VENENO Y ESPINAS Capítulo 19. Hambre #2
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Capítulo 19. Hambre #2

Partieron con el estómago todavía pidiendo más y el ánimo peor dispuesto que otros días.

Oren podía caminar, pero cada apoyo era un pacto precario con una pierna que ya no obedecía del todo a la lógica humana.

Lemn decidió no forzar velocidad y eso, aunque prudente, volvió más visible la falta de energía del grupo.

El paisaje de los campos hondos parecía reírse de ellos con una abundancia ofensiva.

A un lado del paso, unas vainas largas y verdes pendían de una enredadera brillante, hinchadas, casi perfectas.

Más allá, sobre un talud orientado al sol, crecían frutos rojos pequeños, de una tersura obscena, sin picaduras, sin aves, sin deterioro.

En otra zona, un grupo de hojas anchas exudaba una humedad dulce que recordaba vagamente a ciertas hortalizas tiernas de antes. Todo ofrecía algo. Todo podía matar.

—Antes había una regla simple —murmuró Mara mientras bordeaban un grupo de frutos rojos—. Si nada los había tocado, no lo tocabas tú.

Oren dejó escapar una exhalación breve, casi una risa.

—Ahora esa regla sirve para casi todo.

—Y aun así dan ganas —añadió Narel.

La admisión fue seca, sin vergüenza, y precisamente por eso resultó más inquietante. El hambre estaba empezando a hablar por ellos en primera persona.

Siguieron el rastro cuanto pudieron, pero a media mañana las huellas se perdieron en una zona de suelo duro y piedra clara.

La figura cojeante podía haber girado hacia agua, hacia una ruina o hacia cualquiera de los pequeños pasos cubiertos por vegetación.

Sin rastro claro y con Oren empeorando despacio, Lemn se vio obligado a decidir otra prioridad.

—Buscamos alimento primero.

Aquellas palabras cayeron con una violencia rara porque sonó a derrota táctica. No en el sentido total, pero sí como una desviación que el norte, Lía y la figura en movimiento no toleraban bien dentro de Lemn.

—¿Y el rastro? —preguntó Mara.

Él sostuvo su mirada un instante, cansado y firme.

—Seguirlo con hambre y con él así nos hace peores en todo.

Mara asintió. No le gustaba. Precisamente por eso sabía que era verdad.

Buscar alimento en ese mundo no significaba recolectar.

Significaba inspeccionar, recordar, desconfiar, probar sin probar de verdad.

Oren se quedó en una ruina abierta con Narel mientras Mara y Lemn exploraban un radio corto.

Fue la primera vez en días que se alejaban de los otros con una intención exclusivamente práctica y, sin embargo, el cambio de composición del grupo hizo más evidente todo lo demás.

Caminar solo con él entre plantas hermosas y sospechosas, con el hambre rozándoles ya la cabeza, les devolvía la conciencia excesiva del cuerpo del otro.

Mara odiaba que ocurriera precisamente mientras buscaban algo tan básico como no desfallecer.

Lemn eligió una zona de terreno algo más seco, donde crecían especies menos exuberantes. Le explicó lo que buscaba mientras avanzaban, no como quien da lección, sino como quien comparte criterio porque sabe que ya no puede cargar él solo con toda la lectura.

—Nada demasiado perfecto. Nada aislado sin competencia alrededor. Nada cerca de agua retenida. Mejor cosas duras, pobres, feas. Las plantas que cambian peor suelen seguir siendo las que no tenían mucho que ofrecer ya antes.

—Eso parece una filosofía bastante deprimente —murmuró Mara.

Lemn miró un grupo de raíces nudosas medio expuestas bajo un muro.

—No es filosofía. Es selección.

Aun así, la frase le dejó a Mara una resonancia extraña. En aquel mundo también los cuerpos humanos, las relaciones y las decisiones parecían volverse más fiables cuanto menos prometían una belleza inmediata.

Encontraron primero un grupo de tubérculos pequeños, feos, medio descubiertos por la erosión.

Lemn desenterró dos con la punta del cuchillo y los cortó en láminas.

El interior era blanco amarillento, sin vetas oscuras ni brillo aceitoso.

Olió uno. Luego esperó. Mara lo imitó. El olor era pobre, terroso, casi decepcionante.

—Eso es bueno, ¿no? —dijo.

—A veces.

Esperaron un poco más. Nada cambió a simple vista. Lemn raspó apenas la superficie con la uña.

—Podrían servir.

—“Podrían” es una palabra preciosa.

Él soltó una exhalación que ya ella casi reconocía como un resto de humor.

—Es lo mejor que tenemos.

Recogieron algunos más, sin entusiasmo. El problema era que el hambre no pedía “podría”. Pedía certeza y cantidad. Y ninguna de las dos estaba disponible.

Más tarde hallaron unas vainas secas colgando de un arbusto bajo. Narel las habría cortado sin demasiada ceremonia. Lemn las dejó donde estaban en cuanto vio dos pequeños orificios alineados en la base.

—¿Qué?

—Cambio interno. O parasitación vieja. Si ahora no hay insectos y eso sigue ahí, no sabemos qué usa ese camino.

Mara entendió. El mundo se había vuelto tan desierto de fauna que cualquier resto de interacción anterior con animales o insectos se convertía en vía sospechosa para mutaciones nuevas.

