VENENO Y ESPINAS Capítulo 23. Demasiados ombroles #2
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Capítulo 23. Demasiados ombroles #2

Mara no pudo decir nada durante un instante.

No porque le faltara lenguaje, sino porque el cuerpo había dejado de saber cómo administrar moralmente una acumulación así.

Una persona puede mirar a un ombrol y contener el impulso de completar.

Puede mirar a tres. Puede incluso atravesar una zona de siete u ocho y seguir usando la disciplina de no fijarse demasiado.

Pero un patio entero convertido en geografía de cuerpos absorbidos exigía otra clase de defensa.

La cantidad desbordaba la compasión hasta volverla abstracta, y esa abstracción era también una victoria del bosque.

—No os quedéis —dijo Lemn, la voz más baja que nunca.

Ninguno discutió. Siguieron pegados al borde, sin bajar al patio, con una prisa que no era huida, sino protección del juicio.

Mara entendió mientras avanzaban que la zona profunda estaba diseñada también para eso: no solo para atraerte con la singularidad de una figura demasiado humana, sino para anestesiarte con la acumulación.

Demasiados ombroles hacían imposible el duelo preciso.

El exceso volvía funcional la indiferencia.

Y eso, en aquel mundo, también formaba parte del sistema.

A media mañana encontraron el primer rastro inequívoco de la densidad que habían venido buscando el día anterior.

No una huella. No una figura. Un cambio en el comportamiento de todo alrededor.

El aire se volvió más frío sin que el sol hubiera menguado, el agua bajo los muros sonó más hueca y, sobre todo, tanto Oren como Mara se detuvieron casi al mismo tiempo.

No por miedo inmediato. Por esa presión interior distinta, una especie de orientación involuntaria hacia un punto concreto del campo.

—Allí —dijo Mara.

Oren señaló apenas en la misma dirección, el cuerpo tenso.

Frente a ellos, más allá de dos muros casi derruidos y un tramo de vegetación baja, se extendía una zona donde los ombroles aparecían aún más juntos, casi formando una media luna alrededor de una antigua balsa rectangular cuyas aguas estaban cubiertas por flores pálidas y raíces superficiales.

La construcción de alrededor había debido de ser importante en otro tiempo: tal vez una casa principal o un almacén mayor, ahora hundido a medias, con escalones de piedra y restos de una galería exterior.

Los ombroles no estaban repartidos allí como en el resto del campo.

Estaban orientados. Varios miraban o se inclinaban hacia la balsa.

Otros, hacia la entrada medio comida del edificio.

Mara sintió que la piel de los brazos se le erizaba de una forma casi dolorosa.

—Es más —murmuró Oren, repitiendo la palabra del día anterior.

Lemn observó sin pestañear.

—Sí.

Narel apretó la mandíbula.

—¿Y eso qué quiere decir exactamente?

Lemn tardó unos segundos.

—Que, si hay un centro de algo aquí, es eso.

Aquellas palabras les dejó quietos. No porque fuera concluyente, sino porque ya no sonaba a hipótesis remota. Sonaba a reconocimiento.

Rodearon la zona por alto, buscando un ángulo desde el que leer mejor sin entrar en el radio directo de la balsa.

Fue entonces cuando la zona profunda añadió otra de sus crueldades.

El viento cambió y las campanillas de los árboles, que hasta entonces habían sonado lejanas, llegaron más cerca y más claras, mezcladas con el roce de agua y con el susurro de los árboles antiguos.

No era una melodía completa. Era una superposición de promesas sensoriales: música, voz, frescor, sombra.

Mara sintió enseguida la tentación de quedarse un segundo más quieta, solo uno, para oír mejor.

El cuerpo quería entender. El alma, agotada de tanto horror, quería creer que algo tan hermoso podía existir sin maldad inmediata.

Y precisamente en ese deseo residía el peligro.

—Seguid —dijo Lemn, sin mirar a nadie en concreto.

La orden sonó a necesidad más que a autoridad.

Mara obedeció. También Oren, contando pasos otra vez en voz muy baja, como si el número pudiera sostenerlo dentro de sí mismo frente al rumor del campo.

Narel murmuraba maldiciones casi inaudibles, no porque quisiera pelear ya con Lemn, sino porque necesitaba una fricción humana pobre y fea que le devolviera algo de suelo contra aquella hermosura deforme.

Encontraron un acceso parcial a la parte superior del edificio hundido al mediodía.

No podían bajar a la balsa todavía sin exponerse demasiado, pero sí asomarse a una galería rota desde la que ver mejor el conjunto.

Allí el campo volvió a mostrar lo que era capaz de hacer con la cercanía.

A unos metros de la entrada medio colapsada, uno de los ombroles conservaba todavía bastante rostro como para que el cuerpo de cualquiera quisiera identificarlo.

No era Lía. Mara lo supo porque Lemn, a su lado, no se detuvo del mismo modo que se habría detenido ante esa posibilidad.

Pero la sola casi-humanidad de aquel rostro, de aquella mejilla todavía libre de corteza, obligó a todos a hacer un esfuerzo brutal por no mirar más.

—No —dijo Lemn, esta vez apenas un aliento.

Mara no supo si se lo decía a sí mismo, a Oren o a ella. Tal vez a los tres.

Desde la galería vieron mejor la balsa y el edificio.

El agua no estaba quieta del todo. Bajo las flores pálidas y la película vegetal, algo movía la superficie con lentitud, como si una respiración muy profunda ascendiera de vez en cuando desde el fondo.

Las raíces superficiales conectaban con dos muros, con el borde del edificio y con al menos tres ombroles cercanos.

Ya no era una metáfora pensar en red. La red estaba a la vista.

—Aquí el agua manda más —murmuró Mara.

Oren, con la cara lívida, asintió.

—Y lo de dentro... también.

Narel cerró los ojos por un segundo.

—No digas cosas así si no piensas explicarlas.

Oren soltó aire con cansancio.

—No puedo explicarlo mejor.

La impotencia de la respuesta dejó flotando una verdad más grande: estaban ya en una parte del territorio donde el lenguaje humano iba siempre unos pasos por detrás de la experiencia.

Eso no significaba que hubiera que rendirse al misterio.

Significaba que tendrían que decidir igualmente, aunque los nombres no alcanzaran.

No bajaron esa tarde. La luz empezaba a inclinarse y Lemn no estaba dispuesto a entrar por primera vez en el núcleo de aquella concentración con el sol muriendo y un campo de ombroles alrededor dispuesto para leer cualquier error.

En otro momento Narel habría protestado.

Esta vez no. Todos comprendían demasiado bien que un paso precipitado allí podía acabar no solo en muerte, sino en algo más útil para el bosque que la muerte misma.