VENENO Y ESPINAS Capítulo 20. Lo que el bosque quiere #2
66%

Capítulo 20. Lo que el bosque quiere #2

Lemn, que ya no apartaba del todo la atención del grupo ni siquiera cuando iba delante, se detuvo en un alto pequeño desde donde se dominaba una depresión húmeda.

Allí el paisaje ofrecía otra de sus obscenidades bellas: agua retenida entre juncos plateados, flores rojas en la orilla, un muro semicircular cubierto por lianas doradas y, en el centro, una pequeña construcción hundida cuya entrada parecía limpia, casi invitadora.

Mara sintió el rechazo antes incluso de pensar por qué.

—No.

Lemn la miró de reojo.

—Lo sé.

Narel ya estaba frunciendo el ceño.

—No he dicho ni una palabra.

—No hace falta —respondió Lemn—. Eso de ahí está demasiado dispuesto a servirnos.

La depresión parecía ofrecer exactamente lo que el grupo necesitaba: agua, sombra, un interior seco posible.

Y por eso mismo resultaba insoportable. Mara entendió entonces otra capa de lo que el bosque quería.

No solo que los cuerpos murieran, cambiaran o se fijaran.

Quería también que la necesidad humana se volviera predecible hasta el punto de diseñarle alivios falsos a medida.

Hambre. Sed. Cansancio. Búsqueda. Ayuda.

Todo eso ya no eran puntos débiles circunstanciales. Eran rutas.

—Lo que quiere —dijo de pronto, más para sí que para los otros— es que siempre le demos la forma que espera.

Los tres la miraron. Incluso Oren, agotado y medio consumido por la pelea con su propia pierna.

Lemn no apartó la vista de ella.

—Sí.

La sencillez con que lo confirmó hizo que la frase se instalara de golpe en el grupo como una verdad ya demasiado evidente para seguir evitándola.

El bosque quería conducta. Quería que el hambre llevara a coger lo más bonito, que el cansancio empujara a buscar la sombra exacta, que el amor hiciera acercarse al ombrol correcto, que la compasión confundiera el señuelo con una persona, que el miedo acelerara el paso hacia la red, que la quietud se volviera rendición donde mejor le convenía. Todo lo demás eran métodos.

Esa comprensión no mejoró nada. Pero ordenó el horror de otro modo.

Rodearon la depresión por la parte alta y siguieron el avance con una disciplina nueva, casi ascética.

Cada decisión empezó a pasar por esa pregunta muda: ¿esto lo elegimos nosotros o nos lo está sugiriendo el terreno porque le conviene?

No podían responderla siempre, pero bastaba con formularla para evitar algunos errores.

Mara lo vio en cosas pequeñas. Narel dejó de lanzarse hacia el camino más corto por puro instinto de eficacia.

Oren se obligó a pedir alto cuando sentía el cuerpo acompasarse con el entorno en lugar de seguir avanzando por orgullo.

Lemn empezó a mirar menos el norte durante largos tramos y más el modo en que el grupo reaccionaba a cada ofrecimiento del paisaje.

Y ella misma dejó de fiarse de sus primeras intuiciones si resultaban demasiado tranquilizadoras.

Hasta su propia anomalía debía ser vigilada; también podía servir al bosque si se relajaba mal.

El hambre, entretanto, seguía trabajando.

A media tarde se volvió más directa, más sucia, menos administrable.

No era el vacío abstracto del estómago. Era un cansancio mental que hacía más atractivas las decisiones malas.

Mara lo notó con brutal claridad cuando pasaron junto a una higuera vieja medio derruida por raíces.

Aún colgaban algunos frutos oscuros, arrugados pero enteros.

El olor le llegó breve, profundo, imposible de no asociar con alimento real.

Durante un segundo deseó parar, cortar uno, abrirlo con las manos y tragar sin pensar.

No porque pareciera seguro. Porque ya no le importó si lo era. Y esa fue la alarma.

—No lo mires —dijo Lemn a su lado, tan bajo que casi fue solo aire.

Mara ni siquiera supo si estaba hablando de la higuera o de ella misma. Bajó la vista enseguida y siguió andando.

—Lo sé —murmuró, más molesta de lo que quería admitir.

—No lo digo para humillarte.

—Ya. Lo dices porque tienes razón.

Lemn guardó silencio. La falta de respuesta fue peor porque dejaba intacta la verdad de la frase.

A última hora de la tarde encontraron el rastro de la figura otra vez.

