VENENO Y ESPINAS Capítulo 22. Zona profunda
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Capítulo 22. Zona profunda

La mañana en que entraron de verdad en la zona profunda no tuvo nada de solemne y quizá por eso se volvió más definitiva que cualquier umbral grandioso.

No apareció una frontera visible, ni una niebla especial, ni una última loma desde la que contemplar el territorio al que ya no pertenecerían del todo las reglas anteriores.

Lo que ocurrió fue más simple y más terrible: el paisaje dejó de ofrecerles transiciones.

Hasta entonces los campos hondos, por muy hostiles que fueran, aún conservaban pequeñas gradaciones, islotes de piedra seca, ruinas donde el mundo viejo seguía sirviendo de referencia aunque fuera para traicionarlos mejor, manchas de vegetación distinguibles por tipo de amenaza, incluso silencios distintos según la densidad del agua o la proximidad de ombroles.

Aquella mañana, en cambio, todo empezó a presentarse unido.

Agua, raíces, flores, ámbar, árboles susurrantes, campanillas vegetales y cuerpos fijados dejaron de alternarse como peligros distintos y comenzaron a entrelazarse en una sola respiración territorial.

Mara lo sintió antes de verlo con claridad, en la forma en que el aire se espesó de golpe al amanecer y en cómo la luz, al filtrarse entre copas y ruinas, ya no se posaba sobre cosas separadas, sino sobre una continuidad vegetal demasiado segura de sí misma.

El refugio miserable de la noche anterior había quedado impregnado de esa mezcla que ya empezaba a definirlos a todos: hambre controlada, cansancio no resuelto, miedo al cuerpo de Oren y esa otra tensión más secreta y más encendida que unía a Mara y a Lemn con una claridad que ninguno podía seguir tratándose a sí mismo como una equivocación pasajera.

Aun así, la primera mirada de Mara al despertar no fue para él, sino para Oren.

La necesidad se había vuelto jerárquica.

Antes de pensar en el norte, en Lía, en la mujer atrapada de la era, en el hambre o en Lemn, había que pensar en si Oren seguía siendo capaz de levantarse del lado humano del día.

Se incorporó con la manta todavía sobre los hombros y se acercó junto a los otros.

Narel ya estaba despierto, sentado contra la pared con esa expresión dura y agotada que en él sustituía a cualquier forma visible de angustia.

Lemn se agachó a deshacer la venda con la misma concentración con la que habría desmontado una trampa explosiva si el mundo les hubiera dejado peligros tan simples.

Oren observaba la escena sin pedir rapidez ni compasión.

Ese seguía siendo uno de los rasgos más terribles de todo el proceso: continuaba presente de una manera tan clara que obligaba a los demás a no refugiarse en la mentira cómoda de tratarlo ya como objeto clínico o como condena inevitable.

La pierna no había empeorado de forma brutal.

Tampoco había mejorado. Las líneas seguían ahí, más tensas quizá alrededor de la rodilla, menos ansiosas de trepar con violencia.

La incisión mostraba una cicatrización fea pero útil, y el verde amargo del olor seguía alojado en torno a ella con una calma que hacía más insoportable el conjunto.

El cuerpo estaba aprendiendo a convivir con lo extraño.

Y esa adaptación parcial era peor que un colapso inmediato, porque convertía cada hora ganada en una pregunta moral adicional.

—¿Subió? —preguntó Narel.

Lemn negó con la cabeza, pero no con alivio.

—No mucho.

Oren expulsó el aire breve.

—Eso ya ni suena bien.

Mara observó la rodilla, la tensión del cuádriceps, la mano izquierda de Oren sobre la manta.

Volvió a pedirle que flexionara el pie, que doblara la rodilla, que abriera y cerrara la mano.

La obediencia seguía ahí, pero lo hacía con esa mínima demora que les estaba enseñando más del proceso que cualquier explicación.

No era parálisis. Era mediación. Como si el cuerpo debiera consultar con otra lógica antes de ejecutar una orden sencilla.

—Puedes andar —dijo Lemn por final—. Pero peor.

—Me asombra tu talento para vender esperanza —murmuró Oren.

Por primera vez en muchas horas Narel dejó escapar una risa seca. Duró poco. Lo suficiente para recordarles que aún eran personas capaces de reconocerse en el humor más mínimo incluso al borde de algo así.

Prepararon la marcha con un silencio menos crispado que el día anterior.

No porque el peligro se hubiera reducido, sino porque la conversación de la noche, las confesiones dichas alrededor del hambre y la certeza compartida de que el bosque quería estados y no solo cuerpos habían obligado al grupo a una clase de honestidad nueva.

Narel ya no discutía cada orden de Lemn con el mismo resentimiento, no porque hubiese desaparecido lo que sentía, sino porque lo había nombrado.

Oren, debilitado pero lúcido, había dejado de fingir que el proceso no lo tentaba también por la vía de la rendición.

