Capítulo 16. El cuerpo cambia #2
Tomaron una ruta alta entre piedras y ruinas parciales para evitar la franja de canales donde el agua podía reaccionar a cualquier vibración.
Oren avanzaba apoyado entre Mara y Lemn, con Narel cubriendo y vigilando el flanco trasero.
El grupo, que ya funcionaba como unidad, pasó a funcionar como cuerpo herido.
Y Mara notó algo en sí misma que la perturbó incluso en mitad del miedo: la facilidad con la que sus movimientos se coordinaban con los de Lemn al sostener a otro hombre.
No había espacio para romanticismo en aquello.
Era sudor, peso, barro seco, respiraciones acompasadas por necesidad.
Y, sin embargo, esa misma necesidad les estaba enseñando otra forma de cercanía.
Cada vez que el hombro de Lemn chocaba apenas con el suyo al corregir el equilibrio de Oren, Mara sentía una descarga breve, furiosa, que le parecía una traición del cuerpo a la gravedad del momento.
Tras casi una hora de avance tenso encontraron una elevación pedregosa con un resto de corral seco y dos muros bajos aún útiles contra el viento.
No era un refugio perfecto, pero sí un lugar donde el terreno parecía menos activo y el suelo estaba lo bastante mineral como para leer mejor cualquier empeoramiento sin la interferencia del agua o de las raíces de borde.
Allí lo tendieron. Oren se dejó hacer. Narel montó vigilancia con una agresividad muda que no engañaba a nadie. Lemn y Mara se ocuparon del tobillo.
Las líneas pálidas habían avanzado. Apenas. Lo suficiente para confirmarlo. Subían ya un dedo más hacia la pantorrilla y, entre dos de ellas, la piel mostraba una dureza nueva bajo el tacto.
—No aprietes —dijo Oren cuando Lemn iba a comprobar mejor el relieve.
Lemn aflojó enseguida.
—¿Duele más?
—No. Se siente... extraño.
—¿Cómo de extraño?
Oren tardó en responder, y Mara vio en ese retraso algo que le heló la sangre. No era que no supiera describirlo. Era que estaba comparándolo con una sensación que no quería nombrar.
—Como si la carne estuviera escuchando otra cosa por debajo.
Narel se volvió desde el borde del corral.
—Eso no significa nada bueno.
Oren alzó la vista hacia él.
—No, Narel. No lo significa.
La tensión interna del grupo se agrietó un poco con esa respuesta. Porque Oren, el más sobrio de todos, no estaba pidiendo ni negación ni compasión. Estaba haciendo sitio a la verdad sin adornos.
Mara sacó las tiras de cuero marcadas que le había dado Elen y midió el avance de las líneas. Le temblaban apenas los dedos, no por miedo a la herida en sí, sino por lo que implicaba documentarla. Medir era reconocer. Poner límite visible a algo que seguía avanzando.
—Ha subido dos centímetros desde el amanecer —dijo.
Lemn la oyó sin apartar la vista de la pierna.
—Demasiado rápido para esperar sin más.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Narel, aunque ya lo intuía.
Lemn exhaló despacio.
—Que tenemos que ver si hay algo superficial que pueda retirarse o cortar antes de que decida camino más arriba.
El silencio cayó con violencia. Abrir. Cortar. Allí estaba la posibilidad que todos habían estado esquivando desde el despertar.
—No —dijo Narel de inmediato.
—Escucha primero —replicó Lemn.
—No pienso escuchar cómo propones rajarle la pierna a un hombre despierto en mitad de este sitio.
—Y yo no pienso dejar que suba hasta la rodilla sin comprobar nada por miedo a una palabra.
Oren los dejó discutir solo un segundo.
—Callaos.
La orden, tan rara en él, los detuvo.
Oren estaba pálido, pero no por fiebre. Por decisión.
—Si hay que abrir, lo decidimos conmigo aquí. No entre vosotros como si yo ya no estuviera.
Mara sintió una punzada limpia de vergüenza.
Tenía razón. En cuanto el cuerpo cambia, los otros empiezan a hablar alrededor de él con una rapidez obscena, como si la persona quedara ya desplazada por el proceso.
Aquello era precisamente una de las formas más crueles de la transformación: la anticipación del olvido.
Lemn bajó la cabeza apenas, un gesto de reconocimiento.
—Tienes razón.
Oren sostuvo su mirada.
—Entonces dime qué ves.