No huellas limpias esta vez, sino dos señales demasiado claras para ignorarlas: una mancha oscura sobre una piedra baja, mezcla de sangre muy diluida y savia o algo parecido, y una marca de apoyo de mano junto a un muro, pero no una mano normal.

Los dedos dejaban presión desigual, como si una de las falanges ya no doblara del todo o se hubiese rigidizado en otra curvatura.

Oren fue el primero en verla bien.

—Va por delante de mí.

Lo dicho dejó al grupo quieto.

No había autocompasión en ella. Solo reconocimiento puro. Mara sintió un nudo duro en la garganta. Porque entendió que aquella figura cojeante ya no era solo un rastro útil ni una posible pista sobre Lía. Era un espejo adelantado de Oren, una versión un poco más lejos de la misma negociación.

Lemn se agachó ante la marca y pasó la mano por el aire, sin tocar.

—Y sigue siendo capaz de orientarse.

—O lo orientan —dijo Narel.

Lemn lo miró un instante. No negó ni confirmó.

—Vamos a seguirlo hasta el último alto de luz. Luego no más.

La decisión era sensata. También cruel. Cada rastro que seguían aumentaba la posibilidad de encontrar una respuesta que ninguno quería de verdad.

Y, sin embargo, ya no podían dejarlo. No solo por Lía.

También por Oren. Necesitaban saber qué había al otro extremo de ese proceso antes de que el suyo les obligara a elegir a ciegas.

El terreno se cerró en un corredor de muros hundidos y vegetación media.

No había agua visible, pero sí humedad de fondo.

Los ombroles empezaron a aparecer de nuevo, aislados primero, luego de dos en dos, siempre en posturas que parecían haber sido escogidas no solo por el lugar donde habían caído, sino por la forma en que alteraban el paso de otros.

Uno junto a una entrada. Otro semivuelto hacia un ribazo estrecho.

Uno pequeño inclinado sobre un pozo cegado.

Mara ya no miraba demasiado, pero era imposible no sentir el trabajo constante que imponían esas presencias.

El hambre volvía más difícil aún resistirse a completar.

Porque el cuerpo hambriento tiende a pedir sentido rápido, atajos emocionales, cualquier cosa que reduzca el esfuerzo de seguir evaluando.

Lo más duro del día llegó por final, cuando el rastro los condujo hasta una era vieja rodeada por muros bajos y árboles raquíticos.

Allí, en el centro, había una figura sentada en el suelo.

No fija del todo. No erguida tampoco. Viva, quizá.

O en proceso. La luz última del día caía sobre ella con una claridad indecente.

Era una mujer o alguien que aún conservaba suficiente forma de mujer para que el ojo hiciera ese trabajo.

Cabello pegado a la cabeza por humedad o savia.

Un hombro desnudo bajo una ropa rota. Una pierna estirada.

La otra recogida con un ángulo extraño. La cabeza inclinada hacia el pecho.

El grupo se detuvo de inmediato.

Mara sintió el corazón en la garganta. Oren dejó de respirar un segundo. Narel apretó la hoja con la fuerza exacta que usa quien necesita una acción clara porque la escena amenaza con volverse demasiado humana. Lemn no se movió. No podía.

La figura levantó apenas la cabeza. No del todo. Solo lo suficiente para mostrar que seguía siendo capaz de responder a una presencia.

—No corráis —dijo Mara, no sabía si a los otros o a sí misma.

La voz salió tan baja que apenas pareció suya.

Lemn tragó saliva una vez.

—No.

La figura no habló. O quizá el viento robó cualquier sonido. Lo que sí hizo fue alzar una mano. No en gesto de auxilio limpio. Más bien de equilibrio, de intento, como si el propio cuerpo ya no supiera cómo traducir lo que quería hacer.

Oren dejó escapar una exhalación rota.

—Dios...

—No —dijo Lemn, con la misma dureza de siempre, pero rota por algo más abajo—. No digas nada todavía.

Nadie avanzó. Permanecieron quietos, obedeciendo por fin la lección más dura de todo el camino.

Porque el bosque quería impulso. Quería reconocimiento mal administrado.

Quería que el amor, la compasión, el hambre de respuesta y el miedo completaran la escena antes de leer el suelo, el aire, la postura, la distancia.

Quería convertirlos en la forma esperable de sí mismos.

Mara miró de reojo a Lemn. Nunca lo había visto tan quieto. No por control. Por abismo.

Y comprendió con una certeza glacial que, a partir de ese instante, ya no iba a bastar con entender lo que el bosque quería. Tendrían que decidir qué querían ellos con más fuerza que eso.