VENENO Y ESPINAS Capítulo 14. El ámbar más denso
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Capítulo 14. El ámbar más denso

La noche en el establo de piedra no les dio descanso, pero sí algo peor: tiempo suficiente para que cada uno organizara por dentro lo que el día anterior había dejado abierto.

La figura en movimiento que habían visto desaparecer entre la vegetación seguía presente en el grupo como una pregunta mal enterrada.

No era un ombrol fijo. No era un viajero sano.

No era una trampa evidente. Y, precisamente por no encajar en ninguna de las categorías que hasta entonces les habían servido para tomar decisiones rápidas, había alterado la respiración de todos.

Narel durmió a tirones y maldijo dos veces en sueños.

Oren aceptó el segundo turno de guardia sin que nadie se lo pidiera.

Lemn apenas cerró los ojos, y Mara lo supo no solo por la conciencia excesiva que ya tenía de sus movimientos, sino porque a cierta hora de la noche, cuando el silencio del exterior se hizo tan compacto que hasta la piedra pareció oírse a sí misma, notó cómo él se incorporaba despacio y se quedaba un rato inmóvil junto a la entrada, mirando hacia el norte como si el cuerpo entero le funcionara ya como una aguja.

Mara no dijo nada. Fingió seguir dormida.

Pero en ese fingimiento descubrió otra verdad incómoda: ya no temía tanto que él la viera despierta como temía que empezara a verla demasiado bien.

Al amanecer, el aire estaba más pesado. No solo húmedo o denso en el sentido meteorológico, sino cargado de una dulzura todavía lejana que Mara reconoció antes de abrir del todo los ojos.

No era el ámbar limpio y nuevo de Vardel, esa primera insinuación cálida que engañaba a los hombres antes de mostrar su fondo empalagoso.

Esto era otra cosa. Más espeso. Más maduro, si la palabra servía para un horror.

Como si la misma secreción hubiera llevado demasiado tiempo acumulándose en un espacio cerrado, ganando cuerpo, memoria y poder de penetración sobre el ánimo.

Tardó unos segundos en incorporarse porque el olor le estaba trabajando ya por dentro de una manera extraña, no agradable exactamente, pero sí envolvente.

Le costó un esfuerzo innecesario recordar que eso, precisamente, era parte de su función.

Lemn estaba despierto y la observaba con una atención nueva, más alerta que cansada.

—¿Lo hueles?

Mara asintió.

—Sí.

—Más denso.

—Sí.

Narel, que se incorporaba malhumorado al otro lado del establo, frunció el ceño enseguida.

—Yo también. Mierda.

Oren tardó unos segundos más en reaccionar, pero cuando lo hizo, apretó la mandíbula con esa seriedad muda suya.

—No viene de todas partes —dijo.

Lemn salió primero al exterior, apenas un paso más allá de la entrada. Aspiró una sola vez, con mucha cautela, y luego giró la cabeza muy despacio hacia el noreste.

—Por ahí.

Mara lo siguió hasta el umbral. El alba levantaba ya los contornos de los campos hondos y volvía la belleza del paisaje casi ofensiva.

Los bancales hundidos parecían jardines antiguos medio recuperados por una riqueza vegetal delirante.

Flores blancas, azules y rojas se abrían entre muros vencidos.

Las hojas mojadas devolvían destellos suaves.

Las láminas de agua retenida reflejaban el cielo con una limpieza tan perfecta que por un instante daban ganas de confiar en ellas.

Y, por encima de todo, ese olor. Ámbar. Miel corrompida.

Madera tibia. Algo que sugería refugio y, al mismo tiempo, cansancio disuelto.

Mara notó la primera oleada real cuando el viento cambió apenas de dirección.

Una parte de su cuerpo quiso quedarse quieta.

No por miedo, sino por lo contrario. Como si acercarse al origen de ese olor prometiera descanso.

—No me gusta nada —murmuró Oren.

Narel soltó una risa áspera y sin humor.

—A mí sí me gusta. Ese es el problema.

La sinceridad de la frase dejó un silencio breve. Era la primera vez que alguno decía así, sin rodeo, lo que el ámbar hacía.

Lemn se volvió hacia ellos.

—A partir de ahora nadie se separa ni tres pasos. Nadie sigue olor solo. Y si uno se queda callado demasiado rato, los demás lo sacan de ahí.

Mara sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.

—¿Y si tú eres el que se queda callado?

Lemn no apartó la vista.

—Entonces también.

La respuesta fue seca, pero la simple aceptación de esa posibilidad tenía ya algo distinto. Antes habría sonado a autoridad sin grieta. Ahora sonaba a pacto.

Prepararon la marcha con menos rutina y más tensión que otros días.

El ámbar espeso volvía cada gesto un poco más lento.

Narel revisó tres veces el nudo de la cantimplora.

Oren dejó de masticar a mitad de la ración porque, según dijo, el sabor se le había vuelto extraño en la boca.

Mara comprobó la venda de la pierna, alivio mínimo al encontrarla igual, y luego notó algo más inquietante: mientras el olor se hacía presente, la herida picaba menos.

