Capítulo 21. Cercanía #2
—No —dijo Narel de inmediato—. Ni de broma.
Lemn por fin lo miró.
—Yo no soy el adecuado. Tú tampoco. Oren no puede. Ella sí.
Narel abrió la boca para discutir más, pero Mara habló antes.
—Tiene razón.
Lo dicho le salió más firme de lo que se sentía por dentro.
Lemn la observó entonces con una intensidad tranquila que la desnudó más que si hubiera dudado.
—Si notas algo raro, sales.
—Lo sé.
—No se trata de valentía.
—Ya lo sé.
La rapidez con que respondió habría podido sonar insolente. En realidad era otra cosa. Necesitaba agarrarse a la eficacia práctica para no dejarse aplastar por el hecho de que él la estaba enviando hacia una escena que ambos sabían moralmente insoportable.
Narel seguía negando con la cabeza.
—Esto es una locura.
Oren habló desde detrás, muy bajo.
—No. La locura sería que fuera él.
Todos entendieron por qué. Porque si la mujer en la era decía una palabra que sonara vagamente a súplica o levantaba la cara de una forma que tocara el lugar exacto donde Lemn guardaba a Lía, el error sería mucho más probable.
Mara sintió un dolor raro al reconocerlo.
También una forma feroz de lealtad hacia él.
Iba a entrar ella precisamente para que él no tuviera que hacerlo.
Bebió un sorbo pequeño, se humedeció los labios, tomó una cantimplora mínima y se quitó peso inútil de encima.
Lemn le ajustó la correa de un solo gesto, sin ceremonia.
Sus dedos rozaron la tela junto a su hombro y la cercanía repentina le alteró la respiración más de lo que le parecía tolerable en ese instante.
—No la mires a los ojos más de un instante —dijo él.
—No mirar demasiado. Ya lo sé.
La repetición de la frase no fue solo táctica.
Sonó a algo compartido entre ambos desde mucho antes que aquella era.
Lemn la sostuvo un segundo con la mirada.
No había ternura limpia. Había confianza.
Y una preocupación tan desnuda que Mara tuvo que apartar los ojos primero o no habría podido moverse.
Entró al claro por la línea de piedras blancas, cada paso medido como si estuviera cruzando una frase escrita por otro.
El suelo no reaccionó enseguida. Ni cerró ni vibró en exceso.
Aun así, la presión del aire cambió. La mujer la vio acercarse y por un instante Mara sintió el tirón brutal de la compasión mal colocada: ir más rápido, agacharse, tocarle la cara, decirle algo humano y sencillo.
Lo contuvo con la misma violencia con que había aprendido a no mirar flores, ombroles o agua brillante.
—Voy a dejarte agua —dijo, sin acercarse demasiado.
La voz de la mujer salió al fin, rota pero más clara.
—No... mucho...
Mara se detuvo. Aquello no era delirio puro. La advertencia nacía de alguien que todavía podía pensar lo bastante para nombrar el peligro de acercarse.
—¿Puedes beber? —preguntó.
La mujer cerró un ojo, quizá por luz, quizá por esfuerzo.
—Poco.
Mara se agachó sin romper del todo la distancia y dejó la cantimplora al alcance de la mano libre.
La mujer la miró con un hambre que no era solo de agua.
Era de contacto, de salida, de ser reconocida antes de que el proceso la fijara más.
La mano tembló al ir hacia el recipiente.
Cuando sus dedos rozaron el metal, las fibras claras de la pierna se tensaron a la vista, no violentamente, pero sí con una respuesta inequívoca, como si el terreno recibiera la señal del movimiento.
—Despacio —dijo Mara, no sabía si a ella o al suelo.
La mujer bebió apenas un sorbo. Luego otro. No intentó agarrarla. No suplicó. Eso resultó peor. Había en su manera de sostener la cantimplora una disciplina humana que a Mara le quebró algo por dentro.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó la mujer, casi sin voz.
Mara sintió el golpe de la pregunta como una herida. No preguntaba dónde estaban. Ni quiénes eran. Preguntaba cuánto tiempo. Como si ya supiera qué le ocurría y solo quisiera una medida de sí misma.
—No lo sé —respondió, incapaz de mentir.
La mujer asintió apenas. Tenía la cara empapada de sudor fino. La línea pálida del cuello latía despacio bajo la piel.
—No... tiréis.
Aquello sí obligó a Mara a mirarla mejor un segundo. No demasiado. Lo justo. La mujer había entendido su propio papel dentro del sistema. Sabía que el terreno la usaba ya como punto de atracción.
—¿Puedes soltarte? —preguntó Mara.
La mujer bajó la vista a su pierna atrapada.
—A veces... parece que sí. Luego no.
La frase era un resumen insoportable de todo el proceso.
Mara oyó detrás la voz muy baja de Lemn:
—Sal.
No era una orden absurda. Era la lectura exacta del riesgo.
La tensión en las fibras del suelo había aumentado otro grado y la mano de la mujer, aunque todavía humana, empezaba a quedarse demasiado quieta sobre la cantimplora, como si la proximidad de otra persona le estuviera ofreciendo al bosque justo la escena que buscaba prolongar.
