Capítulo 18. Tú no eres como nosotros
El amanecer llegó con una claridad sucia, de esas que no alivian la noche sino que revelan mejor en qué clase de lugar has elegido o te has visto obligado a seguir vivo.
Mara abrió los ojos con la sensación de no haber dormido realmente, solo de haber permanecido tumbada durante horas escuchando la respiración cansada de Oren, el turno de guardia contenido de Lemn y el susurro lejano de aquellos árboles que parecían haber aprendido a rozar el aire de forma demasiado parecida al lenguaje.
El refugio olía a piedra fría, tela húmeda, vinagre agrio y a ese verde amargo que ya se había instalado junto al cuerpo herido de Oren como una segunda presencia.
Durante unos segundos no se movió. Escuchó.
Afuera, los campos hondos respiraban con esa ausencia total de fauna que convertía cualquier crujido vegetal en un acontecimiento y cualquier palabra humana en una intromisión demasiado fuerte.
Dentro, en cambio, había otra tensión: la del cuerpo que cambia mientras todos fingen todavía que una jornada más puede ser solo una jornada más.
Lemn ya estaba despierto y agachado junto a Oren cuando Mara terminó de incorporarse.
Narel, sentado contra el muro opuesto, no fingía dormir; se había pasado buena parte de la noche cambiando de postura, incapaz de abandonar por completo la vigilancia y aún menos la rabia impotente que le producía ver a uno de los suyos entrar en ese terreno intermedio entre seguir siendo persona y empezar a volverse otra cosa sin consentimiento.
Mara se acercó y no necesitó que nadie le dijera nada.
La venda ya estaba deshecha. La pierna de Oren mostraba lo que todos habían temido durante la noche y aun así habían intentado no imaginar con demasiado detalle.
Las líneas pálidas seguían ahí, finas y terribles en su precisión, pero ya no ocupaban solo tobillo y pantorrilla.
La tensión bajo la piel se había marcado también por la cara interna de la rodilla, como una costura subterránea que estuviera reordenando tejidos según un diseño ajeno al cuerpo humano.
La pierna seguía sin inflamarse brutalmente, sin ennegrecerse, sin ofrecer el alivio monstruoso de una enfermedad claramente visible.
Se transformaba con una elegancia obscena, con la misma belleza falsa de tantas otras cosas que habían encontrado en el camino.
Eso era lo peor. El cambio no se presentaba como corrupción evidente, sino como una nueva forma de organización.
—¿Puedes doblarla? —preguntó Lemn.
Oren tardó un segundo en responder, no por falta de entendimiento, sino porque ya había intentado hacerlo antes de que los otros despertaran y sabía lo que venía.
—Sí. Pero no quiere igual.
Lemn asintió. Mara reconoció la tensión en ese gesto mínimo. No estaba sorprendido. Solo más cerca del punto que llevaba días intentando retrasar.
—Hazlo.
Oren obedeció. La rodilla respondió, pero el movimiento resultó incompleto y feo, como si el cuerpo aceptara la orden a cambio de recordarle que ya no la cumplía del todo bajo las reglas antiguas. Mara sintió un frío lento bajándole por la espalda.
—¿Dolor? —preguntó ella.
Oren negó.
—Eso ya casi es peor, ¿no? —murmuró Narel.
Nadie respondió porque los cuatro sabían que sí.
El dolor todavía pertenece al cuerpo en la forma en que uno ha aprendido a entenderlo.
La ausencia de dolor en pleno cambio, o ese dolor desplazado que ya no se parece a herida, era otra cosa.
Significaba que el proceso empezaba a reorganizar no solo tejido, sino interpretación.
Lemn se sentó sobre los talones, agotado antes incluso de empezar el día.
—No puedes seguir mucho más así.
Oren lo miró de frente.
—Lo sé.
La respuesta, tan seca y consciente, dejó en el refugio una quietud peor que cualquier protesta.
Porque no venía de un hombre negando la gravedad ni exigiendo esperanza.
Venía de uno que seguía completamente presente en lo que le estaba ocurriendo y por eso obligaba a los demás a ser igual de presentes.
—Entonces hoy decidimos —dijo Narel.
La frase sonó demasiado rápida, demasiado necesitada de acción, pero no injusta. Llevaban ya demasiadas horas viviendo dentro de la espera.
Mara apartó un poco la vista hacia la abertura del refugio.
La luz gris de la mañana caía sobre un mundo hermosamente enfermo: muros bajos recubiertos por flores de colores imposibles, canales que retenían agua oscura entre juncos demasiado sanos, copas de árboles viejos susurrando con la brisa, ombroles dispersos a una distancia suficiente para que el ojo todavía quisiera completar demasiado.
Todo parecía esperar también aquella decisión.
—No en este sitio —dijo Lemn, y la dureza de su voz no admitía ambigüedad—. Aquí no.
Narel abrió las manos con gesto brusco.
—¿Entonces dónde? ¿Más al norte? ¿Más cerca de lo que sea que seguimos? ¿O quieres volver atrás con él a cuestas por medio de media maldita ruina viva?
