Capítulo 15. Casi atrapados #2
La palabra fue tan seca que incluso el pánico obedeció un segundo. Mara veía ya la lógica de aquella planta con una claridad horrible. No necesitaba velocidad. Necesitaba que el cuerpo luchara mal y le ofreciera más superficie de calor y peso.
—No tires hacia arriba —dijo Lemn, agachándose al borde seguro—. Gira el pie. Hacia mí. Despacio.
Narel había avanzado medio paso de más por reflejo de ayudar. Mara lo agarró del brazo con una fuerza que no sabía que tuviera.
—No entres.
Él se volvió con rabia.
—Voy a sacarlo.
—Y os atrapa a los dos.
Lemn ya había desenvainado el cuchillo largo, no para cortar la membrana de cualquier modo, sino para deslizar la hoja entre el borde de la bota y la superficie viva. Oren seguía inmóvil salvo por la respiración agitada. Otra membrana se estaba elevando cerca de la espinilla.
—Ahora gira —dijo Lemn.
Oren obedeció. La bota se retorció un poco dentro del abrazo vegetal.
La membrana ofreció resistencia. Era gruesa, húmeda, elástica.
No como hoja. Más como músculo vegetal. Lemn hundió la hoja con decisión en el punto donde la tensión parecía más débil.
La planta respondió con un cierre más fuerte, no de toda la estructura, sino en varias fibras internas que se apretaron sobre el cuchillo como si intentaran incorporarlo al mismo proceso.
—Mierda —murmuró Narel.
Lemn no retiró la hoja. La giró. La presión cambió lo suficiente para que Oren sacara medio pie. Pero el movimiento desencadenó otra reacción. Una segunda superficie, apenas visible bajo el tapiz, se cerró sobre la pantorrilla libre. Oren soltó por fin un grito breve.
Mara sintió el cuerpo entero en tensión, no por pánico ciego, sino por la repulsión precisa de ver cómo aquella cosa trabajaba con calor, presión y proximidad. No había error moral posible en ella. No había crueldad. Solo una eficacia monstruosa.
—Sal —ordenó Lemn otra vez.
Oren sacó la pierna atrapada a medias. La membrana cedió con un ruido húmedo.
Mara tiró de Narel hacia atrás cuando él volvió a querer entrar con la hoja ancha.
Lemn aprovechó el segundo para agarrar a Oren del antebrazo y arrastrarlo hacia el borde seguro.
Los tres cayeron hacia atrás casi al mismo tiempo.
La planta, privada del peso principal, no se cerró sobre sí misma de inmediato.
Permaneció tensa, abierta en varios puntos, como si midiera aún la posibilidad de recuperar algo.
Las flores blancas, replegadas, mostraban en su centro una humedad pálida, carnosa.
Oren respiraba a golpes cortos. La bota izquierda había quedado dañada y parte del cuero mostraba ya marcas de digestión superficial o de corrosión vegetal.
—¿Te ha tocado piel? —preguntó Lemn.
—No lo sé.
Lo supieron enseguida al quitarle la bota. La media estaba húmeda. La piel del tobillo, enrojecida en tres bandas, no estaba abierta del todo, pero sí marcada por un contacto que no prometía nada bueno.
Elen habría sabido enseguida qué mezcla exacta usar, pensó Mara con una oleada de nostalgia tan brusca que casi la mareó.
Ella y Lemn se miraron un instante. No hacía falta hablar.
Vinagre rebajado primero, limpieza, luego pasta alcalina si no reaccionaba peor.
Era lo más cercano a un protocolo compartido que tenían.
Mientras Lemn trabajaba sobre el tobillo de Oren, Narel seguía mirando la planta con una mezcla de fascinación y asco.
—Parecía suelo muerto.
—Eso buscaba —dijo Mara.
Lemn levantó apenas la cabeza hacia ella.
No dijo nada. Pero en su mirada había un reconocimiento silencioso que la atravesó más de lo que el momento permitía asumir.
Porque el peligro no era solo el de Oren dentro de la carnívora.
También el de ellos dentro de una confianza mutua que empezaba a consolidarse precisamente bajo peligro compartido.
La revisión del tobillo no dio respuesta completa.
El contacto había irritado la piel, pero no parecía haber perforación profunda ni residuo claro.
Aun así, Oren ya no podía apoyar igual. Eso alteraba todo el día.
El grupo entero comprendió al mismo tiempo que acababan de perder movilidad, margen y quizá la ilusión de poder seguir siguiendo el rastro humano sin pagar peaje físico.
—Podemos seguir más lento —dijo Oren, terco en su sobriedad.
Lemn negó.
—Sí, pero no por la misma ruta. Y no hoy con el mismo criterio.
Narel pasó una mano por la nuca, frustrado.
—Perfecto. Más decisiones.
—Sí —dijo Mara, todavía con el pulso alto—. Eso hacemos ahora. Decidir para no acabar dentro de una flor.
Aquello era más amarga que ingeniosa, pero bastó para romper un poco la rigidez del momento.
Narel expulsó el aire que casi fue risa.