—Vamos a volver —dijo Mara, y supo mientras lo decía que aquella frase podía ser cruel, inútil o necesaria, quizá las tres cosas.
La mujer alzó la vista hacia ella. Por un instante su expresión no tuvo nada de vegetal, nada de intermedio. Solo cansancio y una gratitud tan desnuda que Mara la llevaría consigo mucho más tiempo del que quería.
—No... traigáis hambre —murmuró.
Mara se quedó helada.
La mujer bajó la vista de nuevo hacia la cantimplora, como si el pequeño esfuerzo de hablar ya la hubiera vaciado.
—Con hambre... miráis peor.
Lo dicho la atravesó con una claridad brutal.
El bosque quería muchas cosas, sí. Pero aquella mujer, atrapada ya en medio de la lógica del proceso, acababa de nombrar una de las claves que ellos mismos solo habían rozado.
El hambre no era un problema paralelo. Era uno de los instrumentos principales para torcer la lectura humana.
Mara retrocedió despacio, sin apartarle del todo la vista, hasta volver a la línea de piedras.
El suelo no respondió con violencia. Solo con esa escucha tensa y paciente que ya había aprendido a temer más que los ataques abiertos.
Cuando salió del claro, el grupo la recibió con una quietud tan cargada que casi dolía tocarla.
Narel fue el primero en hablar.
—¿Y?
Mara miró a Lemn antes de responder. No sabía por qué. Quizá porque necesitaba que el peso de la escena cayera primero entre ellos dos.
—Sabe lo que le pasa. Sabe que el terreno la usa. Y ha dicho una cosa.
Lemn no la apremió. Esperó.
—Ha dicho que no volvamos con hambre. Que con hambre miramos peor.
El silencio posterior fue distinto a todos los anteriores. No de horror puro ni de duda táctica. Era el silencio que deja una verdad al encajar por fin con demasiadas piezas a la vez.
Oren cerró los ojos por un momento.
—Claro.
Narel se cubrió un momento la cara con una mano.
—Joder.
Lemn siguió mirando a la mujer del claro, pero ya no con el impulso de acercarse ni con la lectura táctica inicial.
Miraba como quien acepta al fin que el bosque no solo quiere cuerpos, sino condiciones.
Hambre, sed, cansancio, duelo, compasión, deseo.
Todo aquello que vuelve más poroso al humano ante lo que tiene delante.
—No quiere una forma —dijo muy despacio—. Quiere un estado.
Mara lo miró. La frase terminaba de ordenar lo que llevaba días apareciendo en piezas sueltas.
El bosque quería que llegaran de determinadas maneras: hambrientos para elegir mal, cansados para descansar donde convenía, solos para oír mejor el susurro, enamorados o compasivos para cruzar el último paso hacia el cuerpo que no debían tocar, quietos donde fijaba mejor, desesperados donde el agua o el ámbar ofrecían tregua.
A Narel se le escapó una risa corta y amarga.
—Pues estamos haciendo exactamente lo que quiere.
Nadie pudo contradecirlo. Porque era cierto. Pese a ello, seguían allí.
La decisión sobre la mujer fue breve y brutal precisamente porque ya no admitía fantasías.
No podían arrastrarla sin regalarse ellos al terreno.
No podían cortarla de aquella base sin saber qué parte de ella seguía aún enlazada más abajo.
No podían quedarse esperando otra cosa. Le dejaron agua y la certeza miserable de que alguien la había visto del lado humano antes de que el proceso terminara de apropiársela.
Mara odió esa forma de ayuda. Pero no encontró otra mejor.
Se retiraron del claro con una disciplina casi ceremonial, como si cualquier gesto de más pudiera volverse traición.
Oren caminó peor después, quizá por cansancio, quizá porque la visión de aquella mujer le había enseñado demasiado de su propio futuro.
Narel ya no protestó. El hambre se les volvió más presente en la retirada, no solo en el estómago, sino en el juicio.
Ahora que sabían hasta qué punto los hacía legibles, sentían cada punzada con una lucidez doble.
Encontraron refugio al anochecer en una construcción medio enterrada que había sido quizá un granero o un almacén.
Era fea, seca y poco prometedora: precisamente por eso Lemn la eligió.
Allí cocieron el último resto de tubérculos seguros y decidieron partir de verdad lo que quedaba de legumbres dudosas, asumiendo un riesgo que horas antes habrían evitado.
No por desesperación ciega. Por cálculo amargo.
Seguirían peor si el hambre continuaba vaciándolos de juicio.
Oren comió en silencio. Narel tragó casi con rabia.
Mara masticó despacio, notando cómo el cuerpo quería más y cómo la mente, ya demasiado instruida por el día, desconfiaba incluso del propio alivio.
La conversación que siguió fue una de las más importantes que habían tenido, y quizá por eso nadie la convirtió en discurso. Ocurrió a trompicones, mientras la luz se iba y el refugio se llenaba del olor pobre de la comida y del verde quieto de la pierna de Oren.
—Entonces el hambre no es solo debilidad —dijo Narel, todavía mirando el cuenco vacío.
—No —respondió Lemn—. Es una puerta.