VENENO Y ESPINAS Capítulo 23. Demasiados ombroles
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Capítulo 23. Demasiados ombroles

Mara apenas durmió después del beso. No porque hubiera sido un gesto arrebatado o desordenado que el cuerpo quisiera repetir de inmediato, sino por algo más hondo y más difícil de soportar: la certeza de que, dentro de un mundo cada vez más especializado en usar la necesidad humana como palanca, ellos dos acababan de decidir no mentirse también en eso.

El descanso, ya pobre de por sí desde que habían entrado en los campos hondos, se volvió una sucesión de vigilias breves en las que el tacto de la cara de Lemn bajo sus dedos regresaba con una nitidez casi ofensiva.

No le parecía un alivio limpio. Le parecía una promesa expuesta.

Cada vez que cerraba los ojos veía la extensión oscura del campo de ombroles bajo el techo roto, las campanillas vegetales sonando a lo lejos como si el nuevo mundo aún quisiera conservar una forma perversa de lo maravilloso, y esa cercanía mínima entre ellos convertida en otra clase de hambre, una que no pedía precipitación ni cuerpo inmediato, pero sí una fidelidad peligrosa.

El bosque quería estados, se repitió más de una vez.

Quería hambre, cansancio, compasión y deseo mal orientados.

Precisamente por eso lo que había ocurrido con Lemn se le volvió más serio que cualquier gesto impulsivo.

No habían cedido. Habían elegido. Y esa elección ahora tendría que sobrevivir al día siguiente.

Despertó antes del amanecer porque el silencio de la zona profunda no era ya un silencio que permitiera abandonarse del todo al sueño.

Era un vacío tan organizado que el propio cuerpo aprendía a permanecer alerta incluso dormido.

Oren seguía respirando a intervalos desiguales, aunque sin el deterioro abrupto que habían temido.

Narel, apoyado contra una pared, había terminado por rendirse al cansancio con la hoja aún cerca de la mano.

Lemn estaba despierto y vuelto hacia el exterior, no del todo de espaldas al grupo, pero sí colocado en ese ángulo suyo que le permitía vigilar el paisaje y mantener un ojo sobre los demás sin que pareciera que lo hacía.

Cuando Mara se incorporó, él volvió apenas la cabeza.

No dijeron nada. No era necesario. La memoria de la noche anterior seguía ahí, alojada entre ambos con una claridad demasiado reciente como para necesitar confirmación inmediata.

Aun así, ella sintió al instante que el día no les iba a conceder el lujo de demorarse en eso.

La revisión de Oren confirmó una tregua escasa.

La pierna seguía mal. Las líneas pálidas mantenían su avance contenido, la articulación obedecía con torpeza y el olor verde persistía bajo la venda como una señal de que el cuerpo no había dejado de negociar con lo extraño.

Pero tampoco había empeorado de forma brutal.

Aquello, más que alivio, les dio margen.

Un margen precario, injusto, pero suficiente para intentar alcanzar el punto del campo que tanto Mara como Oren habían señalado el día anterior, esa densidad distinta entre muros hundidos y una balsa cubierta por flores pálidas, más al norte, más adentro, demasiado dentro ya de la zona profunda.

Lemn no convirtió la decisión en discurso.

Se limitó a decir que saldrían con la primera luz, que irían por alto mientras pudieran y que, a partir de cierto punto, tendrían que aceptar entrar en la lectura directa del campo.

Narel asintió sin discutir. Oren se puso en pie con ayuda de ambos y, al apoyar la pierna, hizo una mueca que no llegó a ser queja.

Mara le sostuvo el brazo un instante más de lo necesario y sintió en ese gesto una mezcla dolorosa de ternura y vigilancia.

Cada vez le costaba más separar ambas cosas.

La mañana se abrió sobre la zona profunda con una claridad gris que, poco a poco, fue encendiendo los colores de aquella geografía reorganizada hasta volverla casi intolerablemente hermosa.

Los ombroles, vistos desde cierta altura, no parecían simples cuerpos fijados al paisaje, sino elementos de un diseño.

Algunos coronaban muros como si hubieran sido colocados allí para sostener una estructura nueva.

Otros jalonaban canales y senderos antiguos con una regularidad demasiado útil.

Había pequeños grupos donde antes debió de haber espacios de encuentro humano: patios, eras, umbrales, escaleras exteriores.

Y entre todos ellos crecían flores, lianas, raíces aéreas, musgos brillantes y árboles de copa irregular con campanillas vegetales que sonaban de vez en cuando, no tanto como música continua, sino como recordatorio de que incluso la belleza podía haberse integrado al sistema.

Mara sintió un cansancio anticipado antes de dar el primer paso serio del día.

No por la distancia que les quedaba, sino por la cantidad de humanidad detenida que el campo iba a obligarlos a ver sin mirar demasiado.

