VENENO Y ESPINAS Capítulo 15. Casi atrapados
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Capítulo 15. Casi atrapados

Mara supo antes de abrir los ojos que el día no iba a obedecer ninguna de las pequeñas ilusiones de control con las que el grupo se había acostado la noche anterior.

No fue una premonición limpia ni una de esas presiones precisas que a veces le avisaban de un cambio concreto en el terreno, sino una suma de señales malas demasiado coordinadas: el olor del ámbar había desaparecido casi por completo del aire inmediato, como si se hubiera retirado a propósito para dejar el pensamiento más despejado; la humedad era mayor, pero no por rocío natural, sino por una retención espesa que parecía salir de la propia tierra; y, sobre todo, el silencio del bosque no era igual al de la víspera.

Había en él una expectación distinta, menos inmóvil, como si lo que hasta entonces se había limitado a registrar su paso estuviera preparándose para responder.

Permaneció unos segundos tumbada sobre la manta, escuchando la respiración de los otros, el roce leve de una hoja contra teja rota, el goteo remoto de un agua que no quería imaginar, y comprendió con una claridad desagradable que el rastro humano que iban a seguir esa mañana los estaba empujando hacia una zona donde el terreno ya no iba a limitarse a mostrarles sus peligros, sino a obligarlos a entrar en ellos.

Lemn estaba despierto, como casi siempre cuando el norte se volvía más concreto, pero aquella mañana había algo diferente incluso en su forma de estar quieto.

No era solo concentración. Era una tensión más inmediata, más física, como si el rastro de la figura cojeante que habían visto el día anterior hubiera acortado de golpe la distancia entre la búsqueda de Lía y el resto del mundo.

Mara lo observó un instante mientras se incorporaba y comprobaba la venda de la pierna.

El arañazo seguía limpio, sin brote, sin espina, sin esa tirantez direccional que Elen le había enseñado a temer; aun así, el picor profundo persistía a ratos y la obligaba a recordar que caminaba con el cuerpo un poco menos suyo de lo que desearía.

Narel se levantó con la irritación habitual de quien jamás acepta de buen grado otro día de riesgo antes incluso de estar del todo despierto.

Oren se limitó a salir a revisar el exterior y volvió con una frase exacta:

—Las huellas siguen. Dos direcciones al principio. Luego una.

Eso bastó para tensar el aire entre los cuatro.

Lemn dejó de fingir que desayunaban por rutina y desplegó la atención sobre el plan del día con una sequedad más dura de lo normal.

Seguirían el rastro cuanto pudieran sin perder altura de lectura sobre el terreno; evitarían pasos bellos, agua quieta, claros demasiado limpios y cualquier figura humana o casi humana hasta confirmar el suelo alrededor; no entrarían en zonas de floración sin cobertura visual desde dos ángulos; y, si la figura en movimiento resultaba ser alguien a medio transformar, nadie correría hacia ella.

Dijo lo último mirando sobre todo a sí mismo, aunque no lo hubiera admitido ni bajo amenaza.

Mara lo entendió. Y también entendió que, si el día iba mal, la persona a la que más tendría que vigilar quizá no fuera Narel con su impulso de pelear, ni ella misma con su tendencia a escuchar demasiado, sino el hombre sentado frente a ella, cuyo amor por la hermana podía convertirse en la forma más peligrosa de obedecer al paisaje.

Partieron poco después del amanecer, siguiendo la línea de huellas que salía de la zona de refugio y torcía hacia una franja de ruinas y bancales hundidos donde el terreno alternaba piedra seca y tramos de tierra negra demasiado mullida.

Al principio el rastro era claro. Un pie apoyaba con más peso que el otro.

La zancada no era limpia, sino cortada, como si la persona o lo que fuera tuviera que recomponer equilibrio a cada pocos pasos.

Había momentos en que una mano debía de haber tocado un muro o una piedra, porque aparecían marcas de roce a media altura.

Nada de eso tranquilizaba a Mara. Al contrario.

Cuanto más humano parecía el rastro, más feroz se volvía la sospecha de que estaban entrando en la zona exacta donde el bosque había aprendido a trabajar con los bordes de la compasión.

La mañana avanzó entre ruinas abiertas y pequeños corredores vegetales.

A ambos lados aparecían ombroles aislados, no tantos como el día anterior, pero sí lo bastante visibles como para imponer de nuevo esa disciplina agotadora de no mirar demasiado.

Mara comprendía ya el sentido real de la norma.

No se trataba solo de evitar la impresión o el horror.

Se trataba de impedir que la mente empezara a rellenar huecos.

Porque el problema no era lo que los ombroles mostraban, sino todo lo que el observador añadía por costumbre humana: el rostro que pudo haber bajo la corteza, la edad que adivinaba por la ropa, la historia que inventaba a partir de una mano apoyada o de una cabeza inclinada.

Y cuanto más completabas, más se acercaba el cuerpo.

Esa mañana se lo repitió tres veces en silencio al ver un ombrol apoyado contra un tronco hueco con la postura de alguien que espera.

