Capítulo 13. No mirar demasiado #2
—No están donde murieron solo —dijo Oren.
—No —respondió Lemn—. Están donde su presencia cambia mejor el comportamiento de los demás.
Mara sintió un escalofrío. Aquello era lo que más costaba asumir: que incluso después de dejar de ser plenamente humanos seguían siendo usados como parte activa de una lógica más grande.
Recordó la rama vibrando junto al abrevadero, el brazo en la pila, el pequeño reciente del paso antiguo, la mano sumergida en Vardel.
Nada de aquello era decorado. Ni siquiera ruina. Era función.
La mañana siguió sin incidente directo hasta que alcanzaron las ruinas altas.
Habían sido, en otro tiempo, una casa de labor mayor que las anteriores o quizá una pequeña explotación con almacén y vivienda unidas.
Aún conservaba dos paredes completas, parte de una escalera interior y una galería abierta sobre un patio hundido.
Allí el aire estaba más quieto, más cargado, y la ausencia de vida menor resultaba aún más insultante.
Ninguna golondrina había hecho nido en aleros rotos.
Ningún roedor había dejado excrementos frescos.
Ninguna araña había tejido en los ángulos más protegidos.
Solo polvo, lianas, flores cerradas y una quietud casi clínica.
Lemn levantó una mano para detener al grupo en el umbral de la galería superior.
Abajo, en el patio hundido, había otro ombrol.
Este solo. No integrado en agua ni agrupado con otros.
De pie junto a una pila de piedra rota, con la espalda apoyada en la pared como si se hubiera detenido un segundo a descansar antes de quedarse allí para siempre.
Mara sintió el golpe de la visión con más fuerza que el día anterior.
Tal vez porque estaba solo. Tal vez porque la postura, de todas las vistas hasta entonces, era la más cercana a una pausa humana comprensible.
Había en esa inclinación del cuerpo una humildad devastadora, una suerte de cansancio detenido que volvía casi imposible no imaginar al ser vivo anterior.
La ropa seguía relativamente entera: pantalón oscuro, camisa clara ya pegada al torso por raíces y corteza, un cinturón aún visible.
La cabeza estaba inclinada hacia delante. No se le veía la cara.
—No bajamos —dijo Lemn, casi en un susurro.
Nadie parecía con ganas de contradecirlo.
Mara no apartaba la vista. No de la cara, que seguía oculta, sino de las manos.
Una colgaba del costado convertida en rama media.
La otra descansaba sobre el vientre de una manera tan humana que le dolió.
El cuerpo le estaba haciendo exactamente lo que Lemn había descrito tantas veces: negociar.
Acercarse un poco permitiría ver si era reciente, si tenía algo reconocible, si en realidad la postura no era tan humana como parecía.
Un paso más. Solo uno. La razón llegaba tarde detrás del impulso.
—Mara.
La voz de Lemn fue muy baja y, sin embargo, la atravesó limpia.
Ella no respondió.
—No mires demasiado.
La frase, que ya había sonado antes como advertencia general, alcanzó en ese instante toda su gravedad real.
No era una recomendación estética. Era una norma de supervivencia emocional y táctica.
Mara se obligó a bajar la vista al borde de la galería, a la piedra rota, a una liana seca colgando del muro.
Respiró despacio. El impulso de volver a mirar seguía ahí, vivo, casi vergonzoso.
—¿Qué pasa si lo haces? —preguntó, sin levantar la cabeza.
Lemn tardó un instante. Cuando respondió, la voz le salió distinta, como si hablara desde una herida no cerrada.
—Que empiezas a completar. Edad. Gesto. Lo último que pudo pensar. Lo que habría dicho si hubieras llegado antes. Y cuando completas, el cuerpo avanza. Siempre avanza.
Mara sintió que el estómago se le apretaba todavía más. No era una teoría. Era memoria.
Narel, detrás de ellos, habló más bajo de lo habitual.
—Vámonos.
Pero en ese momento ocurrió algo que les impidió retirarse de inmediato.
El ombrol del patio emitió un sonido. No un gemido, no una palabra, no el crujido seco del viento en ramas.
