VENENO Y ESPINAS Capítulo 19. Hambre
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Capítulo 19. Hambre

El día amaneció con una luz demasiado limpia para la clase de decisiones que les estaba exigiendo el mundo.

Mara abrió los ojos y durante unos segundos creyó, por la claridad pálida que se filtraba entre las piedras del refugio, que tal vez la noche hubiera traído al menos una tregua mínima, uno de esos engañosos instantes en los que el cuerpo cansado quiere creer que la simple continuidad del amanecer implica alguna clase de perdón.

Luego oyó la respiración de Oren, no la de un hombre dormido sino la de alguien que lleva tiempo despierto y se esfuerza por no hacer de cada exhalación una declaración pública de dolor, y esa ilusión se rompió con la rapidez exacta con la que se rompen todas las ilusiones útiles en los campos hondos.

A su alrededor, el refugio seguía oliendo a piedra, cuero, tela húmeda y sangre vieja.

El tono verde del tobillo abierto de Oren seguía allí, menos intenso que la víspera, pero más profundo.

No olía a putrefacción ni a herida humana limpia.

Olía a algo reorganizándose dentro de la carne con una paciencia que resultaba más obscena que cualquier infección abierta.

Lemn ya estaba agachado junto a Oren cuando Mara terminó de incorporarse.

Narel fingía revisar el exterior, pero en realidad llevaba varios minutos escuchando desde la entrada con una expresión que oscilaba entre la fatiga y la mala conciencia.

El grupo había cambiado de nuevo durante la noche.

No de forma visible desde fuera, sino en esa arquitectura íntima que solo se percibe cuando se comparten demasiados días de hambre, herida y miedo.

Antes aún podían fingir que el norte y Lía eran el centro absoluto del viaje y que todo lo demás constituía obstáculos más o menos manejables.

Ahora no. El cuerpo de Oren, la decisión de haberlo abierto, la certeza de que la conducción extraída no era toda y de que el proceso seguía vivo debajo de la venda habían reordenado la prioridad del grupo.

Lo sabían todos. Y precisamente por eso cada uno estaba más irritable con la necesidad de seguir avanzando como si la búsqueda de Lía pudiera permitirse otra demora.

Lemn levantó la vista cuando Mara se acercó.

—No ha subido mucho más —dijo.

La frase habría podido sonar alentadora en otra parte. Allí sonó solo como un grado menor de condena.

Mara se agachó y desató la primera vuelta de la venda con dedos que ya no le temblaban tanto como los primeros días, lo cual le produjo un malestar adicional.

No quería acostumbrarse a aquello. No quería volverse una persona para la que encontrar estructuras nuevas bajo la piel de un compañero o medir el avance de líneas subcutáneas fuese una tarea más del día.

Y, sin embargo, el cuerpo aprende incluso lo que desprecia.

Al apartar la tela, la pierna de Oren reveló la única victoria miserable que el grupo podía permitirse esa mañana: las líneas visibles no habían trepado mucho más allá de la rodilla.

Seguían ahí, finas, pálidas, tensas bajo la piel, pero no mostraban la aceleración brutal de la víspera.

Aun así, la rodilla había perdido algo más de flexibilidad y, en la zona inmediatamente superior a la incisión, la dureza seguía marcada.

No había fiebre alta. Tampoco una mejora real.

Estaban en el peor lugar posible del proceso: la pausa que no es remisión, sino reorganización.

Oren los miró a los dos con la calma cansada de quien ya ha entendido su propio cuerpo un poco peor que ayer.

—¿Buenas noticias? —preguntó, y la ironía ligera de la frase dolió más que si hubiera pedido consuelo.

—Noticias lentas —respondió Mara.

Oren expulsó el aire breve.

—En este sitio eso ya casi parece una fiesta.

Narel se volvió desde la entrada.

—Pues aprovecha la fiesta para comer algo, porque ayer no tragaste ni la mitad.

La mención de la comida cayó sobre el grupo con una gravedad especial.

El día anterior, entre la planta carnívora, la apertura de la pierna de Oren y la tensión moral que todo aquello había dejado, casi habían olvidado otro problema más básico y más viejo que cualquier mutación: estaban quedándose sin alimento útil.

Mara lo supo en cuanto buscó con la vista la bolsa de provisiones y vio la forma en que Lemn evitaba mirarla directamente.

Ya no había margen para seguir administrando escasez como quien todavía espera un relevo cercano.

Cada porción empezaba a pesar como decisión.

Y el hambre, pensó Mara con una lucidez amarga, siempre llega antes que la nobleza.

Lemn abrió la bolsa, separó los restos en tres pequeños montones y un cuarto todavía más pobre.

