VENENO Y ESPINAS Capítulo 22. Zona profunda #2
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Capítulo 22. Zona profunda #2

—Aquí... tira distinto —dijo en un tramo donde el suelo mezclaba piedra seca y raíces visibles.

Lemn no le preguntó por qué. Había dejado de exigir explicaciones imposibles en voz alta.

—¿Más arriba? ¿Más abajo?

—Más dentro.

La respuesta le dejó a Mara una punzada fría. Porque era exactamente la clase de lenguaje que ella misma había empezado a usar con el entorno. No una descripción anatómica, sino espacial. El cuerpo estaba convirtiéndose en terreno.

Avanzaron con más cuidado a partir de ahí.

Narel guardó por fin el impulso de adelantarse o de buscar atajos agresivos.

El hambre seguía presente, pero algo de lo ocurrido había reordenado el grupo.

Ya no luchaban tanto entre ellos por el derecho a mandar.

Luchaban contra la forma en que el mundo quería hacerlos previsibles.

Esa diferencia, pensó Mara, era la única madurez posible allí.

Hacia media mañana llegaron a una especie de elevación rota desde la que podía verse, extendido en un semicírculo irregular, el corazón de la zona profunda.

Y fue allí donde la zona profunda dejó de ser una idea para convertirse en experiencia física.

Ante ellos se extendía una amplitud de ruinas agrícolas, patios hundidos, corrales, canales oscuros, balsas cubiertas por irisaciones enfermizas, árboles antiguos, lomas blandas de vegetación baja y, por encima de todo, una cantidad de ombroles imposible de contar de un vistazo.

No algunos. No grupos aislados. No un paso maldito.

Un campo entero de ellos, en distintos estados de integración, posturas, edades y funciones.

Había ombroles erguidos como postes vivos junto a antiguas acequias.

Otros inclinados sobre agua, como si siguieran bebiendo o lavando algo que ya no estaba allí.

Varios pequeños, casi juveniles, recogidos junto a entradas de casas.

Un conjunto de tres fusionados a medias con un muro derruido.

Uno arrodillado sobre lo que había sido una era.

Otro, altísimo y más vegetal ya que humano, con ramas saliendo del pecho como una corona fea.

Todo mezclado con flores, raíces, agua y estructuras del mundo viejo, de modo que el ojo tardaba en distinguir dónde acababa la ruina y empezaba el cuerpo.

Nadie habló durante varios segundos. Oren fue el primero, quizá porque su propia situación convertía la visión en otra clase de espejo.

—Joder.

La palabra, tan escasa, fue suficiente. Mara sintió que la garganta se le cerraba no solo por horror, sino por la magnitud de lo que tenían delante. El bosque no estaba matando o transformando de forma caótica. Estaba construyendo paisaje con personas.

Lemn no apartaba la vista. No la paseaba al azar.

La contenía con una disciplina feroz, evitando sin embargo la parálisis.

Mara lo observó de perfil y comprendió con una claridad casi dolorosa que, a partir de allí, cada paso iba a estar ya demasiado cerca de Lía como para que él pudiera seguir sosteniendo la búsqueda en el mismo tono anterior.

—No vamos a cruzar por el centro —dijo al fin.

Narel soltó aire como si hubiera olvidado respirarlo.

—¿Y por dónde piensas pasar exactamente? ¿Por encima?

Lemn señaló una línea alta a la izquierda, donde una sucesión de muros medio unidos y terrazas de piedra permitían bordear parte del campo sin entrar del todo en él.

—Por ahí. Da altura y evita las aguas abiertas. Pero habrá ombroles igual. Y más escucha del terreno.

Mara no apartaba la vista del semicírculo de cuerpos.

La visión le estaba haciendo algo más complejo que miedo.

La abrumaba a nivel de significado. Allí delante se hacía visible de golpe la escala de la reorganización.

Ya no podían seguir pensando el caso de Lía, el de Oren o el de la mujer del claro como tragedias aisladas. Eran piezas de una geografía viva.

—Ella los siente —murmuró Oren, quizá sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Mara lo miró.

—¿Quién?

Pero Oren no respondió. Miraba el campo con una expresión extraña, mezcla de horror y reconocimiento físico. Quizá no se refería a Lía. Quizá a ella, Mara. Quizá a la propia figura cojeante. O quizá el cuerpo le estaba diciendo ya cosas que ninguno sabría traducir aún.

Reemprendieron la marcha por la línea alta.

Cada paso exigía una disciplina casi insoportable, porque la elevación no bastaba para convertir el campo en simple visión panorámica.

Seguía estando cerca. Demasiado cerca. Mara oía a veces pequeños roces, no de voz, no del todo, sino de ramas cortas, telas tensadas por el viento, humedad moviéndose en cavidades antiguas.

