o más claro, sino porque ya no bajaban buscando lectura.

Bajaban con una decisión aún sin ejecutar, pero lo bastante asumida como para modificar el modo en que el cuerpo respondía.

Mara lo notó en sí misma: la presencia de la balsa seguía tirando de su percepción, organizando tensiones, ofreciéndole esa claridad malsana sobre líneas de presión, respiraciones del agua y orientación de los enraizados.

Pero la fascinación fría de esa utilidad había perdido parte de su atractivo.

Ya no bajaba para entender mejor el mecanismo.

Bajaba para enfrentarlo. Y esa diferencia, aunque mínima, la sostuvo.

Lía los vio llegar. La mirada fue inmediata.

También la de Lemn hacia ella. Pero esta vez él no se dejó arrastrar un paso más allá del punto convenido.

Se quedó donde Mara sabía que el lugar empezaba a leer con más nitidez, pero no donde esa lectura se volvía ya prácticamente comando.

Aun así, el dolor en su cara era tan visible que ella tuvo que obligarse a no mirarlo demasiado.

Había aprendido ya que incluso el sufrimiento del hombre amado podía convertirse allí en una forma de trampa si la arrastraba a decidir por consuelo.

Lía tenía peor aspecto. No más vegetal en el sentido burdo.

Más cansado. Más repartido. Como si cada palabra pronunciada los días anteriores hubiese arrancado de ella un resto de energía que el sistema toleraba solo por algún tipo de utilidad temporal.

La cabeza seguía alzada, pero con esfuerzo.

El hombro desnudo mostraba una inmovilidad más rígida.

Y, aun así, lo primero que hizo fue reconocerlos.

No había en esa mirada la pérdida total de sí misma.

Justamente por eso lo que tenían que hacer resultaba más atroz.

—No… bajéis… más… —dijo con una voz que apenas parecía capaz de sostener sonidos largos.

Lemn necesitó un instante antes de responder. La contempló con una quietud que a Mara le dolió más que si se hubiera desmoronado.

—No vamos a bajar más —dijo al fin—. Hemos venido a terminar.