Pasta seca, una torta endurecida, dos raíces secadas al humo antes de salir de Vardel, un puñado de legumbres arrugadas que aún no habían dado reacción rara y una tira de carne vieja ya casi reducida a sal y fibra.

No era suficiente ni para dos días de marcha prudente.

Menos aún para alimentar a un cuerpo herido, a otro medio cambiado y a un grupo que llevaba ya demasiado tiempo gastando más de lo que ingería.

—Comemos ahora y salimos —dijo Lemn, no como propuesta, sino como única manera de impedir que la preocupación se desparramara en varias direcciones a la vez.

—¿Salimos hacia dónde? —preguntó Narel, seco—. Porque ya no me vale con que apuntes al norte y me digas que por allí.

Lemn demoró la respuesta. Partió la torta con un cuidado casi irritante, más matemático que humano.

—Seguimos el rastro de la figura. Buscamos una zona donde haya agua no activa o comida todavía clasificable. Y, si no la encontramos hoy, mañana tendremos un problema mucho mayor que la discusión de esta mañana.

Narel dejó escapar una risa sin humor.

—Eso ya lo tenemos hoy.

Mara miró los montones de comida y sintió por primera vez con verdadera claridad la dimensión física de lo que llevaban días viviendo.

Habían atravesado ombroles, canales vivos, flores hipnóticas, árboles susurrantes y carnívoras de suelo.

Habían abierto la pierna de un compañero.

Habían convertido la proximidad entre ella y Lemn en una verdad incómoda que ninguno podía ya reducir a simple necesidad táctica.

Con todo, el hambre seguía ahí, básica, inmisericorde, rebajándolo todo a un cálculo de bocas y fuerza.

Le pareció de una crueldad casi vulgar que la naturaleza reorganizada conservara intacto ese viejo poder de humillar.

—Que coma más Oren —dijo.

Lemn la miró enseguida. Narel también.

—No —respondió Oren antes que ninguno—. No pienso convertirme además en el motivo de que mañana andéis peor.

—Tu cuerpo lo necesita —replicó Mara.

—Mi cuerpo ahora mismo necesita tantas cosas que no me las vais a dar por arte de magia.

La dureza serena con que lo dijo dejó claro que no iba a aceptar compasión alimentaria sin pelea.

—No es compasión —insistió Mara.

Oren sostuvo su mirada.

—Entonces no me la sirvas como si lo fuera.

La frase le dolió porque era justa. El hambre de los grupos pequeños vuelve sospechoso incluso el afecto más honesto.

Cada bocado cedido puede sonar a caridad, a jerarquía o a despedida anticipada.

Mara bajó la vista hacia la torta partida y comprendió de golpe algo peor: el hambre no solo les iba a quitar fuerza; iba a empezar a desnudar la estructura moral del grupo con una brutalidad más difícil de soportar que la de muchas mutaciones.

Finalmente repartieron sin justicia verdadera, solo con una lógica de daño mínimo: una porción un poco mayor para Oren, por necesidad física; otra apenas reforzada para Narel, cuyo cuerpo seguía entero y cargando más peso del grupo; una similar para Lemn; y la menor para Mara, no porque nadie lo ordenara, sino porque ella la empujó hacia sí antes de que otro pudiera discutirlo.

Lemn lo vio. No dijo nada. Esa omisión le molestó más de lo debido y, al mismo tiempo, la alivió.

A veces el respeto consistía en no discutir el gesto de alguien cuando sabes que lo hace para sostener una imagen propia y no solo una cuenta nutricional.

Comieron en silencio. No por ceremonia. Porque el hambre vuelve obscena cualquier conversación sobre sí misma cuando aún no se ha desatado del todo.

Mara mastigó despacio la pasta dura y la sintió bajar por una garganta demasiado seca.

El cuerpo pedía más con una franqueza casi animal.

Era precisamente ahí donde empezaba el peligro.

Uno cree que el hambre es solo debilidad.

No lo es. También altera la lectura del mundo.

Afila la imaginación en la dirección equivocada.

Vuelve deseable lo dudoso. Permite que el olor del ámbar o el brillo de una fruta aún no clasificada se presenten con una fuerza mucho más persuasiva. El hambre trabaja a favor del bosque.

Lemn fue quien lo dijo, como si hubiera leído la deriva exacta de los pensamientos de todos.

—A partir de hoy, nadie come nada que no veamos primero entre al menos dos. Ni aunque lleve toda la vida pareciendo seguro.

Narel resopló.

—Ya lo hacíamos.

—No así. Y hoy vais a querer romper esa norma.

Nadie respondió. Porque nadie podía negar la verdad de la frase.