VENENO Y ESPINAS Capítulo 14. El ámbar más denso #3
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Capítulo 14. El ámbar más denso #3

Lemn la miró.

—No voy a correr.

—Mentira.

Hubo un segundo de silencio. Luego algo en la boca de él, casi una sombra de sonrisa cansada, apareció y desapareció.

—Entonces intentaré correr menos de lo que quiero.

Mara soltó aire por la nariz, todavía alterada, todavía demasiado consciente de él.

—Con eso me conformo por ahora.

La noche los obligó a detenerse antes de seguir el rastro más allá.

No por comodidad, sino porque las huellas se internaban en una franja de ruinas y agua retenida que ningún juicio prudente atravesaría con la luz cayendo.

Prepararon refugio en una estructura baja con techo de teja medio vencido y suelo bastante seco.

Esta vez el silencio entre ellos ya no era solo tensión ni agotamiento.

Había dentro algo más, una consciencia nueva del día compartido.

El roce de la mano de Lemn en la muñeca de Mara, la orden de mírame, la constatación de que él había admitido el error sin defenderse, la huella reciente en el barro, el rastro de alguien que aún se movía.

Todo eso había modificado otra vez la forma del vínculo.

Cenaron poco. Oren se durmió primero. Narel tardó, aún enfadado consigo mismo por lo cerca que había estado de ceder a las flores.

Mara lo entendía mejor de lo que él habría soportado oír.

Ella también seguía sintiendo vergüenza.

No por haber sido débil, sino por lo fácil que su mente había encontrado el camino hacia la rendición.

Lemn permaneció despierto junto a la entrada hasta tarde. Cuando Mara se acercó, ya sin fingir que era casualidad, él alzó la vista como si hubiese sabido que iba a hacerlo.

—¿Se te ha pasado? —preguntó.

No especificó si hablaba del efecto de las flores, del ámbar o de la mirada demasiado larga. Tal vez de todo.

—Sí. Creo.

Lemn asintió, pero no apartó la mirada.

—A mí me costó más la primera vez.

Mara se sentó a cierta distancia, envuelta en la manta.

—¿También te pasó?

—No con esas. Con otras en una acequia baja. Me quedé mirando un reflejo sobre pétalos blancos hasta que un hombre me empujó al barro.

La idea de Lemn necesitando ser empujado fuera de sí misma resultaba extrañamente íntima. Como si esa confesión mostrara una parte de él menos dominada por la dureza.

—No me lo imaginaba.

—No hace falta imaginarme peor de lo que soy. Ya me basta con serlo.

Mara negó levemente con la cabeza.

—No eres peor. Solo eres humano.

La frase quedó entre los dos de una manera distinta.

Ambos sabían el peso que esa palabra tenía ya en su mundo.

Humano no era solo una categoría biológica ni moral.

Era una forma de vulnerabilidad específica, una manera de seguir reaccionando a la belleza, al cansancio, a la memoria y a la necesidad de otro cuerpo cerca.

Lemn la sostuvo con la mirada unos segundos.

—Eso es justo lo que más peligroso nos vuelve aquí.

—Y también lo único que tenemos.

Él no respondió de inmediato. Luego, muy bajo, dijo:

—Sí.

Mara miró hacia la oscuridad exterior, donde los campos hondos respiraban sin animales, sin voces, sin otra música que la del agua mala y la vegetación organizándose.

Comprendió entonces con una claridad nueva lo que estaba ocurriendo entre ellos.

No era todavía amor como lo habría narrado una mujer de pueblo antiguo, ni deseo limpio, ni la ternura aprendida de las parejas que compartían techo y cosecha.

Era otra cosa más cruda y más seria. La conciencia de que el otro podía devolverte la mente cuando el paisaje intentaba quitártela.

Y en un mundo como aquel, tal vez no hubiera forma más íntima de empezar a amar a alguien.

—Mañana seguiremos esas huellas —dijo ella al fin.

Lemn asintió.

—Sí.

—Y si es alguien a medio cambiar...

—Lo veremos.

Mara apretó un poco más la manta sobre los hombros.

—No. Lo decidiremos.

Lemn la miró entonces con una intensidad tranquila que le hizo latir el pecho más deprisa.

—Sí —dijo—. Lo decidiremos.

La corrección fue pequeña. También definitiva. Porque aceptaba ya que ella no estaba siguiendo su viaje desde fuera. Estaba dentro. En la búsqueda. En la elección. En el daño que viniera.

Cuando por fin se tumbó, Mara tardó mucho en dormir.

No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque se había mezclado de forma irreversible con algo más cálido y más peligroso.

Las flores hipnóticas, el ámbar denso, las huellas humanas arrastradas hacia el norte, el recuerdo del tacto de Lemn en su muñeca y la frase lo decidiremos siguieron girando en su cabeza hasta mucho después de que el establo bajo quedara sumido en la respiración ajena y el silencio del bosque.

Y al cerrar por fin los ojos, lo supo con una certeza casi dolorosa: a partir de ese punto ya no tendría miedo solo de perderse en el paisaje.

Tendría miedo también de encontrarse demasiado en él junto a Lemn, justo donde el mundo parecía diseñado para convertir toda cercanía humana en debilidad...

o en la única forma de seguir resistiendo.