VENENO Y ESPINAS Capítulo 21. Cercanía #3
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Capítulo 21. Cercanía #3

—Y el ámbar otra. Y las flores. Y los árboles. Y los ombroles recientes. Y la sed. Y el cansancio. Y el querer ayudar —añadió Mara.

Oren apoyó la cabeza en el muro.

—Todo lo que te vuelve más humano... mal colocado.

La frase dejó el centro del conflicto desnudo.

Mara sintió un dolor raro al oírla. Porque entendió que lo que el bosque quería no era eliminar simplemente lo humano, sino usarlo en su mejor y en su peor parte como palanca.

La compasión, el amor, el hambre, el deseo de descanso, la necesidad de sentido.

Nada estaba fuera de su alcance si servía para mover un paso.

Lemn, que había permanecido sentado de perfil a ellos, con los antebrazos sobre las rodillas y la vista en un punto oscuro del suelo, habló entonces con una gravedad nueva, más íntima que táctica.

—Por eso no podemos permitirnos mentiras entre nosotros.

Mara lo miró de inmediato. Narel también. Oren abrió los ojos.

—Si el bosque quiere estados, entonces la única forma de no dárselos fácil es saber exactamente cómo estamos. Hambre, miedo, dolor, deseo, lo que sea. En cuanto uno finja estar mejor, más fuerte o menos tocado de lo que está, los demás leerán mal.

Narel tragó saliva. Mara supo que la frase le atravesaba por varios sitios a la vez. A todos, en realidad.

—¿Y tú? —preguntó Narel, no con rabia esta vez, sino con una honestidad cansada—. ¿Qué estás fingiendo?

Se hizo un silencio largo. Mara no apartó la vista de Lemn. Oren tampoco. Incluso el refugio pareció encogerse un poco alrededor de la pregunta.

Lemn respiró despacio.

—Que no tengo prisa.

La respuesta, tan precisa y tan desnuda, les dejó sin defensa.

—La tengo —continuó—. Cada hora que no avanzo hacia Lía la siento en la garganta. Cada desvío. Cada parada. Cada vez que algo nos obliga a quedarnos. Y aun así sigo aquí porque si no lo hago, dejo de ser alguien con quien merezca la pena encontrarla.

La frase golpeó a Mara con una violencia tan honda que tuvo que bajar la vista un segundo.

Porque en ella no había heroísmo. Solo conflicto puro.

Amor mezclado con deber, con miedo y con una especie de ética feroz que no permitía elegir a la hermana a costa de dejar de ser humano del todo antes de llegar a ella.

Narel se quedó callado. Luego asintió apenas.

—Vale.

No era perdón. Tampoco sumisión. Era algo mucho más valioso: ajuste del grupo a una verdad compartida.

Oren habló después, muy bajo.

—Yo estoy fingiendo que no me da alivio pensar que quizá no tenga que seguir mucho más así.

Mara cerró los ojos un momento. La honestidad se estaba volviendo insoportable. También imprescindible.

—Yo —dijo ella antes de pensarlo demasiado— estoy fingiendo que el hambre no me hace querer tocar lo primero que brilla o huele bien. Y que no me vuelve más torpe de cabeza de lo que me gusta admitir.

La confesión la dejó expuesta de una forma nueva. Aun así, no se arrepintió.

Lemn la miró. No con juicio. Con reconocimiento.

Narel exhaló por la nariz.

—Yo estoy fingiendo que no os envidio a los dos cuando parece que entendéis algo antes que yo.

La crudeza de la frase dejó a Mara inmóvil. Narel apartó la vista al instante, avergonzado de haberla dicho, pero ya no podía retirarla.

—No es contra ti solo —añadió hacia Lemn—. Ni contra ella solo. Es... esto. Llegar siempre medio paso tarde a entender por qué todo nos quiere de una forma distinta.

Lemn demoró la respuesta. Luego, con una sinceridad que a Mara le pareció casi más difícil que cualquier dureza, dijo:

—Yo estoy fingiendo que no me asusta más de la cuenta lo que eso mismo puede significar entre ella y yo.

El refugio quedó completamente inmóvil.

Mara sintió que el cuerpo dejaba de pesarle de forma normal.

No era una declaración de amor. Ni siquiera una confesión limpia.

Pero decía exactamente lo que ambos llevaban días rodeando sin tocar: que la cercanía entre ellos ya no podía esconderse del todo detrás de la táctica, las heridas, las rutas o el miedo compartido.

Y que, precisamente por existir dentro del tipo de mundo que tenían alrededor, resultaba más peligrosa de lo que ninguno sabía manejar todavía.

Narel, por una vez, no hizo ninguna broma.

Oren soltó una exhalación breve que casi fue una sonrisa.

