VENENO Y ESPINAS Capítulo 14. El ámbar más denso #2
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Capítulo 14. El ámbar más denso #2

Narel no obedeció enseguida. Los ojos se le habían quedado pegados a una de las lágrimas doradas, gruesa y quieta sobre una corteza negra.

—Parece... —murmuró.

—No importa a qué se parece. Mírame.

Esta vez la voz fue lo bastante dura. Narel giró la cabeza con evidente esfuerzo. Mara vio algo feo en esa lucha mínima. No simple atracción, sino una especie de nostalgia inducida, como si el ámbar ofreciera a cada uno una promesa privada distinta.

Oren se cubrió mejor el filtro.

—No podemos cruzar por aquí.

Lemn asintió.

—No. Pero tampoco quiero alejarme sin saber cuánto ocupa.

Mara mantenía la vista baja, alternándola entre el suelo y los bordes del claro.

Había aprendido ya que, con ciertas cosas, mirar mejor equivalía a ceder demasiado.

Y aun así percibía el ámbar de otra manera que los demás.

Para ella no era tan agradable. Era más complejo.

Había una capa inicial de calor dulce y luego otra, más profunda, de podredumbre suave, de carne vegetal abriéndose sin terminar de hacerlo.

—No es solo una zona —dijo despacio—. Está siguiendo algo.

Lemn la miró.

—¿Qué?

Mara señaló hacia el norte sin alzar demasiado la mano.

—Se concentra más en esa dirección. Como si viniera de allí o como si quisiera llevar hacia allí.

Lemn observó la disposición de las cortezas, la pendiente del terreno, la forma en que los cálices rezumaban más por un lado.

—Tiene razón.

Narel, recuperando apenas el juicio, soltó una maldición.

—Pues perfecto. El bosque ya no solo te atrae. También te da ruta.

Lemn buscó un rodeo por la parte alta del olivar muerto.

Encontraron uno, pero obligaba a bordear una zona de vegetación baja donde crecían de nuevo aquellas flores de azul imposible.

Mara sintió un rechazo inmediato. No quería volver a verlas de cerca.

No ahora, con el ámbar ya trabajando por dentro.

—No me gustan esas —dijo.

Lemn la miró apenas.

—A mí menos. Pasaremos rápido. Y sin fijarnos.

El tramo fue peor de lo esperado. No porque las flores atacaran de forma visible, ni porque el ámbar impidiera caminar, sino porque la combinación de ambos producía una alteración más sutil y más peligrosa.

Las flores, vistas de reojo, parecían multiplicarse; el ámbar, en ese punto, se quedaba suspendido más bajo.

Mara notó enseguida que el pensamiento empezaba a hacerse viscoso.

No confuso del todo. Simplemente más lento en lo que tocaba al peligro inmediato.

Como si el cerebro, agotado por la vigilancia constante, encontrara tentador ceder un poco el control.

A su izquierda, una de las flores alzó el color bajo la luz de una manera hipnótica.

Azul con vetas casi plateadas, centro oscuro, pétalos tan limpios que parecían fabricados, no nacidos.

Mara la miró un segundo de más. Solo un segundo.

Sintió en ese instante algo parecido a una caída interior.

No física. Mental. Como si la importancia del resto del mundo descendiera de golpe y quedara reducida a un murmullo molesto en el borde.

Otra flor más allá. Otra más. El azul parecía ordenar el espacio.

No pensó “qué bonitas”. Pensó algo mucho peor y más vacío: quedarse aquí un momento no cambiaría nada.

La mano de Lemn en su muñeca la devolvió de golpe.

—No.

La voz sonó cerca, tensa, casi áspera contra su oído.

Mara parpadeó con dificultad. Tardó un instante largo en recordar dónde estaba.

El campo de flores seguía allí, y al mismo tiempo había sido un lugar completamente distinto durante ese vacío.

Se dio cuenta con una oleada de pánico tardío de que había dejado de andar.

—Mara.

Esta vez la voz de Lemn fue más baja, más controlada.

—Mírame.

Lo hizo. Le costó un esfuerzo casi vergonzoso, como sacar la cabeza del agua. Los ojos de él, oscuros, cansados y fijos, ocuparon por fin el espacio que un momento antes habían tomado las flores.

—Respira por la boca —dijo—. No las mires. Solo a mí. Da un paso.

Mara obedeció con una docilidad que la avergonzó y la salvó al mismo tiempo.

