VENENO Y ESPINAS Capítulo 30. El bosque responde #3
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Capítulo 30. El bosque responde #3

Lemn asintió apenas.

—Sí.

Narel se agachó, una mano en la piedra, como si necesitara anclarse.

—Pues va listo.

Pero la frase sonó peor de lo que pretendía. También él estaba cediendo.

Fue Mara quien tomó entonces una decisión parcial, pequeña, casi práctica, pero cargada de sentido.

—No elegimos ahora.

Los tres la miraron.

—Con esto encima no. Nos hace más dóciles. Más brutos o más blandos, da igual. Pero menos nuestros.

La verdad de la frase se impuso con rapidez. Lemn respiró despacio, luchando también con el olor.

—Entonces ¿qué?

Mara señaló una franja de piedra más alta, detrás del refugio pobre donde el ámbar tardaría algo más en asentarse y el agua no podía subir tan rápido.

—Subimos ahí. Aguantamos lo justo para pensar fuera de esto. Si luego hay que bajar, bajamos. Pero no ahora mismo con el aire haciéndonos la mitad del trabajo.

Oren asintió de inmediato. Narel se levantó con un gruñido y ya se estaba colocando para cargar más peso.

Lemn la observó un segundo más largo. Mara supo que estaba viendo dos cosas a la vez: la lucidez de la maniobra y el hecho cada vez menos negable de que ella se estaba volviendo crucial de una forma que él no sabía cómo amar sin temerla también.

Subieron. No mucho, pero sí lo suficiente para que el ámbar se volviera menos compacto y el ruido del agua quedara algo por debajo.

El esfuerzo le costó a Oren un sudor frío y una rigidez peor en la pierna.

Cuando por fin lo dejaron sentado entre piedra seca y sombra pobre, el grupo quedó reducido a su forma más básica: cuatro personas hambrientas, heridas, cansadas y cada vez menos capaces de fingir que seguían tomando decisiones en condiciones humanas normales.

Pasó un rato antes de que el aire dejara de trabajarles por dentro.

Durante ese tiempo no hablaron casi. Mara se dio cuenta de que el bosque respondía mejor cuanto más ansiosos se volvían por resolver.

Y esa sola idea ya era una lección obscena.

Elegir bien, quizá, empezaba por negarse a decidir desde el punto exacto que el entorno había fabricado.

Fue Lemn quien habló primero cuando el pensamiento recuperó algo de filo propio.

—Voy a decirlo entero para no seguir escondiéndolo detrás de otras frases.

Narel levantó la cabeza. Oren también. Mara sintió un golpe breve en el pecho. Sabía lo que venía y, sin embargo, oírlo iba a cambiarlo igual todo.

—Si bajamos otra vez al centro —continuó Lemn— no será para intentar sacarla de allí como si aún estuviéramos en el primer día del viaje. Tampoco para hablarle hasta que el sitio nos lea mejor. Bajaremos solo si lo que hagamos corta algo del sistema, aunque eso signifique perderla del todo.

La última frase cayó con una desnudez tal que hasta el aire pareció detenerse.

Oren cerró los ojos un segundo. Narel apartó la vista. Mara no se movió.

Ahí estaba al fin. No una solución. La forma verdadera de la elección. No entre amor y desamor, sino entre una pérdida irreversible asumida por ellos y una pérdida administrada por el bosque.

—Y si no bajamos —dijo Mara muy despacio—, entonces salimos hoy mismo de la zona profunda y aceptamos que la dejamos ahí.

Lemn asintió.

—Sí.

No había consuelo en ese sí. Solo exactitud.

Narel soltó aire.

—Pues ya me dirás dónde está la parte buena de cualquiera de las dos.

Oren respondió con la voz gastada.

—No la hay.

La claridad de aquella frase terminó de vaciar el resto de ilusión sentimental que pudiera quedar adherida al momento.

Mara pensó entonces que el bosque respondía no solo a sus movimientos, sino también a cada resto de esperanza mal colocada.

Cuanto más la afinaban hacia una fantasía imposible, más dóciles se volvían.

Cuanto más aceptaban que no había parte buena, más cerca estaban quizá de una libertad mínima.

La tarde fue cayendo sobre ellos mientras daban vueltas a la decisión sin adornarla.

Hablaron de la entrada del edificio hundido, de la balsa, de la red de enraizados, de qué podría significar cortar el sistema y de si Oren resistiría una retirada larga sin entender nada más de lo que le estaba pasando.

