VENENO Y ESPINAS Capítulo 17. Permanecer quieto
56%

Capítulo 17. Permanecer quieto

Mara no necesitó revisar la pierna de Oren al amanecer para saber que algo había cambiado de nuevo durante la noche.

Lo sintió en la respiración del hombre antes incluso de incorporarse, en esa irregularidad extraña que no procedía ya solo del dolor, sino del esfuerzo continuo de mantener el cuerpo dentro de una obediencia que empezaba a no corresponderle.

Afuera, el alba levantaba una luz pálida sobre los campos hondos, y con ella emergían de nuevo los colores vivos de aquel mundo podrido: el verde oscuro de las hojas tensas, el blanco obsceno de ciertas flores abiertas demasiado pronto, los reflejos fríos de agua entre piedras y raíces, el rojizo húmedo de algunas enredaderas que trepaban por los muros como venas al aire.

Dentro del refugio, sin embargo, el aire olía menos a piedra que a carne cansada y a ese tono verde amargo que acompañaba ya al tobillo de Oren como una firma.

Lemn estaba despierto desde hacía rato; Mara lo supo antes de verlo, porque había empezado a reconocer la forma en que su silencio cambiaba según el tipo de amenaza que tuvieran delante.

Aquella mañana no era el silencio de la vigilancia ni el de la distancia pensada hacia Lía.

Era el silencio de quien cuenta con una decisión próxima y odia no poder retrasarla mucho más.

Se acercaron a Oren sin hablar apenas. Narel se había despertado también, quizá por la misma alteración del aire, quizá porque el cuerpo termina detectando la tensión ajena incluso dormido.

Oren abrió los ojos cuando Mara desanudó la primera vuelta de la venda.

No parecía sorprendido. Cansado, sí. Mucho más viejo de lo que era en tan solo una noche.

Lemn sostuvo la tela mientras ella retiraba con cuidado el resto.

El tobillo ya no pertenecía del todo al estado de la víspera.

Las líneas pálidas habían subido otros dos centímetros y no corrían solo por el lateral.

Una cuarta marcaba ahora la parte posterior de la pantorrilla, más tenue y aún más fina, como si el proceso hubiera encontrado una vía menos visible para continuar ascendiendo.

La piel no estaba inflamada ni enrojecida en exceso.

Eso era precisamente lo peor. Se organizaba.

Entre dos de las líneas, la superficie había adquirido una dureza suave, lisa, casi hermosa bajo la primera luz, como si el cuerpo estuviera ensayando una nueva textura sin decidir todavía si quería ocultarla.

Nadie habló durante un momento. Mara sostenía la venda húmeda entre las manos y sentía en la nuca el peso de la mirada de Narel, la respiración controlada de Lemn a su lado y la presencia del propio Oren, tan dolorosamente aún él mismo que resultaba obsceno hablar de su pierna como si ya fuera solo problema y no parte de una persona.

Fue Oren quien rompió primero el silencio.

—Ha subido.

No lo dijo como una pregunta. Tampoco como una queja. Solo como la constatación serena de quien ya no necesita que le mientan.

—Sí —respondió Mara.

—¿Cuánto?

—Poco. Lo suficiente.

Oren apoyó la cabeza un instante contra la pared de piedra y cerró los ojos. Narel soltó aire por la nariz con rabia.

—Pues ya está. No podemos seguir fingiendo.

Lemn no apartaba la vista del tobillo.

—No estamos fingiendo.

—Estamos haciendo algo peor. Esperando a que nos obligue a una decisión sola.

La frase, brutal por cierta, dejó al grupo dentro de esa quietud violenta que llega cuando todos saben que el siguiente paso va a partir algo más que el día.

Mara pensó en Elen, en la frialdad útil con que habría medido, abierto o cortado sin pedir al cuerpo nada que no pudiera dar.

Pensó también en Vardel, donde la decisión quizá habría parecido más clara por estar sostenida entre más manos, más reglas, más costumbre.

Allí, en cambio, eran solo cuatro personas, un refugio precario y una pierna que avanzaba hacia otra lógica.

Lemn alzó por fin la cabeza hacia Oren.

—Necesito saber dos cosas. Si puedes apoyar sin que la rigidez suba. Y si sientes el pie como tuyo.

Oren abrió los ojos despacio.

—Apoyar, sí. Mío... no entero.

Lemn asintió una vez, como si la respuesta encajara exactamente en un cálculo que ya le desagradaba desde antes de formularse.

—Entonces no marchamos todavía.

Narel se giró con brusquedad.

—¿Qué?

—He dicho que no marchamos todavía.

—¿Y nos quedamos aquí a mirar cómo le crece el bosque por dentro?

—Nos quedamos lo necesario para ver si empeora rápido, si se estabiliza o si podemos moverlo sin perderlo por el camino.

—Y mientras la figura esa, o Lía, o lo que sea, sigue alejándose.

La mención del nombre no fue casual. Mara la sintió como una pedrada lanzada a propósito contra el punto más vulnerable de Lemn. Lo vio en su cara: el endurecimiento instantáneo, esa forma de quietud demasiado exacta que aparecía cuando la rabia se le volvía un muro seco por dentro.