Dio un paso. Luego otro. El resto del grupo se había detenido.

Oren vigilaba el perímetro con la vara levantada.

Narel no estaba mucho mejor. Miraba al frente con un esfuerzo visible, como si peleara no con miedo, sino con una especie de deseo absurdo de desviarse.

—Seguid —ordenó Lemn, sin soltar la muñeca de Mara—. Ahora.

Nadie discutió. Cruzaron la zona casi a ciegas, con la vista baja o fija en puntos muertos, hasta alcanzar un tramo de piedra desnuda donde el olor del ámbar se diluía un poco y las flores quedaban atrás. Solo entonces Lemn soltó la muñeca de Mara. El pulso de ella seguía descompasado.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Oren, más alterado de lo que solía mostrar.

Mara tardó en responder. La sensación seguía pegada a su cabeza, como una miel mental demasiado espesa.

—No sé... era como si todo lo demás se quedara lejos.

Narel se apoyó en una piedra con rabia.

—A mí me pasaba con el olor. Luego con las flores. Como si... como si no importara nada más.

Lemn asentía ya antes de oír las frases completas.

—Lo sabía. No así de fuerte, pero lo sabía.

Mara se volvió hacia él.

—¿Y no se te ocurrió avisar antes de meterme ahí dentro?

La acusación salió más dura de lo justo porque el miedo seguía vibrándole en la voz.

Lemn la recibió sin apartarse.

—No sabía que coincidían las dos cosas así. Si lo hubiera sabido, no habríamos entrado.

—Pues ya lo sabes.

—Sí.

La respuesta llana, sin defensa ni orgullo, desarmó la mitad del enfado posible.

Mara respiró despacio, todavía sintiendo el eco del vacío mental que aquellas flores le habían provocado.

Lo peor no era la atracción en sí. Era lo fácil que había resultado dejar de oponer resistencia.

Comprendió de golpe que ese era quizá el peligro más sofisticado que habían encontrado hasta entonces.

El polen dolía. Las esporas enfermas desorientaban.

Las carnívoras atrapaban. El ámbar seducía.

Pero aquellas flores iban más allá: anulaban la jerarquía de lo importante dentro de la mente.

No te obligaban a ir. Te vaciaban las ganas de irte.

—No volvemos a cruzar algo así —dijo Oren.

—No —respondió Lemn.

Narel se pasó una mano por la cara.

—Pues ya tenemos otra norma nueva.

Mara, aún temblando por dentro, murmuró casi para sí:

—No mirar demasiado.

Lemn la oyó. No dijo nada, pero el modo en que la miró esta vez tuvo una gravedad distinta. Como si aquella frase, nacida primero para los ombroles, acabara de ampliarse hasta abarcar mucho más del mundo. Y quizá también de ellos.

El resto del día se volvió más lento porque nadie quería volver a entrar en una zona de estímulos cruzados sin estar seguro.

Lemn eligió pasos altos, pedregosos, feos, renunciando a cualquier apariencia de ruta elegante.

Los campos hondos seguían desplegándose alrededor con su colorido podrido, cada vez más densos en ombroles, cierres y restos de agua viva.

Encontraron otro canal con brillo espeso.

Un cobertizo hundido cuyo interior olía a ámbar seco y madera abierta.

Dos cuerpos animales pequeños convertidos ya casi en raíces blandas entre juncos.

Y, a media tarde, una serie de marcas humanas recientes en barro endurecido junto a un muro.

Huellas reales. No banda numerosa. Una, quizá dos personas. Una de ellas arrastrando mal un pie.

Lemn se agachó sobre las marcas como si el resto del paisaje hubiera dejado de importar un segundo.

—Es ella o alguien como ella —dijo Oren.

Narel no respondió con sarcasmo esta vez. Había algo en la tensión de Lemn que se lo impedía.

Mara observó también. La huella no era limpia. El pie izquierdo parecía caer más abierto, como si el tobillo o algo más arriba se resistiera a obedecer del todo.

—La figura de ayer —murmuró.

Lemn asintió una sola vez.

—Sí.

Lo miró entonces y vio en su cara el cambio exacto. No esperanza limpia. Algo peor. Una mezcla de urgencia, miedo y esa forma de dolor anticipado que obliga al cuerpo a ir más deprisa aunque la cabeza sepa que cada paso puede acercarte a lo que no podrás soportar.

—No corras —dijo Mara, antes de pensar si debía hacerlo.