VENENO Y ESPINAS Capítulo 23. Demasiados ombroles #3
76%

Capítulo 23. Demasiados ombroles #3

Buscaron refugio relativamente cerca, pero no tanto como para dormir dentro del radio directo de la balsa.

Hallaron una habitación alta de una casa semicaída cuyo suelo superior seguía firme.

Desde allí aún oían el agua, las campanillas lejanas y los susurros de ciertos árboles, pero menos mezclados.

Oren se dejó caer contra la pared con el agotamiento de quien ha pasado el día caminando por delante de su propia condena.

Narel revisó el perímetro sin la menor queja.

Lemn repartió las últimas cantidades ridículas de comida.

El hambre se había vuelto un quinto miembro del grupo, uno al que ya no podían ignorar ni tratar con elegancia.

La noche en aquel refugio fue más tensa que otras no por discusión, sino por la densidad del mañana.

Sabían dónde bajarían. Sabían qué tipo de lugar los esperaba.

Sabían que el cuerpo de Oren se estaba sincronizando de una forma terrible con el entorno y que Mara también empezaba a sentir puntos de densidad en el campo con una claridad que ya no podía atribuir a simple intuición.

Sabían, además, lo que había pasado entre Mara y Lemn la noche anterior, aunque ninguno de los otros lo nombrara.

No porque los hubieran visto exactamente, sino porque el grupo entero había aprendido ya a leer estados, y entre ellos había cambiado uno.

Fue Oren quien lo expresó de la manera más seca y más amable a la vez, mientras Lemn revisaba de nuevo la venda y Mara preparaba agua.

—Dormid algo los dos —dijo, mirando a uno y a otra—. Mañana os va a hacer falta estar peor por dentro que de costumbre.

Narel soltó por la nariz una risa breve.

—Qué gran bendición.

Mara sintió el calor subirle al cuello. No respondió. Lemn tampoco. Pero la tensión entre ambos ya no tenía el carácter incierto de los primeros días. Se había convertido en una presencia más del refugio, asumida, peligrosa, y por eso mismo más honesta.

Más tarde, cuando Oren y Narel dormían, Mara salió a tomar aire y Lemn fue detrás como si llevaran tiempo obedeciendo una rutina vieja.

La noche sobre la zona profunda tenía algo casi litúrgico en su belleza podrida.

Las campanillas sonaban muy lejos, apenas un eco.

Los ombroles eran sombras verticales recortadas contra un cielo limpio.

El agua de la balsa central, invisible desde allí, se hacía notar por un rumor más sentido que oído.

—Mañana entras conmigo —dijo Lemn.

No era una pregunta.

Mara apoyó una mano en el muro frío.

—Sí.

—Oren y Narel se quedan en alto. No quiero a Oren más cerca de eso de lo necesario.

—Lo sé.

Lemn tardó un segundo.

—Y tampoco quiero que tú...

Se detuvo. Mara lo miró. No necesitaba que terminara la frase para entenderla. No quería que ella se entregara a una lectura del campo o de Lía desde un lugar que luego el bosque pudiera usar en su contra. No quería perderla también por ahí.

—No me mires así —murmuró ella, casi con una sonrisa cansada.

—¿Así cómo?

—Como si pensaras que puedes quedarte conmigo fuera de lo que está pasando.

Lemn bajó la vista un segundo. Luego volvió a alzarla, más cansado, más verdadero.

—No puedo.

La honestidad le dolió a Mara y, al mismo tiempo, la alivió.

—Bien. Porque yo tampoco.

Hubo un silencio corto. Esta vez no necesitaban proteger tanto el borde entre ellos. Ya lo habían cruzado.

Lemn levantó una mano y le apartó un mechón pegado a la sien con una lentitud que habría parecido absurda en otro lugar y que allí se convirtió en uno de los gestos más íntimos que Mara recordaba.

No era deseo urgente. Era reconocimiento de presencia.

El tacto de sus dedos junto a la piel le hizo cerrar los ojos un instante.

—Mañana —dijo él, más bajo—, si me ves mirar mal, me sacas de ahí.

Mara lo miró de frente.

—Sí.

—Aunque me odies por ello después.

Aquellas palabras la atravesó por la parte exacta donde empezaba el miedo más serio del amor: no perder al otro, sino tener que intervenir contra aquello que el otro más desea.

—No te voy a odiar —dijo.

Lemn soltó una exhalación tan leve que casi fue una risa triste.

—No deberías prometer eso todavía.

Mara negó apenas.

—No es promesa. Es una de las pocas cosas que sé.

No se besaron largo. No fue una noche para eso.

Pero sí se buscaron de una forma nueva, breve y callada, como quien no quiere usar el cuerpo del otro para olvidar el campo, sino para recordarse por qué sigue entrando en él.

Cuando Lemn apoyó la frente contra la suya y sus labios la tocaron apenas, Mara sintió otra vez que lo que compartían era valioso precisamente porque no estaba funcionando como quería el bosque.

No era impulso ciego. No era alivio instantáneo.

No era abandono. Era una forma consciente de mantenerse humanos sin fingir pureza.

Volvieron al interior antes de que el viento cambiara y las campanillas se acercaran demasiado.

Mara se tumbó junto al muro con el cuerpo agotado y la mente extrañamente clara.

Demasiados ombroles, pensó antes de cerrar los ojos.

Demasiados cuerpos para llorarlos uno a uno, demasiadas señales para ignorarlas, demasiada belleza en cosas hechas para torcer la voluntad.

Y, sin embargo, entre todo eso, aún quedaba la posibilidad de elegir cómo mirar, cómo nombrar, cómo tocar y cómo retirarse.

No era mucho. Pero quizá en la zona profunda ya no se podía pedir más.