VENENO Y ESPINAS Capítulo 22. Zona profunda #3
72%

Capítulo 22. Zona profunda #3

Aquello era absurda fuera de aquel contexto.

Dentro, lo explicaba todo. El sonido había sido exactamente la clase de estímulo humano y localizable que el cuerpo reconoce como accidente, caída o petición de ayuda.

Demasiado bien recortado del silencio general.

Lemn lo entendió antes de que Mara terminara de desarrollar la idea.

Buscó con la vista el ángulo alto desde donde provenía el golpe y encontró, en un patio medio cubierto, algo que les confirmó la sospecha: un ombrol reciente, aún a medio incorporarse al muro, tenía una de las manos libres y esa mano pendía apenas sobre una losa suelta.

El viento, o una tensión interna, la había dejado caer contra la piedra.

Lo suficiente para producir un sonido reconocible.

Lo suficiente para hacerlos volver la cabeza.

Narel dejó escapar una maldición larga y sucia.

—Nos están afinando.

La frase, brutal y torpe, resumía demasiado bien la sensación. El bosque no inventaba lenguajes completos. Le bastaba con perfeccionar pequeñas semejanzas hasta el punto en que el cuerpo humano hiciera el resto del trabajo.

A media tarde encontraron por fin un punto desde el que se dominaba casi toda la mitad occidental del campo.

Fue allí donde Oren se detuvo de golpe y Mara comprendió al mirarlo que no lo hacía por cansancio.

Lo hacía porque algo lo estaba atravesando desde dentro.

No dolor agudo. Otra cosa. Se llevó una mano al muslo, por encima de la venda, y cerró los ojos apenas un instante.

—¿Qué pasa? —preguntó Lemn.

Oren tardó.

—Aquí... los noto.

El silencio cayó enseguida.

—¿A quiénes? —murmuró Mara.

Oren abrió los ojos y miró el campo de ombroles extendido abajo.

—No sé. No como personas. No así. Pero aquí... —Se tocó otra vez el muslo y luego el vientre—. Aquí el cuerpo me cambia la respiración. Como si supiera antes dónde están.

Aquello les dejó a todos inmóviles. Era la primera vez que el proceso de Oren se convertía de forma tan explícita en lectura del paisaje.

Y, al mismo tiempo, Mara sintió una oleada amarga de reconocimiento, porque eso que él nombraba con horror era, en otra escala, algo que ella llevaba sintiendo desde Vardel.

La diferencia estaba en el origen y en el precio.

Lemn no apartó la vista de Oren.

—¿Puedes decir si hay alguno... distinto?

Oren tragó saliva.

—No sé. Hay demasiados.

Mara observó el campo. Demasiados ombroles, sí.

Pero la frase había hecho nacer otra posibilidad más peligrosa: si Oren empezaba a sentirlos, tal vez ella también pudiera, no como la mujer de los claros o las vibraciones de agua, sino de una forma más extendida.

Cerró los ojos un instante y se obligó a no escuchar el viento, ni las campanillas lejanas, ni los susurros de árboles.

Solo el propio cuerpo. Durante un instante no hubo nada.

Luego sí. No una orientación limpia, sino una densidad distinta en un punto del campo, más al norte, cerca de un grupo de muros casi hundidos y una balsa cubierta por flores pálidas.

No era solo presencia. Era concentración.

Abrió los ojos.

—Allí.

Lemn siguió la dirección de su mirada.

—¿Por qué?

Mara negó apenas.

—No lo sé bien. No es una figura. Es... más.

Lemn miró de nuevo a Oren.

—¿Tú?

Oren respiró hondo. Luego asintió con una lentitud aterradora.

—Sí. Más.

Narel se quedó callado. Ya no discutía cada intuición. Eso, por sí solo, decía cuánto los había cambiado la zona profunda.

No podían bajar al campo central con la luz descendiendo.

Lo sabían. Aun así, aquel punto más denso se convirtió de inmediato en objetivo del día siguiente.

No porque supieran qué había allí, sino porque el cuerpo de dos de ellos lo estaba señalando con una coincidencia demasiado seria para ignorarla.

Lía podía no estar allí. También podía estar más cerca de lo que Lemn era ya capaz de soportar racionalmente.

La búsqueda de refugio antes del anochecer resultó más difícil que otros días porque la zona profunda tenía otra forma de cerrar el espacio.

Al final encontraron acomodo en la parte alta de un caserío hundido cuya planta superior aún conservaba suelo firme y un tramo de techo.

No era seguro. Solo menos expuesto que el campo abierto.

Desde allí, al caer la noche, seguían oyendo las campanillas vegetales a lo lejos, mezcladas con el viento y los susurros de ciertos árboles y con esos golpes huecos de agua contra piedra que en los campos hondos ya no pertenecían a ninguna inocencia.

Comieron casi nada. Bebieron con cuidado. Revisaron la pierna de Oren, que no había avanzado mucho más durante la tarde, pero seguía funcionando ya como un órgano de lectura torcida del paisaje. Nadie dijo que aquello pudiera ser útil sin ser también atroz. No era necesario. Estaba claro.

