Capítulo 18. Tú no eres como nosotros #2
Dejar a Oren sentado contra el muro bajo fue como colocarlo al centro de una escena que ninguno quería asumir todavía.
Narel caminó dos veces de un lado a otro antes de detenerse.
Mara sacó lo poco que tenían de vendajes limpios, vinagre, aguja, hilo, cuchillo fino.
Lemn revisó una vez más la pierna, la dirección de las líneas, la tensión de la rodilla. Luego alzó la vista hacia Oren.
—Dime si cambias de idea.
Oren soltó una exhalación breve.
—No he cambiado. Solo me fastidia que tengas razón.
Lemn asintió. No había espacio para humor entero, pero ese resto sirvió para sostener unos segundos de humanidad.
El plan, si podía llamarse así, era brutal y sencillo.
Abrirían en el punto donde la dureza subcutánea parecía más localizada, a mitad de la pantorrilla, para comprobar si existía una estructura definida que pudieran extraer antes de que siguiera ascendiendo.
Si no la había o si el tejido interior ya estaba demasiado mezclado, cerrarían y revaluarían con la información obtenida.
Mara ayudó a preparar lo necesario con una precisión que le horrorizaba reconocer en sí misma.
Elen le habría exigido exactamente eso. No compasión blanda. No temblor inútil. Pulso.
Narel fue el que más tardó en colocarse.
—No estoy hecho para esto —murmuró.
Lemn, sin levantar la vista del cuchillo que calentaba y limpiaba lo mejor posible, respondió:
—Nadie lo está.
Mara se arrodilló junto a Oren. Él la miró un segundo y, para su sorpresa, sonrió apenas.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de quien ya está de duelo y aún no me he muerto.
La frase la golpeó tan directamente que tuvo que bajar la vista a las vendas para no dejarse leer demasiado. Oren seguía protegiéndolos incluso entonces de ciertas formas del horror. Aquello le pareció casi insoportable.
El procedimiento fue peor que con Serit en Vardel, porque aquí no había espacio de trabajo, ni ayuda experta, ni calmante suficiente, ni certeza sobre lo que iban a encontrar.
Solo cuerpo vivo, piedra, luz dura y bosque alrededor.
Lemn hizo una incisión limpia, controlada.
Oren tensó la mandíbula, pero no gritó al principio.
Mara sostuvo la pierna por arriba mientras Narel inmovilizaba el pie y la rodilla con una delicadeza torpe que no combinaba en absoluto con su aspecto habitual.
Al separar tejido, la sangre fue menos de la esperada.
Eso, al principio, pareció buena señal. Luego dejó de parecerlo.
Porque bajo la carne no había solo músculo y vasos.
Había una estructura pálida, fina y flexible, adherida entre fibras, demasiado lisa para ser tendón normal y demasiado organizada para ser simple tejido alterado.
Corría en la misma dirección exacta que las líneas visibles de la piel.
—Ahí —murmuró Mara, con la garganta seca.
Lemn apretó los labios. Introdujo la punta de la herramienta con cuidado, palpó apenas, y la estructura respondió. No moviéndose como algo autónomo, pero sí tensándose. Como si el cuerpo hubiera empezado a cultivar dentro una conducción nueva.
Oren soltó entonces un sonido bajo, roto.
—Sácala.
Lemn lo intentó. Al separar la estructura del tejido, esta ofreció resistencia en dos puntos y un filamento más fino pareció prolongarse hacia arriba, hacia la rodilla.
—Mierda —murmuró Narel.
Lemn no dejó de trabajar.
—No va limpia.
—Entonces córtala.
Lemn tragó saliva apenas.
—Si corto donde no debo, le destrozo la pierna.
La decisión pendió unos segundos interminables.
Mara sintió de pronto la claridad brutal de lo que estaba ocurriendo.
No estaban luchando contra una espina aislada, ni contra una infección superficial.
Estaban mirando el momento exacto en que el cuerpo humano empezaba a reorganizarse hacia otra lógica, y lo hacía usando estructuras que todavía dependían de él para terminar de instalarse.
Oren abrió los ojos y clavó la mirada en Lemn.
—Hazlo.
—No.
—Hazlo ahora.
