VENENO Y ESPINAS Capítulo 21. Cercanía
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Capítulo 21. Cercanía

Permanecieron inmóviles tanto tiempo que Mara empezó a notar el propio latido como una torpeza capaz de delatarlos.

La luz última del día caía sobre la era vieja con una claridad cruel, filtrándose entre los árboles raquíticos y los muros bajos hasta fijar la figura sentada en el centro como si la escena hubiera sido preparada para obligarlos a cometer precisamente el error que el bosque llevaba días afinando en ellos.

Una mujer, o algo todavía lo bastante próximo a una mujer como para que el cuerpo insistiera en nombrarla así, permanecía con una pierna estirada y la otra recogida en un ángulo enfermo.

El hombro desnudo mostraba piel, no corteza.

El cuello, inclinado hacia el pecho, conservaba una fragilidad humana insoportable.

La mano alzada no pedía ayuda del modo teatral de los arbustos señuelo, pero tampoco descansaba: era el gesto de quien intenta sostenerse en una articulación que ya no responde igual.

Lo peor de todo no era la postura. Era la vacilación moral que despertaba.

La escena no gritaba trampa. Susurraba proximidad.

Lemn fue el primero en romper aquella inmovilidad, pero no avanzando.

Dio medio paso lateral, muy despacio, buscando ángulo sobre el suelo entre ellos y la figura.

Mara entendió de inmediato. Si el bosque quería algo, lo quería a través del impulso de correr hacia esa humanidad herida.

Había que leer el terreno antes que el cuerpo.

Oren, apoyado con todo el peso posible en Narel, respiraba mal no solo por la pierna cambiante, sino por el esfuerzo de seguir siendo parte del grupo y no convertirse ya en espejo de lo que tenían delante.

Narel apretaba la hoja con una fuerza que no era solo miedo.

Era también desesperación de hombre sencillo metido en un mundo que había aprendido a volver ambiguo hasta el dolor ajeno.

—No veo red clara —murmuró Lemn, tan bajo que casi fue aire—. Pero eso no significa que no haya otra cosa.

Mara forzó la vista hacia el suelo de la era.

Tierra dura, piedras blancas, hierbas bajas demasiado verdes en algunos puntos, dos manchas de musgo sobre un lado del muro interior, nada tan evidente como una carnívora de superficie o una red de raíces tensas.

Justamente por eso la alarma le golpeó de otra forma.

No venía del suelo inmediato. Venía del aire.

Había una quietud demasiado cerrada en torno a la figura, como si incluso el viento eligiera rodearla sin tocarla del todo.

—No está sola —dijo Mara.

Lemn la miró apenas.

—¿Qué quieres decir?

—No sé si es algo del terreno o de ella. Pero no está sola.

Narel soltó un resoplido que mezclaba miedo y hartazgo.

—Eso no significa nada.

—Sí significa —dijo Oren, con la voz más baja que en otras veces, más cansada—. Significa que no os acerquéis como si la elección fuera simple.

La figura volvió a moverse entonces. Muy poco.

La mano que sostenía en alto tembló apenas y descendió hasta apoyarse sobre la pierna recogida.

Después levantó la cabeza un poco más. Mara alcanzó a ver una parte del rostro.

No completo. Lo justo para que el horror cambiara de naturaleza.

No era corteza. No aún. Había piel tirante, pálida, surcada por dos líneas finas que nacían en la sien y descendían hacia el cuello como si alguien hubiera dibujado bajo la carne una segunda vascularización.

Los ojos, a esa distancia, parecían abiertos. No vacíos. Abiertos.

—Nos ve —murmuró Narel.

—Sí —dijo Lemn.

La mujer o lo que fuera abrió la boca. No salió una palabra clara. Solo una exhalación rota, casi un roce de sílabas fracasadas, algo más cercano al aire atravesando una garganta seca que a una voz formada. Aun así, el cuerpo de Mara reaccionó como si hubiera oído un idioma a punto de reconocerse.

—No —dijo Lemn enseguida, sin apartar la vista de la figura.

Mara entendió que la palabra iba dirigida a ella. Y a él mismo. Y quizá a todos.

—No estoy haciendo nada —respondió.

—Todavía no.

La verdad de la frase la irritó porque era exacta. Todo el grupo estaba a un paso interior del error. No físico. Moral.

Lemn se agachó un poco más y cogió una piedra pequeña.

La lanzó no hacia la figura, sino a unos metros de ella, por el lateral izquierdo.

La piedra golpeó el suelo y rodó entre hierba y polvo.

No hubo reacción del terreno. Ni cierre visible.

Ni ascenso de raíces. La figura, sin embargo, sí reaccionó.

La cabeza giró hacia el sonido con una lentitud anormal, como si el cuerpo obedeciera tarde a la curiosidad.

—Sigue oyendo —murmuró Oren.

—O sigue orientándose por estímulos —corrigió Lemn, aunque la corrección no aliviaba nada.

La mujer alzó otra vez la cara. Esta vez el viento trajo hasta ellos un olor mezclado que heló a Mara mucho más que el aire de la tarde.

No era putrefacción. No era sangre. Era sudor humano viejo, fibra mojada, savia amarga y esa nota verde que llevaba ya un día entero instalada alrededor del cuerpo de Oren. El mismo proceso, adelantado.

