VENENO Y ESPINAS Capítulo 18. Tú no eres como nosotros #3
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Capítulo 18. Tú no eres como nosotros #3

Fue en esas horas lentas cuando Mara comprendió el verdadero sentido de permanecer quieta.

Había sido ayer una técnica de supervivencia frente al terreno.

Hoy se volvía otra cosa: una obligación frente a Oren.

Permanecer quietos para no apresurar por pánico una elección peor.

Permanecer quieta ella misma cada vez que miraba a Lemn y sentía el impulso absurdo de tocarle la mano, el hombro o la cara cansada en un gesto que no sabría explicar sin volverse completamente vulnerable en el momento menos oportuno.

El mundo entero parecía empujarlos a reaccionar mal.

Permanecer quieto era ya casi una forma de rebeldía.

A media tarde, cuando Oren dormía por puro agotamiento y Narel vigilaba más allá del muro, Mara salió a buscar un poco de aire más limpio.

No lo encontró. El aire de los campos hondos no conocía ya la limpieza.

Solo grados de amenaza. Lemn estaba de pie al borde alto del terreno, mirando el norte con la quietud de costumbre.

Mara se colocó a su lado. No demasiado cerca. No lo suficiente lejos.

—No ha sido bastante —dijo.

Lemn se tomó un segundo antes de responder.

—No.

—Pero tampoco nada.

—No.

Ella se quedó mirando las ruinas lejanas, los canales, las formas oscuras de ombroles al fondo, la belleza viva y podrida de todo aquello.

—Te ha recordado a ella.

No era una pregunta. Lemn cerró un momento la mano vacía y volvió a abrirla.

—Sí.

—Lo he notado.

—Ya.

El cansancio en su voz la empujó a una honestidad que en otro momento quizá habría esquivado.

—No quiero que llegues a Lía habiendo tenido que practicar antes con alguien al que sí puedes oírte decir que no quiere convertirse.

Lemn no respondió de inmediato. El silencio entre ellos se tensó con el susurro lejano de los árboles y el roce del viento entre cañas secas.

—Yo tampoco —dijo por fin.

La sencillez de la frase le dolió más que cualquier discurso.

Mara volvió apenas la cabeza para mirarlo.

La luz de la tarde le marcaba las ojeras, la cicatriz junto a la mandíbula, el cansancio físico contenido por pura voluntad.

Quiso tocarle esa cara con una necesidad tan inesperadamente tierna que tuvo que apretar los dedos contra la tela de la manta que llevaba al hombro.

—No puedes hacer esto solo —murmuró.

Lemn la miró entonces. Muy de frente. Muy cansado. Muy presente.

—Ya no lo estoy haciendo solo.

Las palabras le cruzaron a Mara el pecho con una precisión casi insoportable.

No era la primera vez que lo sugería. Pero sí la primera en que lo decía así, después de abrir la carne de un compañero, de ver el cuerpo cambiar, de reconocer que lo que venía con Lía no iba a poder sostenerlo en la misma lógica cerrada con que se había sostenido hasta entonces.

Mara sintió que, si se quedaba un segundo más quieta, iba a cruzar una línea que ya no podría desandar.

No se apartó. Tampoco se lanzó a ella. Permaneció allí, con el pulso demasiado vivo, sosteniendo la mirada.

—Entonces no me apartes cuando lo haga —dijo.

Lemn exhaló muy despacio.

—No quiero apartarte.

La frase era una verdad peligrosa, desnuda, dicha en la peor hora y en el peor paisaje. Y por eso mismo resultó más seria que cualquier promesa hecha en seguridad.

Narel los llamó desde el muro porque Oren se había despertado.

El momento se quebró sin romperse, como tantas otras cosas entre ellos.

Volvieron al refugio improvisado. Oren tenía fiebre leve y la pierna, vendada de nuevo, mostraba por debajo una tensión que ya nadie se engañaba en llamar simple herida.

Aun así, el avance visible parecía haberse detenido, al menos por unas horas.

Esa fue la única victoria miserable del día.

Llegada la noche, se repartieron en una vigilia más callada que nunca.

Narel se sentó junto a Oren con una tozudez protectora que ya no intentaba disfrazar.

Oren, medio despierto, le soltó una sola vez que dejara de mirarlo como a un perro atropellado.

Narel respondió con un insulto afectuoso que hizo sonreír un instante a Mara a pesar de todo.

El grupo seguía siendo humano. Quizá esa era la única razón por la que el bosque aún no había terminado de absorberlos.

Cuando por fin se tumbó, Mara entendió con una claridad triste que el día no había girado solo en torno a Oren.

También había girado en torno a la frase que todavía no se habían dicho del todo ella y Lemn: tú no eres como nosotros.

No en el sentido cruel que usaba Vardel al mirarla como anomalía.

Ni en el sentido de temor con que Narel miraba las espinas de Lemn o la conducción bajo la piel de Oren.

Sino en otro más íntimo y más peligroso.

Lemn no era como los demás hombres que había conocido porque la dureza no le servía para esconderse, sino apenas para seguir avanzando sin desmoronarse.

Y ella ya no era como las muchachas del asentamiento que aún podían permitirse amar en un mundo de reglas relativamente estables.

Entre ambos, el bosque estaba obligando a nacer algo que no tendría la inocencia ni la limpieza de los amores anteriores.

Sería otra cosa. Más feroz. Más consciente del borde. Más expuesta a la pérdida.

Afuera, los árboles susurraron una vez más con el viento. Mara cerró los ojos y se obligó a no oírlos demasiado. A no mirar demasiado. A no imaginar demasiado. Porque ya sabía que el siguiente día les pediría otra vez decisiones que nadie debería tomar tan cerca de aquello que ama.