No se lo dijo a nadie. Aún no sabía qué significaba y no quería sumar otra anomalía a las demasiadas que ya llevaba encima.

Partieron hacia el noreste siguiendo el rastro del olor, pero no por deseo de acercarse a él, sino porque el terreno y la aparición de la figura del día anterior obligaban a entender qué estaba ocurriendo en esa zona. Lemn lo dejó claro con una frase que no admitía adorno.

—Si el ámbar está así de denso aquí, es porque algo lo está produciendo en cantidad o porque estamos entrando en un radio de concentración nuevo. En ambos casos, mejor saberlo antes de que nos coja dentro.

Aquella clase de lógica era la única manera de seguir moviéndose sin reconocer que, en realidad, todos estaban ya un poco atrapados por la misma atracción que fingían combatir con puro razonamiento.

El primer tramo los llevó por una línea de ruinas bajas donde el olor se pegaba más al aire en los puntos de sombra que en los abiertos.

Mara iba notando cómo variaba en densidad, como si el ámbar no llenara el espacio de forma homogénea, sino que eligiera corredores, huecos y rincones donde quedarse suspendido a la altura exacta del rostro humano.

Aquello le recordó vagamente una observación de Elen sobre ciertas plantas que liberaban compuestos solo donde el aire circulaba peor y la respiración de los cuerpos se retenía un segundo más.

La evolución no necesitaba inteligencia en el sentido humano para resultar obscena. Bastaba con repetición eficaz.

—Aquí se asienta —dijo Mara en un punto, señalando un paso estrecho entre dos muros.

Lemn la miró, luego observó cómo una pequeña bruma cálida parecía encajonarse a media altura en ese corredor.

—Sí. No entramos por ahí.

Narel frunció el ceño.

—Cada vez me gusta menos que habléis así del olor.

—Acostúmbrate —dijo Lemn—. Ya no es solo olor.

Siguieron por una zona más abierta, bordeando una antigua era donde las piedras blancas del suelo estaban casi cubiertas por flores pequeñas de un azul intensísimo.

Eran preciosas. No de esa belleza sospechosa que ya todos habían aprendido a temer en lo evidente, sino de una limpieza casi serena, como si hubieran sobrevivido intactas a un mundo peor.

Mara sintió el impulso instantáneo de mirar mejor.

Solo eso. Entender cómo era posible que algo tan perfecto creciera allí sin una sola marca de plaga, sin una sola hoja mordida, sin insectos sobre los pétalos.

—No las mires mucho —dijo Lemn de pronto, sin que ella hubiera dicho nada.

Mara parpadeó.

—¿Por qué?

Él no respondió enseguida. Se quedó observando las flores desde un ángulo alto, sin fijar la vista en ninguna de forma directa.

—Las vi en otra ruta. No sé qué hacen exactamente. Solo sé que había un hombre con nosotros que se quedó mirándolas demasiado y, cuando lo tocamos para moverlo, le costó recordar hacia dónde íbamos. Y luego volvió a mirarlas como si fueran lo único importante del mundo.

Narel resopló.

—Pues que no sea idiota.

Oren no compartió la simpleza.

—¿Veneno mental?

Lemn se encogió apenas de hombros.

—No sé si es veneno, hipnosis o lo que toque llamarlo. Sé que si te quedas en ellas, el resto pierde peso.

Mara sintió una punzada breve de miedo atrasado. Ya había estado mirándolas más de la cuenta sin darse del todo permiso para admitirlo. Bajó la vista al suelo.

—¿Cómo lo sacasteis?

Lemn respondió con la mirada aún apartada.

—No rápido. Y cuando volvió, ya no era el mismo del todo.

La frase quedó vibrando entre ellos. El grupo bordeó la era evitando fijar la vista en las flores.

Aun así, Mara descubrió con un malestar íntimo lo fácil que resultaba que el ojo quisiera volver.

No por orden clara. No como un mandato. Más bien como si una parte de la mente, exhausta de tanto horror, encontrara en esa perfección un lugar al que rendirse un rato.

Comprendió entonces algo terrible sobre la evolución de la vegetación.

No necesitaba solo herir, cerrar, infectar o devorar.

También podía ofrecer descanso aparente. La rendición como herramienta.

No fue hasta media hora después, cuando el olor a ámbar se espesó de una forma casi líquida entre restos de un antiguo olivar y una balsa seca, que encontraron la fuente parcial del problema.

No una planta única, no un árbol milagroso, sino una zona entera de rezume.

Varias cortezas agrietadas exudaban lágrimas doradas.

Dos cálices grandes, aún cerrados, rebosaban una sustancia ambarina por los bordes.

Y, en el centro de la depresión, una masa leñosa parecida a un tocón hipertrofiado parecía haber absorbido raíces, madera y algo más viejo hasta convertirse en una especie de corazón productor.

Todo alrededor olía a una dulzura tan densa que incluso Mara, que ya no la recibía igual que los demás, sintió el primer golpe de auténtico mareo.

Narel fue el primero en reaccionar mal. No avanzó, pero sí cambió la respiración.

—Joder...

Lemn se volvió hacia él al instante.

—Mírame.