Descendieron desde el caserío roto por una terraza de piedra medio vencida, luego bordearon una franja de juncos secos y alcanzaron una línea de patios encadenados donde el suelo alternaba tramos de baldosa vieja, tierra negra y raíces tan finas que parecían grietas oscuras.

Lemn iba delante leyendo el terreno con esa concentración feroz que se le acentuaba cuanto más cerca sentía a Lía sin poder todavía nombrarla.

Mara caminaba cerca, no pegada a él, pero sí lo bastante como para percibir los cambios de ritmo en su cuerpo.

Después de la noche anterior, cada proximidad se había vuelto más precisa.

No había torpeza entre ellos, pero sí una conciencia nueva de la distancia, del calor, de la mirada lateral compartida un segundo más de la cuenta.

Narel cubría por detrás con una vigilancia ya menos impulsiva y más práctica.

Oren seguía el paso como podía, respirando hondo cada vez que el terreno se humedecía o el campo se cerraba demasiado a su alrededor.

Aquello también había cambiado: ya no solo temían que el bosque leyera a Oren; Oren empezaba a leer al bosque con una sensibilidad que a todos les resultaba útil y atroz a la vez.

No tardaron en comprender que “demasiados ombroles” no era una exageración, sino una condición espacial.

El número dejó pronto de ser contable. Ya no podían señalar uno, dos o siete.

Empezaron a avanzar dentro de una extensión donde la presencia fija de cuerpos integrados formaba parte de casi cualquier ángulo de visión.

Había un ombrol inclinado sobre una artesa rota como si siguiera lavando algo.

Otro, casi tumbado, había quedado absorbido en un talud del que nacían flores amarillas.

Dos más, fundidos a medias con un muro de carga, parecían sostenerlo desde dentro, cada uno con una rama gruesa donde antes debió de haber un brazo.

Mara apartaba la vista de sus rostros casi por reflejo, pero el campo entero estaba organizado para que el ojo no pudiera ignorar del todo la forma humana sin perder lectura del terreno.

Y ahí residía la crueldad más refinada. No mirar demasiado exigía primero admitir que sí estabas mirando algo que había sido una persona.

El bosque no pedía solo obediencia. Pedía colaboración mental.

—No me gusta cómo están puestos —murmuró Narel tras uno de los muros, cuando tuvieron que detenerse un momento para dejar pasar una ráfaga de aire cargada de humedad amarga.

Lemn no le pidió que precisara. Ya lo sabían todos.

—No están puestos —dijo Oren, y la frase, salida de él, dolió más precisamente porque su cuerpo empezaba a entender demasiado—. Están... aprovechados.

Mara volvió la cabeza hacia él. El hombre tenía el rostro pálido por el esfuerzo, pero en los ojos había algo aún más inquietante que el dolor: una lucidez involuntaria.

La zona profunda le estaba enseñando una gramática del campo desde dentro.

Y eso significaba que también lo estaba alejando un poco más de las categorías antiguas.

Lemn siguió avanzando sin negar lo dicho.

El grupo ya no necesitaba tranquilizarse con palabras falsas.

Los ombroles del campo no eran simples restos.

Eran la manera en que el paisaje había decidido utilizar las posiciones de los cuerpos humanos para volver más legibles y más manipulables las rutas del resto.

Una mano aún reconocible sobre una piedra servía para atraer la mirada.

Un cuello ladeado junto a un canal estrecho convertía ese paso en moralmente más difícil de cruzar.

Un cuerpo pequeño apoyado bajo un árbol viejo funcionaba como anzuelo emocional aunque nadie corriera hacia él.

El bosque, pensó Mara, no solo había incorporado a los muertos o a los transformados.

Había aprendido a usar lo que cada postura significaba para quienes aún caminaban.

La primera gran detención del día llegó al pasar junto a lo que había sido una plaza de trabajo o un patio central compartido entre varias construcciones agrícolas.

Allí el campo se abría lo suficiente como para que la escala del horror dejara de ser intuitiva y se volviera absoluta.

Desde el borde alto del patio, sin necesidad de bajar, vieron no menos de veinte ombroles en distintas fases de integración, distribuidos en torno a un pozo cegado, una era circular y los restos de tres muros interiores.

Algunos eran tan antiguos que apenas conservaban proporción humana; otros, recientes, mostraban todavía ropa, manos, cabello pegado a la corteza naciente o cabezas demasiado cercanas a la inclinación de una persona cansada.

En medio de todos, el pozo antiguo había sido cubierto por una membrana vegetal oscura, brillante, sobre la que flotaban pequeñas flores pálidas como ojos cerrados.

Narel soltó una blasfemia.

Oren dejó escapar el aire como si le hubieran dado un golpe en el pecho.