Mara había admitido el hambre mental que la empujaba hacia lo bello.

Y Lemn había confesado su prisa. Nada de eso resolvía nada.

Pero volvía la lectura del grupo menos opaca.

En un paisaje que quería usar sus estados interiores, esa opacidad era un lujo suicida.

Partieron con las últimas porciones repartidas al límite y una disciplina nueva sobre los estímulos.

Nadie miraría flores más de lo imprescindible.

Nadie seguiría música o susurro por curiosidad.

Nadie aceptaría alivio hermoso sin que antes lo miraran dos.

Aquellas normas, nacidas de la experiencia de unos pocos días, tenían ya la forma de supersticiones futuras, de proverbios de supervivencia que en otro tiempo habrían parecido exagerados y que ahora eran apenas suficientes.

La primera señal de que estaban entrando en la zona profunda fue sonora.

No vino de amenaza directa, sino de algo que, en otro mundo, habría resultado casi maravilloso.

El viento cambió poco después del amanecer y trajo desde una ladera más al norte una música leve, irregular, de campanillas pequeñas.

No una melodía humana ni una secuencia limpia, sino un entramado de notas breves, claras, dulces y metálicas a la vez, formadas por la fricción del aire contra algo hueco y vegetal.

Mara alzó la cabeza por puro reflejo. La ladera estaba salpicada de árboles bajos y viejos, de tronco retorcido y copa irregular, sobre cuyas ramas colgaban racimos de flores con forma de campanas alargadas, blancas en unas partes, ligeramente verdosas o rosadas en otras, translúcidas en los bordes.

Se mecían con una elegancia casi indecente y emitían esa música al compás del viento.

Durante un instante, el mundo dejó de parecer únicamente hostil.

Había en aquella imagen una belleza auténtica, no solo belleza-trampa.

O, al menos, una belleza que el cuerpo quería llamar auténtica por desesperación.

—No —dijo Lemn de inmediato.

La palabra cortó el hechizo antes de que se espesara del todo. Aun así, todos habían levantado la vista un segundo de más.

—¿También eso? —preguntó Narel, con una mezcla de rabia y decepción que resumía bastante bien el estado del grupo.

Lemn observaba los árboles de las campanillas sin fijarse demasiado en una sola flor.

—No sé si atacan. Sé que no me gusta que nos hagan olvidar un momento dónde estamos.

Mara escuchó otra vez el tintineo vegetal.

Las notas parecían más limpias a medida que el viento modulaba mejor el conjunto, y con esa limpieza llegaba otra sensación igual de peligrosa: descanso.

No como el ámbar, que adormecía por la vía de la dulzura espesa, ni como las flores hipnóticas, que vaciaban el pensamiento al fijarlo.

Esto era otra cosa. Una invitación al asombro.

Un recordatorio cruel de que incluso en un mundo reorganizado para la depredación seguía habiendo formas de belleza casi sagrada.

Y el cuerpo, rendido de hambre y terror, necesitaba desesperadamente que algo hermoso no fuera veneno.

—No las escuchéis como si fueran regalo —murmuró Mara.

Lemn la miró de reojo. Asintió.

—Eso.

Rodearon la ladera sin subir a ella, manteniendo distancia con el sonido.

Aun así, la música los acompañó un buen rato, quebrándose y rehaciéndose entre el viento y las piedras.

Mara comprendió entonces que una de las formas más refinadas del horror de aquel mundo consistía en no negar del todo lo maravilloso.

Lo conservaba. Pero lo volvía ambiguo. Y la ambigüedad agotaba más que la amenaza pura, porque obligaba al alma a renunciar también al consuelo.

A medida que avanzaban, el paisaje fue volviéndose más compacto.

Ya no había ruinas separadas por tramos de campo, ni canales aislados entre bancales, ni ombroles dispuestos como advertencias en lugares concretos.

Todo convivía. Las casas de labor aparecían absorbidas a medias por raíces gruesas y muros reverdecidos.

Los canales se convertían en venas oscuras entre la tierra y las construcciones.

Los ombroles surgían integrados en patios, entradas, ribazos, árboles caídos y hasta en pequeños altares improvisados del mundo anterior.

Algunas flores crecían directamente de sus ramas cortas.

Otras cubrían el suelo inmediato con una suavidad demasiado cuidadosa.

El agua ya no estaba “cerca”. Estaba dentro del conjunto, insinuada en brillos bajos, en humedades retenidas bajo piedra, en sonidos huecos que llegaban de sitios invisibles.

La zona profunda no era un lugar distinto.

Era el momento en que todas las mutaciones dejaban de competir entre sí y empezaban a colaborar.

Oren lo notó antes de poder formularlo. Caminaba peor, sí, pero no por puro avance del cambio. Había momentos en que su pierna parecía responder con una rigidez nueva al pasar cerca de ciertos puntos, como si el cuerpo leyera el territorio con una sensibilidad de la que él mismo se avergonzaba.