El olor era peor que en cualquier otro lugar: agua retenida, savia, piedra caliente, flores abiertas, tela vieja, piel sudada, corteza reciente.

No había podredumbre animal fuerte. Eso era quizá lo más monstruoso.

El campo entero olía a vida reorganizada, no a cementerio.

Pasaron junto a los primeros ombroles de borde.

Uno estaba fundido con una puerta medio caída y sostenía el dintel con ramas que habían sustituido al brazo.

Otro, más reciente, conservaba aún una mano humana apoyada sobre una pila seca y el cuello girado como si siguiera escuchando algo desde dentro del patio.

Mara repitió en silencio la norma: no mirar demasiado.

No completar. No regalarle al ojo más humanidad de la que necesitaba para no fallar el pie.

Aun así, la repetición del paisaje empezaba a producir otro efecto: ya no era solo impresión.

Era saturación. El campo entero funcionaba como una especie de argumento del bosque.

Una demostración. Esto hacemos con quienes llegan hasta aquí.

Esto hacemos con sus rutas. Con sus casas.

Con sus pozos. Con sus patios. Con su hambre. Con sus descansos.

En un punto la línea alta se estrechó sobre un muro tan angosto que Oren tuvo que pasar primero con el peso repartido entre Mara y Lemn.

Narel cubría por detrás. El campo de ombroles quedaba a la derecha, casi a la misma altura, separado solo por un terraplén corto y una franja de juncos.

Allí ocurrió algo que los inmovilizó de golpe.

Uno de los ombroles, no más de diez pasos por debajo, respondió al movimiento de Oren.

No levantó la cabeza de forma teatral ni emitió sonido alguno.

Lo que hizo fue más pequeño y peor: una rama nacida del hombro se tensó apenas hacia la dirección del paso, y al mismo tiempo el agua en una zanja cercana mostró un círculo fino, como si algo bajo la superficie hubiera recibido la vibración.

—No os paréis —dijo Lemn en un susurro helado.

Pero ya era tarde para que la conciencia del vínculo entre ambas cosas no los golpeara.

Oren lo sintió también; Mara notó el temblor mínimo que le recorrió el brazo.

El campo no era una colección de cuerpos quietos.

Era una red. Y la red estaba leyendo especialmente bien el cuerpo que empezaba a cambiar de los suyos.

Lograron superar el estrechamiento y alcanzar una terraza de piedra más ancha donde poder respirar sin creer que cada latido iba a despertar medio paisaje. Oren se dejó caer un segundo contra el muro. Narel, pálido bajo la rabia, se pasó una mano por la boca.

—Ya está. Lo sienten mejor a él.

Lemn no intentó negarlo.

—Sí.

Mara miró a Oren. El hombre tenía la cara endurecida por el esfuerzo, pero había algo más detrás. No solo miedo. Una especie de vergüenza íntima por ser, sin querer, un mejor transmisor del bosque hacia el bosque.

—No es culpa tuya —dijo.

Oren dejó escapar una risa sin humor.

—No. Solo me pasa a mí. Qué alivio.

Aquellas palabras le dolió porque era la clase de ironía que aparece cuando alguien ya está demasiado cerca de dejar de creer en cualquier consuelo verbal.

La zona profunda siguió desplegándose durante horas sin darles un solo respiro limpio.

A ratos el viento traía las campanillas musicales de ciertos árboles más al norte, un eco casi maravilloso que atravesaba el campo de ombroles como una burla de lo sagrado.

A ratos el ámbar regresaba en pequeñas bolsas de aire inmóvil, denso y cálido, sin llegar a envolverlos del todo, pero recordándoles que incluso allí la seducción seguía funcionando.

El hambre, entretanto, los vaciaba por dentro con una paciencia peor que el dolor.

Las últimas porciones de tubérculo cocido apenas bastaban para evitar el mareo y la debilidad de piernas, no para devolver juicio sobrado.

Mara empezó a notar cómo todo se volvía ligeramente más brillante, más táctil, más urgente.

Ese era el punto en que el hambre ya no pedía solo alimento.

Pedía simplificación. Y ella había aprendido demasiado bien a temer cualquier simplificación del mundo en aquel lugar.

Fue poco después del mediodía cuando el campo les mostró otra de sus funciones.

Al bordear una casa hundida casi del todo bajo vegetación, escucharon un sonido corto y humano: un golpe seco, como de barro o carne contra piedra.

Todos se detuvieron. El impulso de buscar el origen fue instantáneo.

Mara lo sintió subirle a la garganta como un reflejo.

Lemn ya estaba girando la cabeza. Narel alzó la hoja.

Oren contuvo el aire. Entonces Mara entendió y los frenó con una sola palabra.

—No.

Lemn la miró, tenso.

—¿Qué?

—Eso ha sonado demasiado bien.