Lo que antes habría tranquilizado —una planta tocada por otros seres vivos— ahora podía indicar precisamente lo contrario.

Regresaron con escaso botín y el humor peor. Narel recibió los tubérculos con una expresión de desprecio que apenas ocultaba alivio.

—Maravilloso. Hoy cenaremos piedras menos bonitas.

Oren, apoyado contra el muro, había cambiado otra vez.

No mucho. Lo suficiente para que Mara lo notara de inmediato y el corazón se le hundiera.

No era la pierna aún, aunque la pierna seguía tensa y el avance debajo de la venda era ya una pregunta constante.

Se trataba de algo distinto. La quietud de las manos.

Oren solía mover los dedos al hablar, incluso poco.

Ahora la mano izquierda descansaba sobre el muslo con una inmovilidad demasiado exacta.

No rigidez. Ahorro. Como si el cuerpo hubiera empezado a escoger mejor qué movimientos merecían energía.

—¿Qué pasa? —preguntó Mara.

Oren la miró con esa serenidad cansada que se le estaba volviendo insoportable de soportar.

—Hambre.

A Narel se le escapó una risa fea.

—Nos pasa a todos.

—No igual —dijo Oren.

Aquellas palabras dejaron claro que no hablaba solo del estómago.

Mara se agachó junto a él y, antes de que pudiera impedirlo, tomó su muñeca izquierda.

El pulso seguía firme. La piel, normal. Pero al pedirle que cerrara la mano y la abriera, la respuesta volvió a llegar con ese leve retraso que ya no podía atribuirse solo a cansancio general.

Lemn lo vio también.

—¿Desde cuándo?

Oren tardó un segundo.

—Hace un rato. No mucho.

Narel apartó la vista hacia el paisaje, como si necesitara odiar algo visible para no gritar.

—Pues ya está. Sube.

—No sabemos si sube o se reparte —dijo Lemn.

—¿Eso mejora algo?

—No.

La respuesta, tan honesta, casi hizo reír a Mara por desesperación. La falta de mentira se había convertido en la forma más íntima de cuidado entre ellos. Y quizá también en la más dura.

La tarde se degradó rápido. El hambre, el agotamiento y el empeoramiento lento de Oren hicieron del grupo una estructura mucho más frágil.

Narel se volvió más brusco. No con Oren, curiosamente, sino con todo lo demás: con las piedras que apartaba, con los arbustos que golpeaba con la hoja solo para confirmar que no eran señuelos, con el silencio mismo.

Lemn se volvió más callado todavía, y Mara sabía ya que eso significaba no calma, sino sobrecarga.

La peor parte la llevaba ella quizá en otra dimensión.

Sentía hambre real, un hambre física que le vaciaba el centro del cuerpo y volvía el mundo más brillante de lo normal.

Y sentía, al mismo tiempo, una necesidad distinta, igual de física y casi tan humillante: la de acercarse a Lemn no solo para trabajo o vigilancia, sino para comprobar de algún modo que seguían siendo algo más que piezas agotadas dentro de un sistema devorador.

Aquella necesidad le parecía una traición a Oren, a la búsqueda de Lía, a todo. También una verdad.

Fue el hambre, precisamente, lo que provocó la discusión.

Habían encontrado al fin una pequeña construcción semihundida donde pasar las últimas horas de luz y cocer al menos dos de los tubérculos dudosos antes de arriesgarse a comerlos.

El lugar era miserable, pero seco. Mientras Lemn preparaba un fuego mínimo y Mara raspaba las raíces con un cuchillo, Narel empezó a abrir la bolsa de las legumbres arrugadas.

—No —dijo Lemn sin levantar la vista.

Narel siguió hurgando.

—No podemos esperar a la noche para todo. Quiero saber si estas sirven.

—No aquí. No con él así. Primero una sola raíz. Luego vemos.

Narel alzó por fin la cabeza, el hambre ya hablando casi tan alto como él.

—Estoy cansado de que todo se haga al ritmo de tu miedo.

El silencio que siguió fue inmediato. Incluso Oren, recostado en el muro, abrió del todo los ojos.

Lemn no respondió de inmediato. Terminó de colocar el cacharro sobre las brasas pobres y solo entonces levantó la vista.

—No es mi miedo.

—No. Claro. Nunca es tuyo. Siempre es del terreno, del agua, del olor, de los ombroles, de las flores, de la ruta. Tú solo resultas tener razón demasiadas veces.

Aquello era injusta en su forma y comprensible en su origen.

Mara sintió la punzada antes de que Lemn contestara.

Porque entendió de golpe que Narel llevaba días peleando no solo contra el bosque, sino contra el modo en que Lemn se había vuelto centro práctico del grupo, centro de lectura, de decisión y ahora también —eso lo intuía, aunque no pudiera nombrarlo sin rabia— centro de otra cosa con Mara.

—Si quieres comer cualquier cosa y jugártela, hazlo cuando no compartas grupo —dijo Lemn al fin, la voz más baja de lo habitual, por eso mismo más dura—. Mientras estemos juntos, no voy a dejar que el hambre te vuelva estúpido.

Narel dio un paso.

—No me hables como si fueras mejor que nosotros.