Capítulo 17. Permanecer quieto #2
Mara sintió un escalofrío lento. Los árboles parecían antiguos, incluso nobles de forma absurda bajo la luz.
Troncos gruesos, corteza agrietada, copas amplias.
Si uno los viera desde lejos en otro mundo, pensaría en sombra y descanso.
Sin embargo, a cada nueva ráfaga, la fricción entre ramas y raíces expuestas producía aquel susurro casi articulado que el cuerpo se empeñaba en intentar completar como palabra.
—No escuchéis demasiado —dijo Lemn.
La advertencia llegaba ya como un reflejo aprendido, y aun así el problema era el mismo de las flores, de los ombroles recientes, del ámbar: la atracción no funcionaba solo por deseo, sino por costumbre humana de buscar sentido en lo que se parece demasiado a una señal.
Narel salió un poco más al borde del refugio, entre irritado y fascinado.
—Parecen voces.
—No lo son —replicó Lemn, más duro—. Son ramas y raíces encontrando un ángulo que nos conviene demasiado oír como voz.
Mara siguió mirando al grupo de árboles. Cuanto más tiempo les prestaba atención, más fácil resultaba creer que el susurro estaba cerca de decir algo. Una llamada. Una advertencia. Un nombre quizá. Bajó la vista de inmediato.
—Entonces tampoco hay que mirarlos.
Lemn asintió.
—Ni oírlos demasiado.
El bosque, pensó Mara, no dejaba de perfeccionar el mismo mecanismo por vías distintas.
Flores que anulaban mentalmente por la vista.
Árboles que rozaban la forma del lenguaje por el oído.
Ámbar que ofrecía descanso por el olor. El sistema entero convergía en una verdad cada vez más insoportable: no querían solo herir cuerpos.
Querían desplazar la atención humana hasta desorganizar la voluntad.
Decidieron cerrar más el refugio del lado de los árboles y evitar escuchar directamente hacia esa franja.
No podían marcharse aún, y esa impotencia agudizaba todo.
Oren pasó el siguiente rato en silencio, concentrado en pequeñas órdenes que Lemn le daba para comprobar respuesta: flexionar, abrir dedos, tensar muslo, relajar, apoyar sin peso, sentir temperatura.
Mara tomaba notas breves en el cuaderno pequeño, no por manía, sino porque documentar parecía una forma desesperada de frenar el caos.
Las líneas seguían avanzando milímetro a milímetro, sin aceleración brutal, pero sin detenerse.
El pie obedecía. La sensación de pertenencia, no del todo.
Fue cerca del mediodía cuando el proceso dio un salto visible. Oren estaba incorporándose un poco para beber cuando dejó de pronto el cuenco a un lado con una brusquedad seca. Mara lo vio tensarse entero.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Oren tardó un segundo en contestar.
—Ahora la noto aquí.
Se llevó dos dedos al interior de la rodilla.
Lemn se acercó enseguida. Mara también. La piel allí no mostraba aún líneas visibles, pero la tensión del músculo había cambiado. Al palpar con cuidado por encima de la ropa, notaron una dureza nueva, una especie de cable fino bajo carne.
—Subió —murmuró Mara.
Narel soltó la maldición más baja del día, precisamente por eso la más sincera.
—Ya está.
Oren apoyó la nuca contra la pared y cerró los ojos un instante.
—Todavía no.
—¿Qué quieres decir con todavía? —preguntó Narel, a medio camino entre rabia y suplica.
Oren abrió los ojos y lo miró de frente.
—Que sigo aquí. Y mientras siga aquí, no habléis como si ya me hubierais perdido.
Lo dicho dejó en evidencia a todos. Mara bajó la cabeza. Lemn fue el único que sostuvo la mirada de Oren sin apartarse ni ceder a la vergüenza fácil.
—Entonces te lo digo a ti —dijo—. Si esto ha llegado a la rodilla, mañana no caminas.
Oren tragó saliva, pero no retrocedió.
—Lo sé.
Aquello era lo más terrible de todo. Que la verdad pudiera sostenerse entre personas todavía humanas sin que por ello se volviera más soportable.
La discusión que siguió fue inevitable. Narel quería cortar el avance allí mismo, abrir si hacía falta, arrancar lo que fuera.
Mara sabía que esa urgencia venía tanto del miedo a perder a Oren como del horror a contemplar pasivamente un proceso así.
Lemn, en cambio, se resistía a abrir sin lectura más clara porque el terreno, la falta de herramientas y la naturaleza todavía incierta del cambio podían matar a Oren más rápido por herida que por avance.
Oren escuchó los argumentos con una atención que hacía aún más indecente estar debatiendo su cuerpo delante de él.
Al final fue él quien decidió de nuevo, con una calma que a Mara le resultó casi insoportable.
—No me abrís aquí.
Narel abrió la boca para protestar.
—No me abrís aquí —repitió Oren—. Si mañana amanezco peor y encontramos un sitio seco de verdad, quizá. Aquí no.
Lemn no discutió. Narel sí, pero poco, porque en el fondo entendía que lo que más lo enfurecía no era la decisión, sino el hecho de que no hubiera ninguna buena.
La tarde cayó sobre el grupo como una presión física.
Permanecer quietos durante tantas horas resultó casi más duro que avanzar.
El bosque no dejaba de moverse alrededor de ellos a través de pequeños cambios: el susurro de los árboles subía o bajaba con el viento; el olor del ámbar aparecía a ráfagas casi dulces y se retiraba; dos veces oyeron el paso lejano de algo grande entre agua y ruina, no animal en el sentido antiguo, no del todo identificable.
Sin embargo, no se movieron. Permanecer quieto se convirtió en la única forma de no añadir errores.
Mara comprendió entonces que la quietud también podía ser una técnica, una resistencia activa.
Pero exigía una violencia interior distinta, porque obligaba a mirar al cuerpo cambiante de un compañero sin que el movimiento ofreciera la ilusión de estar haciendo algo.
Fue en una de esas horas inmóviles cuando Oren empezó a hablar más de lo habitual. No por fiebre ni por delirio. Quizá por cansancio, quizá porque el simple hecho de seguir siendo él le pedía dejar algo más atrás antes de no poder hacerlo.
—Mi padre tenía olivos —dijo de pronto, mirando el hueco de cielo entre los muros—. De los viejos. Decía que un árbol no se conoce por la fruta, sino por cómo aguanta los años malos.
Narel se volvió hacia él con sorpresa.
—No te pegaba tener un padre que hablase así.
Oren esbozó una media sonrisa agotada.
—A mí tampoco me pegaba.