—Es ella —dijo Narel, no refiriéndose a Lía, sino a la figura del rastro cojeante que llevaban siguiendo desde hacía días.

Lemn asintió una sola vez.

La mujer emitió otra vez aquel amago de sonido. Esta vez una sílaba pareció desprenderse un poco mejor de la garganta. No un nombre. No una petición. Solo un esfuerzo de voz.

—Ag... —o algo parecido.

Narel dio un paso involuntario.

—Tiene sed.

Lemn le agarró el antebrazo con tal rapidez que la intervención pareció un reflejo más que una decisión.

—No.

Narel se revolvió.

—¿Vas a dejarla ahí?

—Voy a leer un paso más antes de regalarle el cuerpo al terreno.

Mara seguía mirando a la figura. No demasiado a los ojos. No a la cara completa. A la postura. A la mano apoyada. A la forma en que el pie de la pierna estirada estaba torcido hacia fuera de un modo que ya había visto en Oren al amanecer. El corazón le golpeaba con una violencia torpe.

—Si no está fija del todo, puede moverse —dijo.

Lemn asintió.

—Sí.

—Entonces también puede venir.

La mujer volvió a intentarlo. Esta vez no fue sonido.

Fue movimiento. La mano apoyada en la pierna resbaló hacia la tierra y empujó apenas, como si quisiera arrastrar el cuerpo un poco hacia ellos.

No avanzó casi nada. Pero el gesto bastó para que todos vieran lo mismo.

La pierna recogida no estaba solo torcida.

Estaba tomada a medias por una estructura de fibras claras que nacían del suelo inmediato y trepaban por el muslo bajo la tela rasgada.

No era un ombrol fijo. Tampoco una humana libre.

Era una fase intermedia. Un cuerpo todavía lo bastante suyo para querer acercarse y ya lo bastante ocupado por el proceso como para arrastrar el terreno consigo.

Oren expulsó el aire rota.

—Eso soy yo mañana.

Nadie lo contradijo. No había mentira útil posible.

Lemn observó el suelo inmediato a la figura con una concentración feroz.

Mara vio entonces lo que antes no había sabido nombrar.

La era no estaba sola. La quietud que la rodeaba nacía de algo más amplio: las raíces finísimas no cubrían el terreno de manera visible, pero sí formaban un entramado alrededor de la mujer, como una zona de escucha en reposo.

No una trampa de cierre inmediato. Una extensión.

Si uno corría hacia ella, probablemente el sistema entero recibiría la perturbación como un regalo.

—Lo que el bosque quiere —murmuró Mara, más para sí misma que para los otros.

Lemn la oyó igual.

—Sí.

Narel apretó el arma.

—Pues id dejándolo de decir como si eso resolviera algo.

La rabia en su voz ya no era contra Lemn solamente. Era contra el mecanismo entero. Contra la evidencia de que el bosque había conseguido construir una escena capaz de hacerlos parecer monstruos si no ayudaban y estúpidos si ayudaban mal.

La figura volvió a levantar la cabeza. Mara pudo ver mejor el rostro y sintió cómo el cuerpo se le quería ir hacia delante en una compasión casi física.

Era joven. Más joven de lo que había creído.

No una niña, no una anciana, no una sombra indiferenciada.

Una mujer joven con la boca seca y los ojos descompasados, uno de ellos algo más abierto que el otro, y una línea pálida bajándole desde la mandíbula hasta perderse bajo el cuello de la ropa.

Seguía viva. Seguía dentro. Y, al mismo tiempo, el terreno ya había empezado a incorporarla como punto útil.

—No la podemos dejar —dijo Mara.

Lo dijo antes de decidir si era una afirmación moral o una rendición al cuadro.

Lemn no la miró al principio. Siguió estudiando la distancia, las piedras, la orientación del cuerpo de la mujer, la disposición del entramado invisible en torno a ella.

—No he dicho que la dejemos.

—Pero tampoco puedes llegar hasta ella a lo bruto.

—No.

—Entonces ¿qué hacemos?

Lemn se quedó quieto un segundo. Luego señaló una línea de piedras blancas medio enterradas a la derecha del claro.

—Entramos por ahí. Uno solo. Muy despacio. Sin hablarle demasiado. Si el suelo responde, sale atrás de inmediato. Si ella intenta agarrar o tirar, no se le da el cuerpo entero. Solo agua, si puede tomarse sin mover la base.

Narel soltó un resoplido.

—¿Y quién entra? Ya sé la respuesta, no hace falta que la disfraces.

Pero la respuesta no fue la que esperaba.

—Mara —dijo Lemn.

Los tres se volvieron hacia él.

Mara sintió el golpe de la decisión con una mezcla de miedo y otra cosa más honda.

No la elegía por crueldad ni porque la considerara prescindible.

La elegía porque había leído algo que los otros también comprendieron enseguida.

Ella reaccionaba distinto al entorno. Percibía mejor ciertas tensiones.

Y, quizá más importante aún, una mujer arrastrándose hacia otra mujer joven a medio transformar podía despertar menos respuestas de atracción o desesperación que un hombre impulsado por la compasión o el miedo.