Capítulo 16. El cuerpo cambia
Mara despertó antes de que nadie la llamara porque el silencio del refugio había adquirido una irregularidad nueva.
No era el silencio del bosque, ese vacío ocupado por la ausencia de insectos, pájaros y pequeños animales, al que ya empezaba a acostumbrarse el cuerpo a fuerza de no tener más remedio.
Era algo más cercano, más humano, y precisamente por eso peor.
Un cambio mínimo en la respiración de Oren, un intervalo demasiado largo entre una exhalación y la siguiente, la manera en que la piedra devolvía el calor de los cuerpos de un modo desigual.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía con la manta enredada a las piernas, y escuchó.
Fuera, el amanecer levantaba una claridad gris sobre los campos hondos.
Dentro, el aire olía a tela húmeda, sudor seco, vinagre viejo y otra cosa apenas perceptible que le cerró el estómago: una nota verde, amarga, como de tallo recién partido dentro de una habitación cerrada.
Se incorporó despacio y buscó a Oren con la vista.
El hombre seguía tumbado contra la pared del fondo, donde lo habían dejado para que el tobillo irritado no soportara peso durante la noche.
A simple vista parecía estar igual que al acostarse.
Pero la postura no. El cuerpo no descansa así cuando duerme de verdad.
Estaba demasiado recto de cintura, demasiado tenso en la línea del cuello, como si el sueño no le hubiera soltado del todo la musculatura.
Mara miró enseguida a Lemn. Él también estaba despierto.
No cruzaron palabra al principio. No necesitaban más.
Lemn se acercó primero a Oren y se agachó sin tocarlo.
Narel seguía dormido, agotado, con un brazo sobre la cara.
Mara se levantó y fue hacia ellos con el corazón ya incómodamente alto.
Oren abrió los ojos justo cuando Lemn iba a llamarlo.
No lo hizo de golpe ni con el sobresalto torpe de quien vuelve de una pesadilla.
Los abrió despacio, como si llevara un rato despierto y le costara decidir si el cuerpo obedecía.
—¿Cómo está el tobillo? —preguntó Lemn.
Oren tardó un segundo en contestar.
—Mejor.
La voz sonó extraña. No por fiebre. Por sequedad. Y también por una rigidez ligera en la articulación de la mandíbula, como si le costara abrir del todo la boca.
Mara sintió de nuevo esa nota verde en el aire.
—No hueles bien —dijo antes de pensar si debía callarlo.
Oren la miró. No se ofendió. Ni siquiera pareció sorprendido.
—Yo tampoco me gusto ahora mismo.
Lemn apartó ya la manta del tobillo vendado.
La tela estaba húmeda de sudor. Eso no era raro.
Lo que sí lo fue apareció al deshacer la primera vuelta.
La piel enrojecida de la víspera había cambiado.
No se había ennegrecido ni inflamado de forma brutal, que habría sido casi un alivio en su claridad.
Se había tensado. Tres líneas muy finas, pálidas y ligeramente elevadas recorrían el lateral del tobillo y trepaban un poco hacia la pantorrilla siguiendo una dirección demasiado precisa para ser simple reacción superficial.
No eran venas. No eran grietas. Parecían guías.
Lemn no dijo nada durante un instante. Luego levantó la vista hacia Mara. Ella ya sabía por qué. Habían visto aquello antes en otros cuerpos, aunque nunca exactamente así.
—Narel —dijo Lemn, sin alzar mucho la voz pero con la dureza suficiente para cortar cualquier resto de sueño—. Levántate.
Narel se incorporó de golpe con el mal humor habitual ya preparado, pero se le borró al ver la cara de los otros tres. Se acercó, agachó la cabeza y soltó una blasfemia tan baja que casi no fue sonido.
—No.
Oren volvió la cabeza como si quisiera ver mejor su propia pierna. El gesto le costó más de lo normal.
—¿Qué es?
Nadie respondió enseguida. Lemn pasó apenas dos dedos, sin tocar, sobre la piel tensada.
—El cuerpo cambia —dijo al fin, y la frase, dicha así, sin rodeos, dejó en el refugio una quietud mucho más densa que el miedo abierto.
Mara se arrodilló al otro lado. Había algo insoportable en la precisión de aquellas líneas. No se expandían al azar. Buscaban. No daban la sensación de infección ciega, sino de reorganización.
—No parece la planta de ayer solamente —murmuró ella.
Lemn asintió.
—No. Eso abrió o marcó. Pero aquí hay otra cosa trabajando con lo que ya tenía dentro.
Narel miró a Oren y luego a Lemn, irritado por puro miedo.
—Habla claro.
Lemn no apartó la vista del tobillo.
—Puede ser mezcla de contacto de la carnívora con esporas residuales del terreno. Puede ser una estructura latente activada por la herida. Puede ser peor.
