Capítulo 29. Elección
La mañana siguiente llegó con una claridad más dura que las anteriores, como si la zona profunda hubiera decidido prescindir de cualquier transición amable y mostrar desde el primer instante que ya no quedaba nada parecido a un margen inocente.
Mara abrió los ojos con el cuerpo todavía habitado por varias presencias incompatibles entre sí: el hambre seca que se le había vuelto una segunda conciencia, la resonancia de la balsa al fondo de la nuca, la tibieza recordada de la mano de Lemn sobre la suya durante la noche y el peso insoportable de saber que aquel día ya no podían seguir descendiendo solo para mirar mejor.
Algo en el grupo había terminado de ordenarse durante las horas oscuras.
No por acuerdo explícito, sino por agotamiento moral.
La palabra elección llevaba demasiado tiempo agazapada entre ellos, contenida bajo tácticas, lecturas, negaciones y prudencias.
Ahora ya no podía seguir siendo una posibilidad abstracta.
La encontraban en la respiración de Oren, en el hambre que volvía más borrosas ciertas líneas de juicio, en la presencia activa de la balsa y, sobre todo, en la frase de Lía: no soy salida.
Mara comprendió, antes incluso de sentarse del todo, que el día no iba a tratar de descubrir nada nuevo en el sentido simple de la palabra.
Iba a tratar de decidir qué hacer con lo que ya sabían y todavía no soportaban.
Oren estaba despierto y la observaba con esa clase de lucidez cansada que el cambio no le había arrebatado, sino afinado de una forma cruel.
Narel seguía dormido a medias, apoyado contra el muro con el arma cerca de la mano y la mandíbula apretada incluso en el sueño, como si ya no recordara otra forma de descansar.
Lemn estaba de pie junto a la abertura principal, inmóvil, pero no con la quietud alerta de otras mañanas.
Aquella inmovilidad era más densa, más parecida al esfuerzo de alguien que lleva horas discutiendo consigo mismo en silencio y aún no encuentra una forma honorable de perder.
Mara lo supo sin necesidad de tocarlo ni de que él volviera la cabeza.
El amor, pensó con un cansancio casi feroz, también servía para eso: para reconocer la clase exacta de derrota que estaba ocurriendo en el cuerpo del otro antes de que se volviera lenguaje.
La revisión de la pierna de Oren confirmó lo que todos temían y agradecían al mismo tiempo.
No había empeorado de forma brutal. Tampoco había retrocedido.
El cuerpo seguía instalado en esa tregua malsana donde la humanidad y el proceso de enraizamiento parecían haber acordado un reparto provisional del mando.
Las líneas se mantenían, la rodilla obedecía con torpeza, la mano izquierda aún tardaba un latido más del debido en cerrarse del todo.
Pero podía caminar. O, al menos, podía acompañarlos otra vez hasta un borde seguro.
Oren soportó la revisión sin comentarios hasta que Mara terminó de vendarlo de nuevo.
Entonces habló sin mirar a nadie en particular.
—Hoy no sirve bajar si solo vais a repetir el mismo dolor.
Aquellas palabras cayeron con la precisión de una herramienta bien afilada. Narel abrió los ojos del todo y se incorporó, irritado ya antes de tener una postura cómoda.
—Pues qué quieres que hagamos, ¿quedarnos aquí hasta que la pierna se me convierta a mí también en madera por mirarla?
Oren lo miró con esa media sombra de humor seco que a veces aún le nacía entre el dolor y el cansancio.
—No. Quiero que dejemos de llamar búsqueda a lo que ya es otra cosa.
Narel masculló una maldición, pero no insistió.
Porque la frase era cierta. Demasiado cierta.
Lemn siguió sin moverse junto a la abertura.
Mara terminó de atarse la venda de su propia pierna, notando cómo el arañazo viejo reaccionaba al clima de la zona profunda con una sensibilidad distinta a la de los días anteriores.
No peor. Solo más consciente. Aquello le desagradó por motivos que ya no podían reducirse a simple miedo físico.
Cada pequeño cambio de su cuerpo corría el riesgo de sumarse a la lectura que el lugar hacía de ella.
Prepararon el día con una sobriedad casi ritual.
Compartieron la mínima cantidad de alimento que les quedaba sin fingir que saciaba nada.
El hambre había dejado de ser una emergencia episódica para convertirse en un fondo permanente desde el que se emitían todas las decisiones.
Narel lo notaba en la violencia con que partía la comida antes de metérsela en la boca.
Oren, en la claridad con que el cuerpo le pedía quedarse quieto cada vez más a menudo.
Lemn, en la tentación cada vez más seria de sacrificar prudencia por rapidez.
Mara, en el modo en que ciertas formas del paisaje —una fruta intacta, una flor demasiado viva, el sonido de las campanillas al viento— ya no le parecían solo sospechosas o hermosas, sino argumentaciones.
El hambre era una retórica. El bosque la utilizaba.