Fue un roce interior, como de tejido tenso acomodándose contra piedra o corteza, apenas audible y, precisamente por eso, insoportable.
Nadie se movió durante dos segundos. Mara sintió la espalda helarse.
Oren apretó la vara. Narel levantó la hoja.
Lemn dio un paso mínimo hacia delante y luego se obligó a detenerse.
—No es voz —dijo, aunque nadie lo había dicho en voz alta.
El ombrol no volvió a sonar. Permaneció igual, inclinado, con una mano aún humana sobre el vientre. Pero el daño ya estaba hecho. La escena había cruzado la última línea entre el horror visible y el horror activo en la imaginación.
La retirada de la galería se hizo más torpe de lo que habrían querido.
No por falta de disciplina, sino porque el propio cuerpo tarda en obedecer después de algo así.
Mara salió la última antes de Lemn y, al girarse en el umbral, estuvo a punto de mirar otra vez al patio.
No lo hizo. Sintió entonces una mano en la parte alta de su espalda, firme, breve.
Lemn. No para empujarla, solo para sacarla del ángulo.
El contacto fue tan rápido que casi podría haberlo imaginado.
No lo imaginó. La piel le quedó registrándolo mucho después.
Siguieron hasta dejar atrás las ruinas altas sin hablar. El silencio ahora resultaba peor, porque ya no era solo el del bosque. Era también el de ellos, lleno de cosas que sabían y no querían decir todavía.
La tensión tardó en estallar solo porque el terreno obligaba a seguir atentos. Pero por fin, en una zona pedregosa relativamente segura donde el grupo se detuvo a beber, Narel soltó lo que llevaba acumulando desde el patio.
—No podemos seguir así.
Lemn no levantó la vista de la cantimplora que estaba cerrando.
—¿Así cómo?
—Como si cada cosa medio humana fuera a decidir nuestro paso. Uno reciente en un patio y nos congelamos. Otro apoyado en un muro y parece que todo se para. Llegará un punto en que no podremos avanzar si cada maldita postura os recuerda a alguien.
La dureza de la frase iba dirigida a Lemn, pero golpeó también a Mara. Ella lo notó y comprendió enseguida por qué Narel estaba peor de lo que aparentaba. No era solo irritación. Era miedo al contagio emocional de esa lógica. Miedo a que el horror acabara obligándolo también a reconocer demasiado.
Lemn alzó por fin la cabeza.
—No se para “todo”. Se regula el tiempo que necesita el cuerpo para no hacer una estupidez.
—Pues regula más rápido.
—Enséñame tú cómo.
Narel dio un paso corto hacia él.
—Yo no voy detrás de una hermana quizá muerta desde hace semanas.
El silencio que siguió fue tan afilado que incluso Oren dejó de moverse.
Mara sintió el golpe de la frase antes de ver la reacción de Lemn. No fue una explosión inmediata. Fue peor. Una contracción mínima en la mandíbula, una quietud absoluta, la sensación de que todo en él había dejado de gastar energía en cualquier cosa salvo en no partirle la cara allí mismo.
—Basta —dijo Mara.
Narel se volvió hacia ella con rabia defensiva.
—No estoy hablando contigo.
—Ahora sí.
No había planeado decirlo así. Tampoco retrocedió. Llevaban días compartiendo el terreno, la sed, el miedo y la búsqueda. Narel tenía derecho al agotamiento, no a esa crueldad.
—Lo que él busca también nos mantiene vivos —dijo—. Porque por eso mira como mira. Porque por eso sabe cuándo no mirar demasiado. Si no lo entiendes, al menos cállate.
Narel se quedó inmóvil un segundo. La sorpresa de que fuera ella quien lo enfrentara le recortó parte del impulso.
—No necesitáis defenderos los dos a la vez.
—No. Pero hoy me toca a mí.
Lo dicho la dejó a ella misma un poco sorprendida. Y el modo en que Lemn la miró después, silencioso, más vulnerable de lo que a él le gustaba mostrar, le confirmó que acababa de cruzar otra línea. Oren intervino entonces con su manera seca de cerrar los bordes antes de que se rompieran.
—O seguimos o nos pudrimos aquí.