Capítulo 13. No mirar demasiado #3
Funcionó. Narel apartó la vista, escupió a un lado y se alejó unos pasos para vigilar el flanco como si el horizonte de repente le importara más que cualquier otra cosa. La pelea había terminado, pero no el daño.
Durante varios minutos caminaron en un silencio aún más denso que antes.
Mara notaba a Lemn a su lado y, por primera vez desde que habían salido de Vardel, era imposible fingir que entre ambos no se estaba organizando ya una lealtad que iba más allá de la mera necesidad táctica.
No era un gesto bonito. No tenía nada de limpio.
Era una elección hecha dentro del agotamiento, del miedo y de la exposición compartida.
Justamente por eso le parecía más seria.
Fue Lemn quien habló primero, bastante después, cuando el terreno volvió a cerrarse en un corredor entre muros bajos y árboles retorcidos.
—No hacía falta.
Mara sabía a qué se refería. No se molestó en fingir lo contrario.
—Sí hacía falta.
—Podía manejarlo solo.
—No querías. Que es distinto.
Lemn guardó silencio unos pasos más.
—Aun así.
Mara sintió una mezcla incómoda de cansancio y ternura endurecida.
—No estoy contigo solo para que me digas por dónde pisar.
Él la miró de reojo. La luz del final de la tarde le marcaba más la dureza del perfil.
—Ya lo sé.
Otra vez esas palabras mínimas. Y de nuevo el efecto excesivo en ella.
El resto del día se volvió más técnico, casi como si el terreno aceptara dejarles ese conflicto para sustituirlo enseguida por otro menos íntimo.
Cruzaron una zona de sombra espesa donde Lemn identificó ámbar seco adherido a una corteza y los obligó a cubrir mejor filtros.
Evitaron un canal menor porque la superficie presentaba pequeñas burbujas regulares, señal según él de actividad bajo el agua.
Encontraron restos de un campamento humano muy viejo, ya casi absorbido: una hebilla, huesos limpios, una olla medio abierta por raíces.
Todo confirmaba la misma idea: los campos hondos no conservaban nada sin reescribirlo.
Casi al anochecer, cuando la luz empezaba a caer del todo, vieron algo que obligó a alterar otra vez la marcha.
A unos cien pasos, entre una línea de álamos muertos y un ribazo de tierra oscura, se distinguía una figura en movimiento.
No animal. No ombrol fijo. Humano. O casi.
Caminaba despacio, con una inclinación rara, deteniéndose a intervalos muy cortos.
El grupo se agachó por reflejo detrás de un muro bajo.
—¿Banda? —murmuró Oren.
Lemn observó largo rato.
—No lo sé.
Mara siguió mirando. La figura no llevaba la alerta ni la rapidez de los violentos. Tampoco la inmovilidad característica de un señuelo. Caminaba. Pero de una manera extraña, como si cada paso le costara un acuerdo distinto con su propio cuerpo.
—Está mal —dijo.
Narel entornó los ojos.
—O quiere que pensemos eso.
Lemn no respondía. La figura se detuvo junto a un tronco muerto, levantó una mano y durante un segundo Mara sintió la misma náusea moral que le provocaban los cebos demasiado humanos. Pero esta vez no era exactamente igual. La mano no pedía ayuda. Buscaba equilibrio.
—No es una banda —dijo al fin Lemn—. Y tampoco un ombrol fijo.
—Entonces ¿qué? —preguntó Mara.
Lemn siguió mirando sin apartar la vista.
—Alguien que aún se mueve... y no debería hacerlo así.
La frase bastó para que el aire cambiara en torno a ellos. Mara entendió de golpe lo que podía significar. No un muerto. No un señuelo. No un superviviente sano. Algo intermedio. Un proceso en marcha.
La figura reanudó el avance y desapareció entre dos masas de vegetación antes de que pudieran decidir nada.
—Mañana —dijo Lemn, con la voz baja y tensa—, seguiremos su rastro.
No lo sometió a discusión. No era necesario.
Aquello no era solo un desvío. Era una revelación.
Si existían personas aún en movimiento dentro del proceso de integración o de otra transformación peor, entonces los campos hondos guardaban una fase nueva del horror.
Y quizá también una respuesta sobre Lía que ninguno estaba preparado para mirar de frente.
Montaron refugio esa noche en los restos de un establo de piedra con techo medio hundido.
Cenaron sin hambre real. Narel no volvió a mencionar la discusión.
Oren vigiló más tiempo de lo habitual. Lemn apenas habló.
Mara, sentada contra un muro donde aún olía levemente a paja vieja bajo el dominio de las hojas y la humedad, comprendió que todo lo ocurrido no había girado solo alrededor de los ombroles ni de aprender a no mirarlos demasiado.
Había girado de otra cosa más íntima y más peligrosa: de aceptar que, a partir de entonces, tendría que vigilar también cuánto estaba empezando a mirarlo a él.
Porque en un mundo donde todo lo demasiado humano podía volverse trampa, el amor quizá no sería la excepción.
Quizá sería la trampa más seria de todas.
Pese a ello, tumbada sobre la manta, oyendo la respiración contenida de Lemn al otro lado de la sombra, Mara supo que ya era tarde para fingir que no estaba entrando en ella.