—No vuelvas a usarla así —dijo.

Narel sostuvo la mirada con la respiración alta.

—Pues dime tú qué hacemos.

Oren habló antes de que Lemn pudiera responder, y el simple hecho de que lo hiciera con aquella voz todavía firme bastó para avergonzarlos a todos un poco.

—Permanecemos quietos.

Las tres palabras cayeron con un peso extraño, no solo por lo que ordenaban, sino por lo que significaban en un mundo que había obligado siempre a moverse, bordear, huir o atacar.

—No quiero que discutáis alrededor de mi pierna como si no estuviera aquí —añadió Oren—. Si tengo que empeorar, prefiero que me veáis empeorar antes de que me arrastréis por medio de agua, flores o raíces.

Mara lo miró con una mezcla de respeto y terror. Permanecer quieto. En cualquier otro lugar habría sonado a rendición. Allí, donde casi todo intentaba activar, atraer o empujar el cuerpo hacia una respuesta equivocada, empezaba a parecer una forma de disciplina mucho más difícil que correr.

Lemn asintió despacio.

—De acuerdo.

Narel hizo un gesto violento con la mano, más para expulsar impotencia que para discutir ya.

—Perfecto. Pues nos pudrimos sentados.

—No —dijo Mara, antes de pensar demasiado—. Observamos.

Los tres la miraron. Ella siguió hablando porque comprendió que, si no convertían aquellas horas en otra cosa que espera, el miedo empezaría a pensar por ellos.

—Medimos cada poco. Vemos si cambia con reposo, con frío, con apoyo, con dolor. Vemos si el terreno reacciona distinto con él quieto. Vemos si el olor cambia. Y si la figura dejó rastro más cerca, lo sabremos sin mover el grupo entero.

Lemn la observó un segundo con esa atención seca que ya no distinguía del todo entre la evaluación y otra cosa más honda.

—Sí —dijo al fin—. Eso hacemos.

Organizaron el refugio para una espera tensa.

Oren quedó recostado contra el muro más interior, la pierna extendida sobre una manta doblada.

Narel tomó el primer turno de vigilancia exterior porque necesitaba gastar rabia en algo útil.

Lemn y Mara se quedaron con la tarea más difícil: mirar.

No solo el tobillo. También el comportamiento del cuerpo entero.

Cómo se movía Oren al buscar otra postura.

Si el pie respondía igual a órdenes simples.

Si la piel cambiaba con el paso del tiempo.

Si surgía olor nuevo. Si había zonas del cuerpo que parecían empezar a escucharse de otra manera.

Todo aquello tenía una obscenidad casi clínica.

Mara lo sentía en la garganta cada vez que medía con las tiras de cuero el ascenso de las líneas o apoyaba apenas dos dedos sobre la parte sana para comparar temperatura.

Era demasiado íntimo y demasiado impersonal a la vez.

Las primeras dos horas no ofrecieron un cambio brutal, y precisamente por eso se volvieron insoportables.

La transformación no daba el consuelo espantoso de lo evidente.

No estallaba. Se insinuaba. Oren seguía siendo Oren en la voz, en la mirada, en la forma de responder.

Pero empezó a ocurrir algo peor. Cuando Lemn le pidió que flexionara el pie hacia arriba, la orden tardó en recorrer el cuerpo.

No porque no entendiera. Porque parecía necesitar un instante más para hacer coincidir voluntad y movimiento.

—Otra vez —dijo Lemn.

Oren obedeció. El pie subió. Más lento.

—¿Notas tirón? —preguntó Mara.

—Sí.

—¿Dónde?

Oren respiró hondo.

—No en el tobillo. Más arriba. Por dentro de la pantorrilla. Como si me lo sujetaran desde atrás.

Narel, que acababa de entrar del primer relevo, apretó los labios.

—Eso es peor.

—Todo lo que describes empieza ya con esa frase —murmuró Oren, y la sequedad de la réplica hizo que Mara sintiera una oleada de afecto doloroso hacia él. Seguía ahí. Seguía siendo él hasta en el humor escaso con que intentaba contener la situación.

Fue a media mañana cuando el bosque añadió su propia respuesta a la espera.

El viento cambió de dirección y empezó a llegar desde una franja más al norte, donde se alzaba un grupo de árboles viejos, aparentemente convencionales, de tronco ancho y copa irregular.

Mara no les había prestado demasiada atención al principio porque, comparados con ombroles, carnívoras y agua mala, resultaban casi un recuerdo del mundo anterior.

Fue un error. El primer susurro se confundió con roce de hojas.

El segundo ya no. Sonaba más bajo, más profundo, como si las ramas secas se rozaran entre sí con una fricción que reproducía casi una sílaba sin llegar a ser voz. Narel fue el primero en girarse.

—¿Habéis oído eso?

Lemn ya estaba mirando hacia los árboles.

—Sí.

Oren alzó apenas la cabeza.

—No me gusta.