VENENO Y ESPINAS Capítulo 16. El cuerpo cambia #3
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Capítulo 16. El cuerpo cambia #3

Lemn se acercó justo a tiempo para oír lo último.

—No.

Oren levantó la vista hacia él.

—No te estoy pidiendo permiso.

Lemn se quedó quieto. Mara vio en su cara el golpe real de aquellas palabras.

No porque Oren estuviera haciendo algo inesperado, sino porque lo obligaban a mirar de frente lo que llevaba días retrasando con Lía: que hay un punto en el proceso donde una persona todavía suficientemente humana puede pedirte que elijas por ella.

—Mañana hablaremos si mañana llega —dijo por fin.

Oren soltó la muñeca de Mara y apoyó la cabeza un instante contra la piedra.

—Siempre habláis como si el tiempo obedeciera.

Nadie tuvo respuesta para eso.

La noche cayó mientras aún buscaban refugio.

Encontraron uno muy pobre: una estructura hundida mitad almacén, mitad corral, con el techo roto y solo un ángulo seco.

Allí se apretaron los cuatro, más cerca de lo que les gustaba, porque el espacio y el cuerpo herido de Oren no permitían otra cosa.

Mara pasó parte de la noche junto a él, cambiando la venda, midiendo el avance, oyendo su respiración cada vez más irregular no por pulmón, sino por cansancio de sostener la tensión del propio cuerpo.

Narel se ofreció dos veces a vigilar más tiempo para no tener que mirar demasiado la pierna.

Lemn aceptó la primera y negó la segunda.

Él también revisó el avance tres veces, como si la repetición pudiera ralentizarlo.

Cerca de la medianoche, cuando Oren por fin quedó dormido a medias por agotamiento y el exterior olía a agua y piedra fría, Mara salió un momento al borde del refugio para despejarse. Lemn estaba allí, de pie, sin apoyarse en nada. No parecía sorprendido de verla.

—Sube otro poco cada vez —dijo ella, porque ya no servía fingir otra conversación.

—Sí.

—Y mañana quizá llegue al punto en que quiera que decidamos por él.

Lemn mantuvo la vista en la oscuridad de los campos.

—Sí.

Mara lo miró de perfil. El cansancio le endurecía aún más las facciones, pero no podía ocultarle otra cosa: miedo. No al bosque. No a la muerte. A la decisión.

—¿Podrás hacerlo? —preguntó.

Lemn tardó mucho en contestar.

—No sé si podré. Sé que no le mentiré.

La respuesta la atravesó de una forma que no tenía nada que ver con Oren y, al mismo tiempo, sí tenía todo que ver con él.

Porque Mara vio con claridad que esa era también la forma en que Lemn iba a amar: sin mentira protectora.

Sin fingir esperanza cuando no la hubiera.

Sin endulzar el borde de las decisiones irreversibles.

Una forma dura. Tal vez la única soportable allí.

—Eso no siempre basta —murmuró.

Lemn se volvió hacia ella por fin. La oscuridad apenas dejaba ver el color de sus ojos, pero sí la intensidad quieta de la mirada.

—Lo sé.

El silencio entre ambos se llenó de todo lo que no podían tocar todavía: Oren durmiendo dentro con la pierna cambiando; el rastro humano a medio transformar ahí fuera; Lía convertida cada vez menos en una idea y más en una posibilidad brutal; el deseo que seguía creciendo entre ellos precisamente porque el mundo no ofrecía ninguna comodidad desde la que negarlo.

Mara apoyó la espalda en la piedra fría del umbral.

No buscó su mano. No se acercó un paso más.

Ya había aprendido que incluso eso podía ser otra forma de hambre mal colocada.

Pero la proximidad de Lemn a esa distancia, el hecho de que ninguno necesitara mentirle al otro sobre lo que tenían delante, la golpeó con una ternura tan feroz que casi dolía.

—No quiero que se convierta en una historia útil —dijo de pronto, pensando en Oren, en Lía, en sí misma, en todos los cuerpos que el bosque parecía empeñado en reorganizar para volverlos función o advertencia.

Lemn entendió sin pedir precisión.

—No.

—Entonces tendremos que llegar antes que eso.

Él asintió despacio.

—Sí.

Permanecieron un rato más en silencio. Dentro, Oren se movió una vez y soltó un gemido breve que no llegó a despertarlo del todo.

Mara cerró los ojos un instante. El cuerpo cambia, pensó.

Y no se refería ya solo a la pierna de Oren.

También al suyo. A la forma en que la cercanía de Lemn se le estaba volviendo necesidad y peligro al mismo tiempo.

A la manera en que el bosque la había hecho más consciente de la piel, de la respiración, de la presencia del otro, precisamente mientras amenazaba con quitarles todo lo demás.

Cuando regresaron al interior, el refugio seguía oliendo a piedra, tela y ese leve tono verde que acompañaba ya al tobillo de Oren.

Mara se tumbó sin esperanza de sueño fácil.

Aun así, acabó durmiéndose con una certeza clavada: al amanecer, si el avance seguía, el grupo tendría que decidir no ya cómo seguir el rastro, sino hasta dónde estaban dispuestos a permitir que uno de los suyos siguiera siendo humano a costa del dolor.

Y, en el centro de esa elección, volverían a estar ella y Lemn, demasiado cerca ya el uno del otro como para fingir que lo que se jugaban juntos era solo supervivencia.