Capítulo 28. Presencia #3
—Ya no estamos en lo simple —murmuró Mara.
Narel la miró un instante, luego apartó la vista. No discutió. Había dejado de discutir las verdades solo porque dolieran.
Lemn seguía callado. Tenía el anillo en la palma abierta y lo observaba no como quien busca consuelo, sino como quien intenta entender si un objeto puede seguir perteneciendo del todo a alguien que ya no existe en una sola forma.
Mara lo observó a su vez y, por primera vez desde que se conocían, sintió miedo de él en un sentido nuevo.
No miedo a su fuerza, ni a sus espinas, ni a la violencia que podía ejercer sobre otros si hacía falta.
Miedo a que el dolor lo partiera en una dirección donde ella no pudiera seguirlo sin perderse también.
El bosque, comprendió, no necesitaba corromperlo del todo.
Le bastaba con herirlo lo suficiente como para volverlo más legible que antes.
Fue él quien habló al fin.
—No voy a volver mañana por lo mismo.
Los otros tres alzaron la cabeza casi a la vez.
—Entonces ¿por qué? —preguntó Narel.
Lemn cerró la mano sobre el anillo.
—Si volvemos, no será para comprobar si aún puedo seguir siendo hermano allí abajo. Eso ya lo sé. Volveremos solo si tenemos una decisión que no le sirva al sitio.
Lo dicho cayó con una claridad que Mara no esperaba tan pronto. No era aceptación plena todavía. Pero sí el principio real de ella.
Oren asintió despacio.
—Eso ya es otra cosa.
Mara sintió un cansancio tan hondo que por un instante creyó que iba a llorar.
No lo hizo. Se limitó a respirar despacio y a sostener la mirada de Lemn cuando este la buscó un segundo.
Había dolor en él. Muchísimo. Pero también una forma nueva de lucidez.
La presencia de Lía lo había herido de una manera que ya no admitía fantasía limpia.
Esa noche comieron casi nada. El hambre volvía cada gesto más lento, pero también menos propenso a la grandilocuencia.
Nadie tenía fuerzas para discursos largos.
Prepararon el refugio, revisaron una vez más la pierna de Oren y distribuyeron turnos.
Cuando por fin Narel y Oren quedaron medio dormidos, Mara salió al exterior con la necesidad muda de aire. Lemn la siguió poco después.
No se situaron esta vez tan lejos uno del otro como en noches anteriores.
La oscuridad sobre la zona profunda parecía más pesada.
Las campanillas sonaban a intervalos lejanos, casi como una memoria de belleza en un mundo que ya no sabía ofrecerla sin herir.
El campo de enraizados era una masa de sombras verticales y agua oculta.
La presencia de la balsa no se veía desde allí, pero Mara la sentía como una presión tenue en la nuca.
Ya no le parecía aceptable ignorar ese hecho.
—He sentido cuando aflojaba —dijo al cabo, sin preámbulo—. Al salir.
Lemn no fingió no entender.
—Lo sé.
—Y también he sentido lo otro. Que una parte de mí no quería perder esa claridad.
La confesión le salió más áspera de lo que esperaba. Lemn volvió la cabeza hacia ella, muy despacio.
—No vuelvas a bajar si eso se hace más fuerte.
Mara exhaló por la nariz, casi una risa amarga.
—No me des órdenes como si supieras más de eso que yo.
—No sé más. Solo sé que no pienso mirar cómo te conviertes en algo útil para ese sitio.
La frase fue tan directa que Mara sintió el golpe primero como calor y luego como miedo. Quería oír algo así. Le aterraba que fuera necesario.
—A ti también te haría falta que alguien te hablara así cuando miras a Lía —dijo.
Lemn aceptó el golpe con una quietud cansada.
—Sí.
El reconocimiento, una vez más, desarmó cualquier posibilidad de pelea inútil.
Mara dio un paso. Muy poco. Lo suficiente para apoyarle una mano en el pecho.
Lo hizo con una cautela que no era pudor romántico, sino memoria del cuerpo de él.
De sus espinas. De la toxicidad que en otras personas podía dejar heridas, fiebre, veneno o cosas peores.
Ya había habido roces y besos. Demasiados para fingir que no sabían nada.
Pero seguían sin traspasar ciertas zonas, en parte porque el mundo no se lo permitía y en parte porque el cuerpo de Lemn seguía siendo, también en el deseo, un territorio de riesgo.
Él bajó la vista a la mano de Mara y luego volvió a mirarla.
—No deberías hacer eso si no estás segura.
Mara mantuvo la mano donde estaba. Sentía bajo la tela el calor contenido, la tensión, la vida obstinada de alguien que había resistido demasiado. Y, por debajo, la pregunta no dicha.
—Ya sé lo que llevas dentro —murmuró.
—No del todo.
La respuesta no era presunción. Era advertencia.
Mara deslizó apenas los dedos, muy poco, lo suficiente para que el gesto dejara de ser consuelo abstracto y se volviera tacto real. No sintió ardor. No sintió rechazo de la piel. Solo un estremecimiento, en él y en ella.
—Por eso te digo que no del todo —insistió Lemn, más bajo.
Mara alzó la vista.
—Entonces tendré que averiguarlo con cuidado.
El silencio que siguió fue íntimo de una forma que el campo entero no merecía presenciar.
No había promesa vulgar en esa frase. Había otra cosa más seria: la aceptación de que también el cuerpo entre ellos era ya una frontera por explorar y que Mara, por lo que fuera, no reaccionaba como debería.
Inmune, no del todo. Distinta, seguro. Una anomalía más dentro de un mundo que se estaba quedando sin categorías limpias.
Lemn apoyó su mano sobre la de ella, no para retirarla, sino para contenerla allí un segundo.
—No esta noche.
Mara sintió la decepción breve y, al mismo tiempo, el alivio exacto de que dijera eso.
—No —admitió.
Se quedaron así un momento, sin necesidad de más. El pecho de él bajo su palma. La mano de él sobre la suya. La noche llena de presencias que querían usarlos. Y, aun así, una franja mínima de contacto que seguía perteneciendo a otra cosa.
Cuando volvieron al interior, Mara entendió que la jornada había terminado no con una respuesta sobre Lía, sino con otra forma de presencia.
La de lo que seguía vivo entre ella y Lemn incluso después de que el bosque intentara leerlo, usarlo y convertirlo en una palanca más.
No bastaba para salvarlos. Pero quizá empezaba a bastar para que, cuando llegara la verdadera elección, no la enfrentaran ya como piezas sueltas dentro del sistema.