VENENO Y ESPINAS Capítulo 29. Elección #2
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Capítulo 29. Elección #2

Lemn tragó saliva. La frase, por ambigua que fuera, bastaba para confirmar la dirección del daño. No rechazaba su presencia sin más. Rechazaba la forma en que estaban volviendo.

—Entonces dinos cómo —respondió él, y la voz le salió sorprendentemente limpia. No porque estuviera sereno. Porque había llegado por fin al tipo de sufrimiento que ya no admite adornos.

Lía cerró un momento los ojos. Mara observó el esfuerzo que le costaba mantenerse orientada hacia ellos sin que el resto del sistema la reclamara hacia otra parte.

Ahí estaba, pensó. La verdadera presencia.

No solo la de la red, sino la de la lucha interior de alguien que todavía intenta dejar sentido humano en medio del uso que hacen de su cuerpo.

—No… buscándome…

La observación cayó como una verdad tan sencilla que resultó casi insoportable.

Mara vio el impacto antes de ver la reacción de Lemn.

El rostro se le tensó, no en rabia abierta, sino en algo peor: la forma exacta en que se parte una expectativa cuando la nombra la única persona que aún tenía derecho a sostenerla.

—Te he buscado porque eres mi hermana —dijo él, y allí ya no había defensa ni orgullo. Solo hecho bruto.

Lía movió apenas la cabeza. No negó el vínculo. Negó otra cosa.

—Y ahora… no…

La frase se quebró. Pero no necesitó completarse. No ahora no eres mi hermana. No ahora no me busques como antes. No ahora no soy eso para ti de una manera simple. Todo eso estaba allí a la vez.

Mara sintió que la balsa respondía a la conversación, no con violencia, sino con una intensificación del clima.

El aire se volvió un poco más pesado. El sonido del agua cambió de profundidad.

El lugar estaba usando el intercambio verbal como una forma más de lectura.

Cada palabra dicha desde la herida aumentaba la precisión con la que los ubicaba.

—Lemn —murmuró ella.

Él no apartó la vista de Lía.

—Lo sé.

Pero no lo sabía del todo. O no podía obedecerlo aún. Mara lo comprendió con una mezcla de ternura y furia. Amarlo allí consistía en eso: en ver con absoluta claridad el punto exacto donde su dolor seguía siendo humano y, al mismo tiempo, ya estaba siendo utilizado.

Lía levantó la mano muy despacio. No hacia él.

No hacia la piedra del anillo. Esta vez el gesto señaló el edificio hundido detrás de ella, concretamente la entrada parcial que habían observado el día anterior sin acercarse.

El movimiento fue tan torpe y tan mínimo que cualquier otro podría haberlo tomado por espasmo.

Mara no. Lo sintió como indicación antes de pensarlo.

—No quiere que miremos solo la balsa —dijo.

Lemn volvió la cabeza un segundo hacia la entrada oscura.

—¿Qué hay ahí dentro?

La pregunta se dirigía a Mara, pero Lía intentó responder ella misma. El esfuerzo fue visible, casi violento.

—Lo… que… queda…

Aquellas palabras dejaron el claro inmóvil.

Ninguno habló durante varios segundos. Lo que queda. No podía ser una respuesta simple. Demasiadas cosas quedaban en ese sitio. Restos humanos, memoria, materia útil, quizá incluso el origen físico de ciertas integraciones.

Narel, desde la altura, no oía las palabras, pero debió de percibir el cambio en la postura de ambos, porque Mara vio por el rabillo del ojo que se había tensado más junto a Oren. No podían ayudarlos desde allí. Solo mirar, esperando no tener que bajar también.

Lemn respiró hondo.

—No pienso entrar ahí.

Lía cerró los ojos un momento, y Mara no supo si aquello era alivio o agotamiento. Luego la cabeza se inclinó apenas hacia la entrada y después hacia él, como si intentara decir algo más complejo: no entrar, pero tampoco ignorar.

Mara entendió de pronto que la elección que el día exigía no era todavía destruir, salvar o abandonar en el sentido más directo.

Era elegir qué clase de verdad querían llevarse del lugar.

Una verdad sentimental que permitiera seguir flotando en la negación un poco más.

O una verdad más cruel y más útil, aunque obligara a asumir de una vez la imposibilidad de ciertas fantasías.

—Tenemos que ver eso —dijo.

Lemn giró hacia ella con una mezcla de incredulidad y agotamiento.

—¿El qué?