Oren soltó aire muy despacio.
—Siempre es peor.
La frase habría podido ser amarga. Sonó solo cansada.
Lemn lo miró entonces con una seriedad seca que no tenía nada de crueldad.
—Aún caminas. Y aún decides. De momento eso es lo que importa.
Oren sostuvo la mirada un segundo y asintió una sola vez, como quien acepta una tarea y no un consuelo.
La mañana, a partir de ese momento, dejó de pertenecer del todo al grupo como tal y pasó a organizarse alrededor del cuerpo de Oren.
Mara lo percibió enseguida. Ya no se trataba solo de seguir un rastro hacia el norte o de decidir por qué terreno convenía avanzar.
Todo eso seguía ahí, sí, pero había sido desplazado por una urgencia más próxima: averiguar si Oren estaba empezando a convertirse en otra cosa, cuánto tiempo tenían antes de que el proceso se acelerara y qué podían hacer —si es que podían hacer algo— sin repetir la violencia inútil de otros cuerpos abiertos demasiado tarde.
Lemn y Mara revisaron el tobillo con más detalle.
La piel no estaba caliente en exceso. Tampoco fría.
La sensibilidad seguía presente, aunque Oren admitió que, al apoyar, notaba “como si el pie no terminara de ser mío del todo”.
La frase a Mara le dio más miedo que las líneas visibles.
El cuerpo estaba registrando una extrañeza desde dentro.
Eso significaba que la reorganización no se limitaba a la superficie.
—Muévelo —dijo Lemn.
Oren obedeció. La articulación respondió, pero con rigidez.
—Duele.
—¿Cómo?
Oren buscó la palabra.
—No como herida. Como... si algo tirara hacia abajo mientras yo subo.
Narel volvió a maldecir y se apartó un paso, no por rechazo a Oren, sino porque el miedo había empezado a empujarle el cuerpo hacia la irritación.
—No vamos a abrirle el pie en mitad de los campos hondos. Ni de broma.
—Nadie ha dicho eso —respondió Lemn.
—Lo estás pensando.
Lemn alzó por fin la cabeza.
—Estoy pensando en cuánto tiempo tenemos.
Mara miró a Oren. Había soportado el hallazgo con una entereza que le dolía precisamente por lo humana que seguía siendo. No negaba. No dramatizaba. Solo intentaba seguir presente dentro de su propio cuerpo mientras ese cuerpo empezaba a dejar de obedecerlo con la limpieza anterior.
—No podemos movernos deprisa con él así —dijo Narel, y por primera vez la frase no sonó egoísta, sino devastadoramente práctica—. Y tampoco podemos quedarnos aquí esperando a ver qué sale.
La verdad de aquella afirmación quedó suspendida entre los cuatro como una navaja.
Mara advirtió que todo iba precisamente de eso: del cuerpo cambiando y obligando a todos los demás a decidir quiénes eran frente a ese cambio.
En un mundo como aquel, la transformación de un compañero no era solo un horror médico. Era una prueba moral continua.
Lemn tomó la primera decisión rápido, quizá porque sabía que, si dejaba entrar el pensamiento de Lía demasiado pronto, le costaría más sostener la razón con Oren delante.
—No seguimos el rastro esta mañana. Primero sacamos esto de terreno malo y buscamos un alto seco donde observar mejor. Si empeora rápido, decidimos allí.
Narel exhaló con rabia impotente.
—Cada vez más al norte y cada vez menos margen.
—Sí —dijo Lemn—. Y aun así no lo dejamos aquí.
Oren soltó una risa breve y desagradablemente lúcida.
—Gracias por aclararlo.
Lemn lo miró sin pestañear.
—No era aclaración. Era promesa.
Aquello silenció incluso a Narel.
Mover a Oren resultó más difícil de lo esperado.
No tanto por el dolor, que él soportaba con una economía casi obscena, sino porque el pie ya no reaccionaba igual al apoyo.
Al incorporarse, el tobillo le hizo una torsión mínima hacia dentro, como si buscara otra postura distinta a la humana habitual.
Lemn tuvo que sostenerlo por el brazo. Mara se colocó al otro lado por pura necesidad antes de pensar si él se lo pediría.
Oren aceptó ambos apoyos sin orgullo herido, y ese hecho, más que cualquier queja, les dejó claro que la situación era grave.
El refugio quedó atrás con una rapidez amarga.
El paisaje de la mañana parecía más brillante y más falso que el día anterior.
Quizá porque ahora cada forma vegetal, cada flor abierta, cada borde de agua y cada superficie tersa recordaban más directamente que uno de ellos estaba empezando a ceder.
El norte seguía esperándolos con la paciencia de lo que no necesita correr.
El olor del ámbar había vuelto a retirarse.
A cambio, la humedad verde y cerrada del terreno parecía metérseles en la ropa y bajo la piel.