Oren, sentado contra la piedra, se permitió una media sonrisa dolorida.
Incluso Lemn la miró con algo parecido al alivio de que siguiera siendo capaz de hablar así después del susto.
Rodearon la zona carnívora por un desvío mucho más amplio, obligado por la nueva dificultad de Oren.
El terreno se volvió más húmedo, lo que a Mara le disgustó de inmediato.
También el aire había cambiado. El ámbar denso seguía apareciendo a ráfagas, pero no dominaba ya como por la mañana.
En su lugar, la humedad vegetal crecía y con ella una sensación de encierro mental.
La experiencia con las flores hipnóticas del día anterior había dejado a todos más vigilantes sobre la propia mente, y esa vigilancia añadía otro tipo de agotamiento.
No bastaba con evitar el suelo, el agua y las formas demasiado humanas.
Había que supervisar también el pensamiento, comprobar que seguía obedeciendo una jerarquía razonable de peligro y no la promesa sedante de lo hermoso.
A media tarde, tras un rodeo exasperante entre muros y lianas, encontraron otra señal del rastro que seguían. Esta vez no fueron huellas, sino una pieza de tela enganchada en una espina baja, húmeda aún por contacto reciente, y un pequeño reguero de sangre vieja o savia mezclada sobre piedra.
Lemn se agachó despacio. Mara lo observó sin acercarse demasiado. La tela era oscura, no bastaba para identificar nada, pero él la tocó con una delicadeza tan inhabitual que bastó para que a ella se le cerrara otra vez el estómago.
—No es de Lía —dijo al cabo.
Mara no supo si aquella respuesta la alivió o la preocupó más.
—Entonces ¿de quién?
Lemn siguió mirando la tela.
—De la persona que va delante.
Narel se volvió hacia el norte con abierta irritación.
—Cada vez me cae mejor quienquiera que sea.
Oren, apoyado en la vara por el tobillo dolorido, no compartió la ironía.
—Si va herido y a medio cambiar, quizá tampoco tenga mucho más tiempo.
Lo dicho cayó mal por ser demasiado posible.
Siguieron el rastro hasta una zona de canales estrechos y ribazos hundidos donde el terreno se volvía un laberinto de pequeños pasos inseguros.
Allí ocurrió algo que obligó al grupo a detenerse de nuevo.
Mara lo notó primero como una presión en la nuca, una sensación de orientación invertida, como si el camino correcto tirara hacia un lado pero el cuerpo entendiera que allí el aire mentía. Levantó una mano.
—Esperad.
Lemn paró sin preguntar. Narel resopló pero también se inmovilizó. Oren apoyó más peso en la vara.
—¿Ahora qué? —preguntó Narel.
Mara miró el canal estrecho que tenían delante. El agua era poca, apenas una cinta oscura entre barro y raíces finas. No olía mal. No brillaba como otras. Aun así, no la soportaba.
—No por ahí.
Lemn siguió su mirada. Observó la superficie, el borde, los juncos.
—¿Qué ves?
—Nada. Ese es el problema.
Él tardó un segundo. Luego asintió despacio.
—Sí. Demasiado vacío.
Narel alzó los brazos, exasperado.
—¿Ahora también desconfiamos de lo que no pasa?
Lemn no perdió tiempo en discutir. Cogió una piedra pequeña y la lanzó al agua del canal.
El efecto fue inmediato. No chapoteó de forma normal.
La superficie absorbió el impacto con una elasticidad enferma, y un instante después varias raíces claras, casi translúcidas, ascendieron desde el fondo como venas tensadas, no para atacar, sino para registrar el punto de perturbación. Luego volvieron a hundirse.
—Ahora sí desconfiamos —dijo Oren, con admirable sobriedad.
Rodear aquel laberinto de canales y humedad les hizo perder la última franja clara de la tarde.
Lemn buscó refugio con una urgencia más marcada de lo habitual.
No por miedo abierto, sino porque llevar a Oren con movilidad reducida a través de agua sensible y vegetación hipnótica durante el crepúsculo rozaba la estupidez.
Encontraron al fin cobijo en una casa baja semihundida cuyo suelo superior seguía firme y seca la habitación menos invadida.
El lugar no era cómodo, pero permitía cerrar dos entradas con piedra suelta y vigilar una tercera desde dentro.
El grupo entró agotado y malhumorado. Oren se dejó caer con más peso del que solía permitirse.
Narel pateó una piedra suelta por pura frustración y luego se disculpó con un gruñido inútil.
Lemn revisó el tobillo del primero bajo la luz débil.
La irritación había subido un poco, pero seguía sin señales claras de brote ni tejido extraño.
Mara preparó agua y vendajes con una eficiencia que le sorprendió a ella misma.
Cada vez pensaba menos en Vardel como hogar del que acababa de ser expulsada y más como un conjunto de conocimientos y rutinas que llevaba dentro incluso en su ausencia.
Le dolió descubrirlo. Le dolió más descubrir que, en ese dolor, Lemn se había vuelto ya la presencia más firme a su alrededor.