—La entrada. Lo que haya ahí. No para bajar a ciegas. Para entender de qué forma está unida al agua y a ella.

Lemn negó de inmediato.

—No.

La respuesta fue tan rápida que Mara supo que venía del mismo lugar que antes había rechazado la aceptación plena. La negación seguía viva. No ya respecto a Lía. Respecto a todo aquello que pudiera cerrar definitivamente la posibilidad de un rescate simple.

—Sí —dijo Mara, y la firmeza de su voz la sorprendió incluso a ella.

Lemn la miró con dolor.

—No voy a dejar que entres en el edificio si ya estás así.

Aquellas palabras la golpeó con una violencia íntima. Él la veía cambiar. Ya no era una sospecha lejana. Era una percepción directa en su cuerpo.

—Y yo no voy a dejar que conviertas esto en otra ronda de hablar con ella hasta que el sitio te tenga quieto donde quiere —replicó.

El intercambio no sonó a pelea de amantes ni a discusión táctica cualquiera. Sonó a la forma más desnuda del amor bajo presión: dos personas intentando impedirse mutuamente la variante del error que cada una ve con más claridad.

El agua respondió de nuevo. Esta vez con una ondulación que llegó hasta el borde más cercano de la balsa, haciendo que varias flores pálidas se abrieran apenas y dejasen ver una oscuridad viscosa debajo.

Dos enraizados orientados a la entrada tensaron al mismo tiempo sus ramas.

No hacia ellos. Hacia la oscuridad del edificio.

—Joder —murmuró Lemn.

Mara lo sintió con esa claridad nueva que ya empezaba a detestar. No era una amenaza de ataque inmediato. Era una respuesta a la dirección de la conversación. El sitio estaba confirmando que la entrada importaba.

Lía hizo un último esfuerzo y habló con una voz tan rota que casi no parecía salir de una garganta humana.

—Elegid… bien…

Lo dicho cayó como un veredicto y una súplica.

Elegir bien. No salvarme. No iros. No entrad. Elegid bien. La frase destruía la fantasía de una instrucción moral clara y devolvía el peso a donde siempre había estado: en ellos.

Lemn cerró los ojos un segundo. Mara lo vio hacer algo que hasta entonces no le había visto nunca. No contener solo el dolor. Aceptar que iba a tener que decidir sin el alivio de una orden externa. Ni de la hermana. Ni del amor. Ni del paisaje. Ni de la lógica simple.

Cuando abrió los ojos, la mirada era otra. No más fría. Más triste.

—No vamos a entrar hoy —dijo.

Mara sintió el tirón de protesta antes de reconocer que esa frase no era exactamente una huida.

Lemn siguió hablando, la vista alternando entre la entrada, el agua y Lía.

—Pero tampoco vamos a bajar más hasta no tener claro qué es una decisión y qué es otra forma de que nos organicen.

La frase no resolvía nada. Sin embargo, por primera vez sonó a una línea de resistencia real.

Mara respiró despacio. Parte de ella quería entrar ya, aprovechar la lectura nueva, usar esa claridad antes de que se desvaneciera o se volviera imposible de distinguir de la integración.

Otra parte, más humana o quizá solo más aterrada, reconocía que cruzar ese umbral ese mismo día podía ser la forma más elegante de ponerse al servicio del lugar.

Ambas partes convivían en ella con una tensión casi insoportable.

—Entonces salimos —dijo al fin.

Lemn asintió.

Lía no volvió a hablar. Pero la inclinación mínima de su cabeza, antes de que el esfuerzo la obligara otra vez hacia una quietud más fija, tuvo algo de aceptación triste.

Se retiraron más rápido que otros días, sin dejar de mirar el terreno, pero sin prolongar el intercambio. Oren y Narel los recibieron otra vez con el cuerpo entero, aunque cada vez parecía importar menos llegar vivos si la vida regresaba siempre más complicada del claro. Esta vez Narel no esperó.

—¿Qué habéis decidido?

Lemn tardó un instante. Luego respondió con una gravedad nueva.

—Que todavía no sabemos hacerlo sin obedecer al sitio. Y que eso ya es una respuesta.

Narel frunció el ceño. Oren, en cambio, asintió lentamente.

—Sí.

Mara añadió, porque la frase debía decirse entera:

—Nos ha pedido que elijamos bien.

Narel dejó escapar una risa amarga.

—Qué detalle.

Pero el sarcasmo le duró poco. También él entendía la crueldad de esa petición.