Fue después, cuando Narel se quedó dormido por puro agotamiento y Oren aceptó por fin cerrar los ojos aunque seguía tenso incluso dormido, cuando Mara salió al borde del techo roto para mirar la oscuridad.

Lemn fue detrás a los pocos minutos. A esa altura, el campo de ombroles era una extensión casi abstracta de sombras verticales, agua apagada y ruinas asumidas por la vegetación.

Las campanillas de los árboles lejanos sonaban a intervalos, tan hermosas que dolían.

—No debería ser tan hermoso —murmuró Mara.

Lemn se quedó a su lado, sin tocarla.

—No.

—Eso es parte de cómo gana.

—Sí.

Mara tragó saliva. Llevaba todo el día sintiendo en el cuerpo una verdad que ya no podía seguir dejando al fondo.

—Oren los siente. Yo también he sentido ese punto del campo. Tú sabes hacia dónde va todo esto. Narel ya no discute por discutir. Estamos entrando en un sitio donde el bosque y nosotros nos leemos cada vez mejor.

Lemn la miró.

—Sí.

La repetición de la palabra no la irritó esta vez. Tenía algo de asentimiento ritual, de aceptación de una realidad demasiado grande para adornarla con frases.

—Y aun así —siguió Mara, muy baja—, lo único que me da la sensación de no ser suyo del todo es esto.

No señaló el campo. Ni el refugio. Ni la noche. Tampoco necesitó decirlo. Entre ellos había ya un espacio de sentido demasiado denso para fingir torpeza.

Lemn se tomó un instante antes de responder. Cuando lo hizo, la voz le salió más desnuda que en ninguna otra noche.

—A mí también.

La confesión no llegó como alivio. Llegó como una herida limpia.

Porque convertía en verdadero algo que ambos habían estado sosteniendo con prudencia feroz.

Mara sintió el pulso en la garganta, en las muñecas, en la boca del estómago vacía.

El hambre, el miedo, el cansancio, todo estaba ahí.

Pese a ello, por debajo de todo eso, había también una claridad imposible de negar.

El bosque quería estados. Quería usar el amor mal orientado.

Quería convertir la cercanía en impulso ciego.

Y por eso mismo tenían que nombrarla bien o se la arrebataría.

—No quiero que nos llegue torcida —dijo.

Lemn la miró sin bajar los ojos.

—Entonces no la dejemos callada.

La frase, tan sobria y tan exacta, le quebró a Mara la última defensa que aún intentaba sostener como si la distancia pudiera seguir siendo una virtud suficiente.

Dio el paso ella esta vez. Muy corto. Lo justo para entrar de verdad en el calor de su cuerpo.

Lemn no retrocedió. Tampoco se abalanzó.

Se quedaron durante un segundo larguísimo tan cerca que la respiración de ambos pareció volverse el único sonido humano del mundo.

Mara alzó una mano y, por fin, le tocó la cara.

La barba áspera, la piel cansada, la cicatriz junto a la mandíbula, todo lo que llevaba días queriendo comprobar como si el tacto pudiera certificar que aún no pertenecían del todo al paisaje.

Lemn cerró los ojos un instante, solo uno, y apoyó la frente contra la de ella con una lentitud que a Mara le resultó más íntima que cualquier urgencia.

No fue un beso arrebatado. No podía serlo allí.

Fue algo peor y mejor. Un reconocimiento físico de que lo que había entre ellos ya no era solo deseo mal colocado ni necesidad de apoyo bajo peligro.

Era una cercanía elegida con lucidez. Cuando sus bocas se tocaron al fin, lo hicieron con esa misma cautela feroz, como si ambos supieran que el bosque habría preferido o el impulso ciego o la renuncia completa, pero no aquello: una entrega tan consciente del borde que dolía.

Mara sintió el hambre, el cansancio y el miedo mezclarse con un alivio casi insoportable.

No el alivio de huir del mundo. El de encontrar, dentro de él, una forma de humanidad que aún no le debía obediencia.

Se separaron apenas. Lo justo para respirar y seguir estando ahí.

—Mañana —murmuró Lemn, la frente aún cerca de la suya—, puede que la encontremos.

Mara cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

—Y puede que yo...

No terminó la frase. No hacía falta. Podía mirar mal. Podía romperse. Podía necesitar que alguien lo sacara de sí mismo como ella de las flores. Podía no soportar.

Mara apoyó otra vez la mano en su cara.

—No vas a estar solo.

Lemn no sonrió. Pero algo en la tensión de su boca cambió, más cercano a la verdad que cualquier gesto fácil.

—No.

Permanecieron un momento más en esa cercanía mínima, oyendo a lo lejos las campanillas vegetales y el susurro de los árboles, el campo inmenso de ombroles respirando debajo como una segunda noche.

La zona profunda los había llevado ya al punto donde el bosque y ellos se leían mutuamente.

Y, sin embargo, allí, en ese techo roto, Mara advirtió que todavía podían elegir el idioma en que responder.