Lemn lo sostuvo en silencio. Mara supo que el verdadero centro del conflicto no era solo el cuerpo cambiante de Oren, sino esto: el instante en que una persona aún humana le pide a otra que decida si debe seguir siéndolo a costa de una mutilación, de una herida peor, o de ninguna garantía.
—Lemn —dijo Oren, ya sin humor—. No me hagas negociar con esto mañana.
Lo dicho le entró a Mara como una cuchilla fría. Porque entendió al instante que no hablaba solo de dolor. Hablaba de voluntad. Del punto a partir del cual el cuerpo y el bosque podían empezar a negociar entre ellos sin la persona en el centro.
Lemn, al fin, decidió. Sujetó la estructura en el punto más bajo donde podía ganarle longitud y la cortó con una precisión feroz.
Oren gritó entonces de verdad. Narel tuvo que hacerle más fuerza.
Mara sintió el temblor del cuerpo entero debajo de sus manos.
La estructura se retrajo un poco hacia arriba, pero Lemn consiguió arrastrar fuera un tramo de casi tres dedos de largo.
Era blanquecino, flexible, con una superficie finamente estriada y dos ramificaciones mínimas en un extremo.
Parecía menos vegetal que la cosa extraída del cuerpo de Serit y, precisamente por eso, más obscena.
No era una raíz improvisada. Era una conducción.
El sangrado aumentó algo más tarde, como si el cuerpo hubiera tardado un instante en recordar sus propias reglas.
Lemn limpió, revisó hasta dónde alcanzaba lo cortado y cerró sin decir todavía en voz alta lo que todos intuían: no lo había sacado entero.
Habían ganado longitud. Tal vez tiempo. No habían detenido el proceso del todo.
Oren tardó mucho en recuperar el aliento. Tenía la cara empapada y los dientes apretados con una violencia muda. Mara le limpió el sudor de la sien con un paño sin pensar demasiado el gesto. Él cerró los ojos un instante.
—¿Qué tal? —preguntó Narel con esa forma torpe suya de decir algo que sabe inútil.
A Oren se le escapó una risa que era casi un gemido.
—Estoy encantado.
Hasta Mara, pese al espanto, dejó salir una exhalación breve. A veces el humor más seco era la única manera de impedir que el grupo se disolviera moralmente.
Cuando por fin vendaron la pierna y dejaron a Oren recostado, el cansancio en el aire resultaba casi físico.
Lemn se apartó un paso del grupo, sostuvo un momento la pequeña estructura pálida entre los dedos de la mano enguantada y luego la envolvió en tela como si incluso aquello mereciera no tocarse demasiado tiempo.
Mara lo observó y supo que la escena lo había golpeado de una forma que todavía no podía permitirse mostrar.
Abrir a Oren, encontrar debajo esa conducción nueva, cortarla sin certeza y seguir sin solución completa había debido de acercarlo demasiado a Lía por la vía más cruel: la del ensayo anticipado.
Narel fue el primero en nombrar lo que faltaba.
—No está todo fuera.
Lemn no lo negó.
—No.
—Entonces ¿para qué ha servido?
La pregunta era injusta y necesaria a la vez.
—Para ver cómo funciona. Para ganar distancia. Quizá tiempo. Y para saber que, si vuelve a subir, ya no estamos imaginando.
Narel se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Cada vez odio más las pruebas.
Oren, todavía pálido, murmuró sin abrir los ojos:
—Pues yo os agradecería que esta no la repitierais hoy.
Aquello zanjó la discusión práctica por un rato.
La tarde no podía aprovecharse ya como viaje normal.
Oren no estaba en condiciones de avanzar mucho después de la apertura, y el grupo tampoco tenía ya la cabeza limpia.
Se vieron obligados a permanecer en aquel alto seco, pero no fue la misma quietud del día anterior.
Ahora sabían demasiado. Sabían que el cuerpo podía cultivar una conducción nueva, que cortarla no equivalía a erradicarla y que la persona dentro seguía consciente y capaz de decidir mientras todo eso ocurría.
El bosque había ganado otra profundidad moral.
Ya no se trataba solo de perder a alguien hacia lo vegetal.
Se trataba de acompañarlo durante una fase en la que todavía podía hablarte y pedirte cosas.