—Quiero un terreno seco, con salida clara, sin agua cerca, sin flores de mirada larga y sin esos árboles susurrando encima. Quiero un sitio donde, si hay que abrir, no nos mate el lugar además de la herida.
—Y mientras llega ese sitio, él sigue cambiando.
Lemn sostuvo la mirada de Narel con una quietud helada.
—Sí.
La tensión entre ambos llevaba días creciendo, pero esa mañana ya no era solo cuestión de carácter o agotamiento.
Se trataba de algo distinto. Narel, cada vez más irritado por la utilidad anómala de Mara y por la autoridad práctica de Lemn, necesitaba un blanco humano para una rabia que en realidad le producía el bosque.
Y Lemn, cada vez más dividido entre la necesidad de seguir el rastro de Lía y la obligación de no abandonar a Oren al proceso, estaba empezando a parecerse a alguien que lleva demasiadas prioridades incompatibles agarradas por pura fuerza.
Fue Oren quien cortó otra vez el filo antes de que se hundiera demasiado.
—No voy a arrastrarme hacia una operación que no podéis hacer bien si seguís gruñendo como perros. Primero sacadme de aquí. Luego decidimos con la cabeza más limpia.
La ironía escasa de la frase no alcanzó a rebajar nada, pero sí a ordenar el siguiente paso. Y en un mundo como aquel, a veces eso era lo único que podía llamarse salvación.
Prepararon la marcha con una eficacia sombría.
El cuerpo de Oren ya no admitía simplemente apoyo lateral: tuvieron que improvisar una especie de sujeción corta con cuerda y tela para descargarle parte del peso sin inmovilizar del todo la pierna.
Lemn organizó el conjunto con la atención seca de siempre, pero Mara notó que esa mañana le costaba más esconder el cansancio.
No físico. Moral. Cada decisión parecía arrancarle algo.
Ella lo entendía de una forma que ya empezaba a ser demasiado íntima.
Porque cuanto más se acercaban a Lía, más le pedían al mismo tiempo que fuera médico, guía, hermano, verdugo potencial y sostén del grupo.
Nadie podía ser todo eso sin romperse por algún sitio.
Salieron del refugio con Oren entre Mara y Lemn, Narel cubriendo el flanco trasero.
Los campos hondos parecían haber ganado todavía más color durante la noche.
El verde oscuro de las hojas, el blanco casi luminoso de ciertas flores, los azules venenosos de las corolas hipnóticas, el ámbar ocasional sobre cortezas viejas, el rojo húmedo de algunas raíces expuestas, todo componía una belleza saturada que hacía más obsceno cada paso.
Mara había empezado a pensar que aquella exuberancia no era un simple efecto secundario de la dominación vegetal, sino parte de su estrategia de conjunto.
Un mundo más vivo visualmente obligaba al ojo humano a trabajar peor, a emocionarse en direcciones equivocadas, a entregar un poco de juicio en nombre de la admiración o del descanso.
El problema del día no fue solo encontrar un lugar seco y seguro donde decidir sobre Oren.
Fue que el propio movimiento empezó a revelar otra cosa más difícil de aceptar: el cuerpo de Oren cambiaba también en relación con el entorno.
Al pasar junto a ciertos grupos de raíces o bordes de canal, la tensión de su pierna empeoraba.
No siempre. No en cualquier punto. Pero sí con una lógica suficiente para que Mara lo notara antes incluso de que él lo admitiera.
En una zona de piedra bastante limpia, Oren respiraba con dolor controlable y apoyaba la pierna como podía.
Al cruzar cerca de una depresión húmeda donde crecían juncos de color gris verdoso y una película fina cubría la superficie del agua retenida, el muslo se le tensó de golpe y tuvo que aferrarse con más fuerza a los hombros de ambos.
—Ahí —dijo Mara.
Lemn detuvo el grupo de inmediato.
—¿Qué?
—El agua. O lo que sale de ella.
Oren apretó los dientes.
—Sí. Tiró.
Narel maldijo.
—Perfecto. Ahora el terreno también lo reconoce.
Lemn observó la depresión sin acercarse.
—O él lo percibe de otra forma ya.
La diferencia entre ambas hipótesis era sutil y horrible.
Mara entendió enseguida que, en realidad, podían ser ciertas las dos.
El bosque ya no tenía por qué distinguir entre atraer al cuerpo o modificar cómo ese cuerpo leía el propio entorno.
Todo se volvía cada vez más sistémico. Más integrado.
Más difícil de separar en causas cómodas.
Rodearon la depresión y siguieron en busca del lugar adecuado.
Lo encontraron a media mañana, tras una loma seca salpicada de piedras grandes y restos de muros casi desnudos.
Allí el suelo era duro, el viento circulaba mejor, el agua quedaba relativamente lejos y la vegetación cercana no mostraba ni floraciones hipnóticas ni signos evidentes de carnívoras.
No era un buen lugar. Solo el menos malo que habían encontrado desde el amanecer.
Y bastó que Lemn lo reconociera con una inclinación mínima de cabeza para que todos supieran que el momento había llegado.