Antes de salir, Lemn se volvió por fin hacia ellos. El anillo de Lía, oculto de nuevo entre la ropa, parecía haberle endurecido aún más el contorno de la boca.
—Hoy no bajamos para mirar —dijo.
Nadie respondió enseguida. La frase tenía un peso definitivo.
—Bajamos para decidir.
Oren asintió una sola vez. Narel dejó escapar aire por la nariz, una exhalación sin humor. Mara sintió el golpe de la palabra no como un descubrimiento, sino como la aceptación de algo que llevaba días acercándose.
—¿Qué tipo de decisión? —preguntó Narel por fin.
Lemn sostuvo la mirada del hombre y luego la dejó pasar hacia el vacío exterior.
—Eso es lo que vamos a saber cuando la tengamos delante de nuevo.
La respuesta no era buena. Pero era honesta. Y la honestidad, allí, se había vuelto la única forma mínimamente decente de no entregarse antes de tiempo.
Volvieron a dejar a Oren y Narel en un alto de vigilancia cuando alcanzaron la línea segura relativa desde la que ya se dominaba la zona de la balsa.
Oren protestó menos que el día anterior.
Eso alarmó a Mara más de lo que habría querido admitir.
Aceptar el límite con menos esfuerzo era, en su caso, una mezcla de cansancio físico y otra cosa más peligrosa: el hábito de ir cediendo terreno al proceso sin escándalo aparente.
Antes de separarse, Oren la miró largo rato y luego a Lemn.
—Si hoy bajáis a decidir, que no sea el sitio quien os dé el lenguaje.
La frase se quedó adherida a Mara mientras descendían.
El camino hasta la balsa les resultó más terrible precisamente porque ya lo conocían.
El ser humano tolera mejor a veces la primera aparición del horror que su repetición.
La segunda vez ya no cuenta con el amparo de la sorpresa.
Cuenta con memoria. Cada muro hundido tenía ahora una función precisa en la mente de Mara.
Cada enraizado, un lugar conocido dentro del conjunto.
Ya no eran demasiados ombroles, como en la primera visión masiva.
Eran una comunidad inmóvil de cuerpos convertidos en arquitectura funcional.
La palabra enraizados, repetida interiormente, le dolía más cuanto más correcta le parecía.
Quitaba distancia. Volvía difícil seguir llamando monstruos a lo que en muchos casos eran todavía personas fijadas en una utilidad ajena.
A medida que se acercaban, Mara sintió otra vez la presencia.
No la presencia de Lía solamente. La del sistema completo de la balsa.
Era como entrar en un clima mental donde ciertos impulsos se veían reforzados y otros quedaban relegados, como si el lugar mismo distribuyera pesos entre las distintas líneas del deseo humano.
El vínculo con la hermana se volvía más fuerte en Lemn.
La comprensión estructural, más nítida en ella.
El cansancio, más profundo. El alivio de quedarse quieto, más seductor.
Aquello era lo más insoportable de todo: el bosque no imponía solo una acción.
Afinaba inclinaciones previas hasta convertirlas en caminos preferentes.
—Ya está empezando —dijo Mara, muy baja.
Lemn no fingió no entender.
—Lo sé.
—No me dejes sola dentro de esto.
La frase se le escapó antes de decidir si quería decirla así. Lemn giró la cabeza lo suficiente para mirarla un instante.
—No pienso hacerlo.
Aun así, ambos sabían que esa promesa ya no dependía del todo de la voluntad simple.
Lía estaba donde la habían dejado. Pero no igual.
La cabeza seguía alzada un poco más. La inclinación del cuerpo, aunque todavía atada al lugar, tenía ahora algo de espera activa.
Como si las dos visitas del día anterior hubieran alterado una mínima distribución interna del sistema o, quizá, le hubieran dado a ella una cantidad miserable de margen con el que operar.
El agua de la balsa permanecía tensa bajo la membrana floral.
Los enraizados orientados alrededor mantenían sus posiciones con la obediencia terrible de lo que ya no necesita moverse mucho para producir efecto.
Se detuvieron en el mismo punto de la víspera, no por repetición torpe, sino porque el cuerpo les señaló que esa era aún la frontera donde seguir siendo sujetos de la escena y no piezas completamente absorbidas por ella.
Lía los vio enseguida. Mara sintió la mirada casi como un tirón en el estómago.
En Lemn fue peor: la presencia de la hermana desplazó otra vez el resto del campo un grado hacia la periferia.
No lo anuló. Pero sí intentó jerarquizarlo todo en torno a una sola urgencia.
—No —murmuró él para sí mismo, tan bajo que Mara apenas lo oyó.
No era negación de Lía. Era negación del modo en que el lugar quería que la amara.
Lía tardó en hablar. Cuando lo hizo, la voz le salió aún más deshecha que el día anterior, como si cada palabra nueva se cobrara un precio mayor que la anterior.
—No… volváis… así…