Otra vez al pasar junto a uno pequeño, casi oculto por ramas floridas, del que solo se veía una pierna aún vestida.

Y una tercera, más difícil, cuando Lemn se detuvo apenas demasiado frente a una figura alta cubierta de raíces hasta el pecho y Mara tuvo que decirle sin alzar la voz:

—Sigue.

Él obedeció al instante, pero el hecho de que lo hiciera con una rigidez tan evidente le confirmó que el día entero iba a consistir en ese tipo de correcciones mínimas, como si entre ambos se hubieran asignado ya sin hablar la tarea de evitar que el otro se perdiera en la lectura equivocada.

A media mañana, el rastro humano se volvió más raro.

Dejaron de ver huellas completas y empezaron a encontrar marcas laterales, arrastres cortos, pequeños puntos de humedad sobre piedra seca y, en una zona de musgo claro, una impresión parcial de mano.

No era una mano normal. Los dedos parecían haber apoyado con rigidez, más separados de lo natural, como si la articulación ya no obedeciera igual.

Oren la señaló con la punta de la vara. Narel maldijo.

Lemn no dijo nada durante unos segundos.

—Sigue siendo reciente —murmuró por fin.

Mara se agachó sin tocar. El musgo alrededor no mostraba la presión habitual de una caída torpe. Era más bien la marca de alguien que había necesitado detenerse para recolocar el cuerpo.

—No va huyendo —dijo.

Lemn la miró.

—No.

—Entonces ¿qué hace?

Él volvió la vista al norte.

—Aún no lo sé.

Esa respuesta la inquietó más que un no sé simple. Porque en la voz de Lemn había algo muy parecido a la sospecha de un patrón, y todavía no quería pronunciarlo.

Poco después encontraron el primer indicio claro de cambio del terreno.

El aire se humedeció de golpe y el suelo empezó a cubrirse por un tapiz vegetal bajo, de un verde luminoso, casi recién lavado.

No era musgo. Tampoco hierba. Tenía una tersura demasiado uniforme y una estructura levemente membranosa, como una piel vegetal tendida sobre la tierra.

Entre esa superficie brillaban pequeñas flores blancas, abiertas del todo, limpísimas, sin una sola sombra de insecto ni marca de polvo.

Eran hermosas de una forma obscena, esa belleza vegetal que no quiere parecer inocente, sino inevitable.

Lemn se detuvo.

—No me gusta.

Narel soltó un resoplido.

—Eso ya lo sabemos todos. ¿Qué es ahora?

Lemn tardó un instante en responder. Observó el tapiz, la disposición de las flores, la forma en que el brillo se concentraba más en ciertos puntos.

Mara sintió la primera alarma un instante después. No venía del olor. No de la vista. Venía del suelo mismo, de una tensión muda bajo aquella superficie tersa, como si algo aguardara contacto a muy poca profundidad.

—No piséis eso —dijo.

Lemn giró la cabeza hacia ella, atento.

—¿Lo notas?

—Sí. Está... demasiado atento.

Narel se quedó inmóvil un instante.

—Eso no significa nada.

—Significa suficiente —dijo Lemn—. Rodeamos.

El problema fue que rodear no resultaba tan simple.

La franja verde y blanca se ensanchaba entre dos muros rotos y una acumulación de piedra derruida que dejaba solo un paso lateral estrecho.

Oren avanzó con la vara por ese borde, tanteando.

La punta tocó piedra, luego hueco, luego una superficie firme.

Parecía transitable. Lemn hizo una seña para que fueran de uno en uno.

Oren primero. Mara detrás. Él mismo después.

Narel cerrando. Todo habría funcionado de no ser porque, a mitad del borde, el terreno cambió un grado.

Fue apenas una diferencia de textura bajo la suela de Mara, una ligera elasticidad donde esperaba piedra compacta. Se detuvo en seco.

—No.

Pero el aviso llegó un latido tarde. La parte del borde que Oren acababa de apoyar con más peso cedió un poco hacia dentro y, al mismo tiempo, el tapiz verde del claro respondió.

No se abrió con violencia espectacular. No hubo dentadura ni salto.

Lo que ocurrió resultó mucho peor precisamente por su sobriedad.

Varias superficies se tensaron a la vez, las flores blancas se replegaron en un instante casi elegante, y desde debajo del tapiz surgieron membranas gruesas, húmedas, que comenzaron a cerrarse sobre el punto donde Oren había apoyado la pierna.

La planta no cazaba como un animal. Lo abrazaba.

Con una lentitud inmediata y una fuerza constante que hacía evidente que, si el cuerpo quedaba un segundo más allí, no saldría fácil.

Oren soltó una maldición y trató de retirar la pierna. La membrana había atrapado ya la bota hasta medio tobillo. Otra superficie, unos palmos más allá, empezó a levantarse hacia la otra pierna como si hubiera detectado el calor restante.

—Quieto —ordenó Lemn.