Lemn señaló con dos dedos, sin tocar, la piel endurecida entre las líneas.
—Veo una dirección. Veo que no es simple inflamación. Veo posible estructura debajo, todavía pequeña. Si la hay y la sacamos a tiempo, quizá frenemos algo. Si no la hay, te habremos abierto por nada. Si esperamos y sí la hay, subirá.
—Siempre dais unas opciones estupendas —murmuró Oren.
Mara no pudo evitar mirar a Lemn. Había en su cara esa misma dureza concentrada que había visto otras veces al evaluar ombroles recientes o rutas malas, pero algo en ella cambiaba cuando el cuerpo delante era todavía plenamente humano y compañero.
No estaba mirando solo peligro. Estaba peleando con la forma exacta de no repetir en otro aquello que quizá ya no había podido evitar con Lía.
—¿Qué haría Elen? —preguntó Mara, casi para sí.
Lemn la oyó.
—Mediría más. Buscaría temperatura, dirección, color, respuesta al tacto. Y luego decidiría sin piedad.
Mara asintió. La frase sonaba tan cierta que dolía. Revisaron mejor. El calor era normal. El color, apenas más tenso. La sensibilidad, conservada. Pero la dureza seguía ahí, leve y real. Bajo la luz de mediodía parecía la base de algo que aún no terminaba de formarse.
Oren los dejó hacer todo sin una queja más. Cuando terminaron, se quedó callado un rato, mirando el cielo deslavazado entre las piedras del corral. Luego dijo:
—No abráis. Aún no.
Narel soltó el aire de golpe. Mara no sabía si de alivio o de miedo aplazado.
—Si empeora antes del anochecer, lo reconsideramos —añadió Oren—. Si no, sigo andando mientras pueda.
Lemn no discutió. Solo asintió una vez.
La decisión, sin embargo, no calmó nada.
A partir de ese momento el día quedó partido en dos tiempos: el del rastro que seguían hacia el norte y el del cuerpo de Oren, que iba marcando con cada gesto cuánto margen quedaba antes de que la voluntad dejara de bastar.
Reanudaron la marcha a media tarde, mucho más lentos.
Y fue precisamente esa lentitud la que les permitió ver cosas que, de ir sanos y rápidos, quizá habrían pasado por alto.
Entre ellas, otra señal del proceso en marcha: en un ribazo húmedo junto a una ruina de molino, encontraron marcas de rodilla y mano recientes, como si alguien se hubiera detenido allí no para descansar, sino porque el cuerpo lo obligó a cambiar de postura.
Junto a la impresión de la mano había una línea arrastrada de barro y algo que parecía la huella parcial de una raíz muy fina saliendo o entrando en el suelo. No podían saber cuál.
—La figura va peor —dijo Mara.
Lemn observó el rastro sin tocarlo.
—Sí.
Narel se volvió hacia Oren sin querer.
—Pues ya son dos.
Nadie lo reprendió porque todos habían pensado lo mismo. La diferencia era que Oren lo llevaba aún dentro de sí, y la figura que seguían lo había dejado ya impreso sobre el terreno.
El paisaje de la tarde se volvió más húmedo, más cerrado, más nervioso.
El agua mala reaparecía en canales estrechos.
Los ombroles se hacían más frecuentes, algunos muy antiguos, casi árboles, otros más recientes y por eso más difíciles de soportar.
El cuerpo cambiante de Oren obligaba a descansar más a menudo, y en cada parada Mara medía otra vez las líneas pálidas.
Subían muy poco cada vez. Pero subían. Y eso bastaba para convertir cada pausa en una cuenta atrás.
Fue durante la última de esas paradas cuando el peligro adquirió su forma más íntima.
Oren se había quedado medio apoyado contra un muro bajo, con los dientes apretados por un espasmo breve que no quiso dramatizar.
Narel vigilaba más lejos. Lemn revisaba el terreno inmediato.
Mara se acercó para medir otra vez la pierna y Oren, de pronto, la sujetó de la muñeca con una fuerza inesperada.
—Si mañana va más arriba —dijo, sin rodeos—, no quiero seguir.
Mara sintió el frío de la frase antes de comprenderla del todo.
—No digas eso ahora.
—Dilo tú por mí si no me sale después.
La voz de Oren seguía siendo sobria, pero ya no seca. Había en ella un cansancio más hondo, el cansancio de quien empieza a imaginarse a sí mismo como problema de los demás.