—Bien. Ya estamos todos bastante peor.

Aquella mínima ironía salvó algo del momento, lo volvió soportable. Mara dejó salir una risa tan leve que casi dolió. Lemn bajó la vista, cansado pero menos blindado que antes. Algo en el grupo se había movido. No hacia la comodidad. Hacia una forma más desnuda de confianza.

Más tarde, cuando Narel dormía por agotamiento y Oren había caído en un sueño tenso pero real, Mara salió al borde del refugio porque el aire interior se le había vuelto demasiado espeso.

Lemn fue detrás al poco, sin que hiciera falta pensarlo mucho.

Afuera, la noche sobre los campos hondos tenía esa belleza podrida que ya parecía una firma del mundo: perfiles negros de árboles y ombroles contra un cielo limpio, reflejos apagados de agua oculta, una ráfaga ocasional de ámbar lejano, el susurro casi humano de las ramas cuando el viento encontraba el ángulo justo.

Se quedaron de pie sin tocarse. Cerca. Demasiado para que el cuerpo de Mara no lo registrara todo: el calor apagado que aún desprendía él, la presencia firme, el cansancio contenido.

—No tenías por qué decirlo delante de ellos —murmuró ella al cabo.

Lemn no fingió no entender de qué hablaba.

—Sí tenía.

—Podías haber seguido callando.

—Ya no.

La sencillez de la respuesta volvió el aire más denso.

Mara apretó los dedos contra la tela de la manta.

—Eso también es una puerta, ¿no? Lo que hay entre nosotros.

Lemn tardó un segundo. Cuando habló, la voz le salió baja, casi áspera.

—Sí.

No intentó negarlo. Tampoco embellecerlo. Y precisamente por eso Mara sintió más miedo que alivio.

—Entonces también el bosque querrá eso.

Lemn la miró por fin de frente.

—Sí.

—Y nosotros tendremos que decidir qué hacemos con ello antes de que lo haga él.

Lemn sostuvo la mirada.

—Sí.

Mara soltó aire despacio. Sentía el cansancio, el hambre y otra cosa más viva y más honda, una corriente subterránea que ya no se parecía ni a la simple atracción ni al miedo a quedarse sola en el viaje.

Era deseo de cercanía, sí, pero también confianza, dolor compartido, el conocimiento brutal de que él había permitido que el grupo viera una parte de sí que nunca habría mostrado en otro tiempo.

—No quiero que se vuelva otra forma de que nos use —dijo.

Lemn dio un paso muy corto hacia ella. No hasta tocarla. Solo lo suficiente para que la distancia se volviera insosteniblemente consciente.

—Yo tampoco.

Mara levantó la vista. Las palabras ya no bastaban, pero tampoco podían darse el lujo de entregarse a cualquier gesto sin pensar en lo que acababan de vivir. Todo estado humano mal leído era una puerta. Y, sin embargo, ahí estaban.

—Entonces tendremos que quererlo mejor que eso —murmuró ella, sin saber si la frase era valiente o absurda.

Algo en la expresión de Lemn cambió. No blandura. Reconocimiento.

—Sí.

La respuesta sonó como un juramento sin ceremonia.

No se besaron. No se tocaron todavía. Con todo, Mara sintió con total claridad que habían cruzado algo igual de decisivo.

Habían nombrado la posibilidad del vínculo como riesgo compartido y, en vez de retroceder por completo, habían decidido sostenerla con lucidez.

En un mundo donde el bosque quería estados, esa lucidez podía ser la única forma de amor posible.

Permanecieron así un rato más, mirando la oscuridad viva de los campos hondos, escuchando los árboles que susurraban sin terminar de hablar, sintiendo el hambre todavía dentro y el cuerpo de Oren respirando detrás en la piedra.

Lo que el bosque quería, pensó Mara, ya no era una pregunta abstracta.

Lo había visto en el ámbar, en las flores, en el agua, en la mujer atrapada, en la pierna de Oren y en el modo en que la necesidad podía torcer hasta la compasión.

Quería que llegaran a sí mismos desde el peor ángulo.

Quería que el amor, el hambre, el miedo, la esperanza y la misericordia trabajaran mal.

Quería hacer de cada necesidad una palanca.

Y precisamente por eso, cuando volvieron al interior y Mara se tumbó sobre la manta sin esperar dormir de verdad, comprendió que el siguiente paso de la historia ya no podía consistir solo en resistir cada peligro por separado.

Tendrían que empezar a resistir también la forma en que el bosque intentaba definir lo que ellos eran entre sí.

Porque si no lo hacían, cuando por fin encontraran a Lía o lo que quedara de ella, llegarían ya convertidos en algo demasiado funcional para el propio horror que querían derrotar.