Capítulo 17. Permanecer quieto #3
Mara lo escuchó con una atención dolorosa. Había algo terrible en el hecho de que un hombre empezara a contar detalles pequeños de su vida justo cuando su cuerpo amenazaba con reorganizarse. Como si estuviera intentando fijarse a sí mismo del lado humano antes de que el bosque decidiera otra cosa.
—¿Y tú qué aguantas? —preguntó Narel, intentando sonar ligero y fracasando.
Oren tardó.
—De momento, vuestra compañía.
Hasta Lemn soltó una exhalación que casi fue risa. El alivio duró un instante. Pero bastó para recordarles que Oren seguía siendo plenamente persona y que, precisamente por eso, cada decisión futura iba a ser más difícil.
Al caer la tarde, Mara salió un momento al borde del refugio para estirar las piernas y alejarse un poco del olor verde del tobillo de Oren.
Lemn fue detrás sin decir nada. El aire fuera estaba cargado de un dorado sucio que hacía aún más hermosos los contornos de los campos hondos.
A lo lejos, los árboles susurrantes se mecían apenas. No lo suficiente para relajar a nadie.
—No podemos quedarnos mañana —dijo Mara, sin preámbulo.
—Lo sé.
—Y no podemos moverlo mucho.
—Lo sé.
Ella lo miró de perfil, cansada de esas respuestas secas y, al mismo tiempo, incapaz de no agradecer que no intentara dulcificar nada.
—¿Qué haremos?
Lemn se quedó callado un rato. Luego habló sin apartar la vista del norte.
—Si amanece igual, lo llevamos a un lugar seco de verdad. Si empeora, paramos y abrimos donde podamos hacerlo sin matarlo por torpeza. Si no quiere... —Dejó la frase a medias.
Mara notó cómo se le tensaba el pecho.
—Tendrá derecho a decidir.
Lemn la miró entonces. La luz oblicua le marcaba la fatiga hasta en la forma de sostener la cabeza.
—Sí.
—Y nosotros a no dejar que decida solo por miedo a ser carga.
Algo en la boca de él se tensó un grado.
—También.
Estuvieron callados un momento. El aire olía a hoja caliente, agua escondida y esa dulzura lejana que ya nunca podía tomarse como simple perfume.
Mara sentía el cansancio del día entero en la nuca, en la pierna vendada, en la garganta.
También sentía a Lemn demasiado cerca. Aquello no remitía.
Al contrario. Cada jornada de peligro compartido lo convertía menos en un accidente y más en una verdad.
—No quiero que esto nos rompa antes de encontrarla —dijo de pronto, sin especificar qué era “esto”.
Lemn entendió. Era evidente en la forma en que respiró antes de responder.
—A mí tampoco.
—Pese a ello, cada vez estamos más cerca de algo que nos va a obligar a... —Calló. No encontraba palabra que no sonara ridícula o insuficiente.
—Elegir —dijo él por ella.
Mara asintió.
—Sí.
Lemn dio un paso muy corto hacia la piedra del umbral, no hacia ella exactamente, pero sí lo suficiente para que la distancia entre ambos se volviera otra vez una cosa física y deliberada.
—Por eso ahora no miro más de lo debido —dijo.
Mara lo miró sin entender durante un instante. Luego entendió demasiado.
—¿Hablas de Lía?
Lemn sostuvo su mirada.
—No solo.
El golpe de la frase fue tan limpio que Mara tuvo que bajar la vista un instante para no dejarle ver demasiado.
No había coqueteo en él. No había juego.
Había una honestidad peligrosa, tan sobria como todo en Lemn, y precisamente por eso más devastadora.
Ella sabía ya, desde hacía días, que algo entre ambos estaba creciendo dentro del peligro.
Oírlo dicho de aquella manera torcida y contenida lo volvía real.
—Tampoco yo —murmuró.
El silencio que siguió fue denso, no incómodo. Se parecían cada vez más a dos personas que se reconocen en el borde de una confesión y deciden no cruzarlo del todo porque el terreno exige primero otra clase de firmeza.
Regresaron al interior cuando la luz terminó de caer.
Oren dormía a medias, agotado por la tensión.
Narel vigilaba con esa expresión suya de enfado sostenido que ya Mara empezaba a distinguir del simple miedo.
Prepararon una cena mínima. Midieron otra vez la pierna.
La línea posterior había ascendido apenas un poco más.
No lo suficiente para hacerles perder el juicio en ese instante.
Sí lo suficiente para que nadie creyera ya en una noche de tregua real.
Mara tardó mucho en dormirse. Oía los susurros de los árboles al fondo, el roce del viento en teja rota, la respiración cansada de Oren, el movimiento contenidísimo de Lemn en su turno de guardia.
Permanecer quietos, pensó antes de quedarse por fin a medio sueño, era otra forma de mirar de frente cómo el cuerpo cambia mientras todo alrededor te empuja a actuar mal.
Y quizá el amor, si de verdad estaba creciendo allí entre ellos, tendría que aprender primero esa misma disciplina: permanecer quieto lo suficiente para no confundirse con hambre, miedo o necesidad de rescate.
Lo cual no lo hacía menos real. Solo más difícil.
Al amanecer tendrían que volver a moverse. Y con ello, a decidir de nuevo hasta dónde podía seguir siendo humano un cuerpo que ya había empezado a escuchar otra lógica debajo de la piel.