Hablaron también de Mara y de lo que el lugar empezaba a hacer con ella.

No como acusación. Como un hecho que debía entrar ya sin velos en la cuenta.

—Si bajamos —dijo Lemn en un punto— tú no entras más de lo necesario.

Mara lo miró con cansancio.

—Eso no lo decides solo tú.

—No. Pero tampoco voy a fingir que no veo lo que te hace.

Narel, para sorpresa de ambos, intervino entonces con una voz menos áspera que otras veces.

—Yo tampoco. Y me da igual lo que os traigáis entre manos. Si el sitio os lee mejor juntos, peor para todos.

La frase tenía una violencia práctica y una honestidad casi desarmante. Mara no se ofendió. Ya estaban más allá de eso.

Oren añadió, con la cabeza apoyada en la piedra:

—Y también peor si lo negáis. Porque entonces se os mete por detrás.

Aquello era igual de cierto. El amor entre ella y Lemn había dejado de ser un margen privado. La zona profunda ya lo leía, lo usaba, lo tensaba. La única defensa posible seguía siendo la misma que ante otras pruebas: no mentirse.

Cuando la luz terminó de aflojar y el bosque pareció entrar en una calma tensa, como si estuviera aguardando la forma final de su respuesta, Mara salió un momento hacia el borde del alto.

Poco después oyó a su espalda el paso de Lemn.

La noche naciente olía todavía a restos de ámbar, a piedra seca recalentada todo el día y a agua retenida más abajo. Él se colocó a su lado sin tocarla.

—No quiero que mañana seas tú la que pague esto —dijo de pronto.

Mara giró la cabeza.

—No eres tú quien decide quién paga.

—No. Pero sí puedo negarme a que te uses como solución.

Lo dicho la atravesó por dos lados a la vez: por amor y por herida. Porque intuía ya de qué forma él pensaba protegerla si bajaban: apartándola del centro, quizá a costa de sí mismo. Y eso también podía ser otra obediencia al sitio.

—No me conviertas en algo que apartar para poder ser noble —dijo, muy baja.

Lemn cerró los ojos un segundo. El golpe había ido donde debía.

—No quiero ser noble —respondió—. Quiero que sigas siendo tú cuando salga de esto.

Mara tragó saliva. La noche, el hambre y el cansancio volvían esa frase más íntima de lo que habría soportado en otro contexto.

—Pues no me apartes de la elección. Porque entonces tampoco seguiré siéndolo.

El silencio se volvió tan denso que casi parecía otro tipo de presencia. Lemn la miró largo rato, hasta que algo en la rigidez de su boca cedió apenas.

—Joder, Mara.

No había reproche en la frase. Solo una rendición parcial a la verdad que ella le devolvía.

Mara no sonrió. No había lugar para eso.

Dio un paso y apoyó la frente un segundo en el hombro de él, no como refugio absoluto, sino como una manera de compartir peso sin mentirle a la gravedad del momento.

Lemn tardó un instante y luego alzó la mano hacia su nuca con esa cautela suya que siempre llevaba dentro el recuerdo del veneno, de las espinas, del daño posible incluso en la ternura.

Mara sintió el contacto y, de nuevo, la ausencia de la reacción que en otras pieles habría llegado.

No calor tóxico. No punzada. Solo la electricidad cansada de seguir queriéndolo precisamente cuando el mundo se estaba quedando sin margen para eso.

—No esta noche tampoco —murmuró él, como si leyera el pensamiento que ninguno terminaba de formular del todo.

Mara apoyó más un segundo la frente antes de apartarse.

—No.

Ni el deseo ni el cuerpo podían convertirse en la forma de olvidarse de lo que les esperaba. Ya no. El bosque respondía a todo. Había que reservar incluso esa intimidad para cuando no sirviera como fuga.

Volvieron al refugio alto con una resolución que no era paz, pero sí la primera forma seria de ella que habían encontrado desde el inicio de la zona profunda.

El bosque ya había respondido: agua, ámbar, música, caminos encarecidos, presión distribuida.

Ellos tendrían que responder también. No con pureza, porque de eso ya no disponían, sino con la lucidez suficiente para elegir qué pérdida estaban dispuestos a reclamar como suya y cuál no iban a dejar que el paisaje les administrara con su propia mano.