Capítulo 15. Casi atrapados #3
Cenaron tarde y apenas probaron bocado. El cansancio físico y mental los había dejado secos por dentro.
Narel acabó dormido casi en cuanto se tumbó.
Oren aceptó, con evidente disgusto, quedarse sin turno de guardia hasta ver cómo respondía el tobillo por la noche.
Mara se ocupó de lavar la tela ensangrentada con la que habían limpiado a Oren y, cuando alzó la vista, encontró a Lemn mirándola desde la entrada no con dureza ni cansancio esta vez, sino con una atención distinta, más desnuda por el agotamiento.
—¿Qué? —preguntó ella, quizá demasiado rápido.
Él tardó un poco en responder.
—Nos has salvado tiempo dos veces hoy.
Mara volvió la vista a la tela.
—Y tú lo has sacado de esa planta.
—Sí.
—Entonces estamos en paz.
Lemn negó apenas.
—No era eso.
La frase se quedó ahí, sin remate. Mara sintió el calor subirle al cuello con una rapidez absurda. No quería que el cansancio le volviera más transparente de la cuenta. Tampoco quería fingir ya que aquel tipo de frases le dejaban igual.
—No hace falta que me debas nada —dijo, más seca de lo necesario.
Lemn no se apartó de la entrada.
—No estaba hablando de deuda.
Aquello era peor. Mucho peor. Porque desplazaba la conversación a un terreno donde ya no bastaban las categorías de utilidad, intercambio o táctica.
Mara dejó la tela a un lado y se levantó para apartarse un poco de la luz.
Se acercó a la entrada por pura necesidad de aire, aunque el aire exterior siguiera oliendo a vegetal cerrado y a agua demasiado paciente.
Se quedó a una distancia corta de Lemn, sin tocarlo.
Aun así, lo sentía demasiado cerca. El día entero había estado lleno de contactos breves, órdenes, correcciones, rescates.
La proximidad del cuerpo de él empezaba a parecerle una extensión del propio paisaje, solo que una que no quería evitar.
—Casi lo perdemos —dijo, refiriéndose a Oren.
Lemn asintió.
—Sí.
—Y casi me quedo con esas flores ayer.
—Sí.
—Y casi tú...
No terminó la frase. No sabía cómo nombrar ese otro casi: el de la obstinación con Lía, el de mirar demasiado, el de quedarse un segundo más frente a cada ombrol joven.
Lemn sí lo entendió.
—Lo sé.
Mara apretó los dedos contra la manta que llevaba sobre los hombros.
—No puedes seguir entrando así cada vez que ves uno que podría...
—Ya lo sé.
La interrumpió sin brusquedad, pero con una intensidad que la obligó a mirarlo de frente.
—No te lo digo para juzgarte.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de decirlo así.
Lemn se pasó una mano por la cara, cansado.
—¿Así cómo?
—Como si ya estuvieras fallando antes de llegar.
La frase lo dejó un instante en silencio. Luego habló más bajo.
—Porque esa es la única manera que tengo de no fallar cuando llegue.
Mara sintió el golpe de la respuesta en el pecho. No era excusa. Era disciplina de dolor. Y, precisamente por eso, le resultaba insoportable.
—Pues quizá ya no te baste solo con eso —dijo.
Lemn la miró con una quietud absoluta.
—No.
La admisión cayó entre ambos como algo nuevo y peligroso. Porque significaba aceptar que él ya no estaba sosteniéndose solo en la dureza ni en la costumbre del camino. Había empezado a apoyarse, aunque fuera mínimamente, en ella.
Mara no sabía quién dio el paso exacto ni si hubo realmente un paso.
Solo supo que, de pronto, la distancia entre ambos se había reducido a una cercanía que ya no podía fingirse accidental.
No se tocaron enseguida. No era ese tipo de momento.
Era peor. Más serio. Sentían mutuamente la respiración, el cansancio, el barro seco en la ropa, la memoria del día pegada a la piel.
Mara levantó una mano casi sin darse cuenta, como si quisiera apartarle una sombra del cuello o comprobar que seguía ahí por razones humanas y no por otra forma del bosque.
No llegó a tocarlo. Se quedó a un dedo de su mandíbula.
Lemn no se movió.
—Mara.
Su nombre, dicho así, bajo, casi cansado, le desordenó por dentro todo lo que aún intentaba mantener en compartimentos útiles.
—¿Qué? —preguntó ella, aunque sabía que no era una pregunta real.
Él tardó un segundo demasiado largo.
—No hagas que esto sea más difícil hoy.
La frase podría haber sonado a rechazo. No sonó así.
Sonó a lo contrario: a la confesión de que ya era difícil, de que el deseo de acercarse no era solo suyo y de que precisamente por eso el día, con Oren herido, el rastro incompleto y los campos hondos cerrándose, no admitía todavía ciertas rendiciones.
Mara bajó la mano despacio. No se avergonzó. Tampoco se sintió rechazada. Solo terriblemente viva y terriblemente cansada.
—No lo hago yo sola —murmuró.
La sombra de una sonrisa, mínima y triste, apareció un instante en la boca de Lemn.
—No.
Se quedaron así unos segundos más, demasiado cerca, sin tocarse, con el exterior respirando su silencio vegetal alrededor y el establo o la casa baja —ya ni importaba qué ruina exacta era— guardando dentro a dos hombres agotados que no sabrían qué hacer con esa escena si la vieran.
Luego Mara se apartó primero, no por cobardía, sino porque entendía mejor que nunca el tipo de hambre que los rodeaba.
Un hambre no solo de carne o de cuerpos atrapados, sino de cualquier punto donde un humano bajara la guardia lo suficiente para dejar de decidir.
Aquella noche durmió peor que otras no por el miedo a la planta carnívora ni a las flores hipnóticas ni al rastro de la figura cojeante.
Durmió peor porque habían estado a punto de quedar atrapados de demasiadas maneras.
Oren en la membrana vegetal. Todos en el campo de flores y ámbar.
Lemn en su propia obsesión de mirar. Ella en la tentación de tocarlo cuando ya sabía que hacerlo cambiaría algo que ninguno de los dos podría volver a fingir que no existía.
Antes de quedarse dormida del todo, oyó el viento cambiar y traer desde el norte un olor nuevo, húmedo y vegetal, pero con algo más debajo. No lo reconoció de inmediato. Luego sí. Savia abierta. Sangre muy diluida. Movimiento reciente. La figura que seguían no estaba lejos.
Y, en la oscuridad, con el cuerpo aún recordando la cercanía de Lemn y la tensión del día, Mara entendió que lo peor de los campos hondos no era solo lo que podían hacer con ellos.
Era que estaban obligándolos a decidir continuamente qué tipo de humanidad querían conservar mientras todo a su alrededor se especializaba en arrancársela.
Al día siguiente, cuando retomaran el rastro, ya no solo seguirían a alguien que quizá estaba a medio camino entre humano y otra cosa.
Seguirían también la línea exacta a partir de la cual su vínculo con Lemn dejaría de poder ocultarse bajo instrucciones, heridas y supervivencia compartida.